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Tomás Abraham: Las ideologías son placebos

Con su estilo agudo y polémico, el filósofo nacido en Rumania y formado en Francia deja en cada frase definiciones que cuestionan los dogmas, la política y las lecturas sobre el pasado reciente asumidas como certezas. “Pensar todo el tiempo en términos de guerra de clases es una locura”, sentencia.

24 de abril de 2016 a las 07:44 p. m.
Gustavo Di Palma (Especial)
Tomás Abraham: Las ideologías son placebos

Despojado de sutilezas y con una mirada que desafía las fórmulas preconcebidas de lo políticamente correcto, Tomás Abraham parece ajeno a las clasificaciones De su militancia izquierdista de la temprana juventud recoge los argumentos necesarios para rechazar los dogmatismos que perduran en el presente, de ahí que los lugares comunes no son su prisma predilecto para explicar la realidad.Cuando habla del presente, sobre todo de la política Argentina, Abraham no ahorra críticas hacia el kirchnerismo, pero tampoco es complaciente con el Gobierno de Mauricio Macri.De los primeros, dice que no espera ninguna autocrítica y que se creen víctimas "del neoliberalismo, del imperialismo, de la derecha y de Drácula", aunque lejos está de sentirse enteramente seducido con la gestión de Cambiemos."Todo lo vinculado a salud y a nutrición infantil es básico para combatir la pobreza, por eso el Gobierno debería jugar todo su prestigio en esos temas, pero no creo que lo haga", enfatiza Abraham. Basa su argumento en el convencimiento de que los préstamos que el Gobierno espera recibir del exterior, una vez resuelto el problema de los fondos buitre, "se usarán para gastos corrientes, fines clientelares, alguna que otra ruta y para perdurar en el poder hasta que haya que pagar los intereses". La lectura de la década de 1970 también lo aleja del discurso predominante de estos años y, por consiguiente, lo pone en una vereda que no transita la mayor parte de la comunidad intelectual: sin medias tintas, habla de "guerra interna" y rechaza que la calificación de "izquierdista" sea la más adecuada para definir a la guerrilla que operaba en el país en ese momento.Cita el caso de Montoneros, la principal organización armada, recordando que ese grupo estaba vinculado con la tradición del nacionalismo católico, "que capturó consignas del peronismo en nombre de una futura revolución social".

El inconformista

La visión crítica hacia la socialdemocracia, la irreversible naturaleza populista que observa en el peronismo y la advertencia sobre las dificultades que acechan a la democracia en la región, como consecuencia de una coyuntura económica compleja, conforman un caudal de conceptos que muestran a Abraham como un intelectual inconformista, escéptico, aunque eso no parece inquietarlo.

Quizás por haber elegido no ser “un estratega de salón”, como define a colegas que creen en el concepto gramsciano de “intelectuales orgánicos”.

–Usted fue militante de izquierda en los años 1960 e incluso participó en las movilizaciones del Mayo francés en 1968 ¿Cómo describe las diferencias entre aquella izquierda y la izquierda actual en Occidente?

–El movimiento del Mayo francés fue juvenil y estaba compuesto por tres grupos. En esas jornadas, confluyeron los anarquistas de Daniel Cohn Bendit, los trotskistas liderados por Alain Krivine y Henry Weber y los maoístas encabezados por Alain Geismar. Los primeros (anarquistas) fueron verdaderamente innovadores y le dieron su encanto principal, que era generar un interés político por la vida cotidiana y el cuestionamiento a los referentes de un saber burocratizado. Los trotskistas repitieron su crítica al PC prosoviético, mientras que el maoísmo duró unos años de un modo agresivo, violento, hasta que las denuncias del Gulag, la disidencia polaca, el genocidio camboyano, el desastre de los

boat people

en Vietnam y las matanzas de los guardias rojos en China comunista provocaron una profunda crisis en la izquierda intelectual francesa. Actualmente, más allá de la llamada paleoizquierda que repite sus consignas de hace un siglo, lo que subsiste es la centroizquierda o socialdemocracia, pero sin posibilidad de un Estado de bienestar, por eso no tiene programa, no tiene con qué solventar las políticas sociales.

–¿A qué se debe esa imposibilidad?

–La globalización financiera y los desplazamientos de las unidades económicas paralizan a un viejo mundo con una juventud sin trabajo y mayores de edad que ven amenazadas sus jubilaciones. Por eso, los que declaman valores progresistas decepcionan a los votantes cuando llegan al poder, porque se enfrentan a los mismos problemas estructurales que su alternativa conservadora. Les quedan valores culturales que de todos modos no les son exclusivos, porque tienen que ver con la modernización de las costumbres, un hecho irrefrenable para cualquier sociedad.

Ideologías

–¿Qué pasó con la izquierda argentina desde los años 1960 y 1970 a esta parte?

–La disolución de los socialismos de Estado y la reconversión de China hacia un sistema capitalista de avanzada, puntos culminantes del siglo 20, fueron procesos que tuvieron incidencia en todo el mundo, incluso en nuestro país. Y quiero aclarar que la palabra “izquierda” no es la que califica con precisión la ideología de los grupos guerrilleros que operaron durante la década de 1970, en la que tuvimos nuestra propia guerra interna. Digo esto porque la organización principal, Montoneros, en realidad respondía a la tradición del nacionalismo católico, que capturó consignas del peronismo en nombre de una futura revolución social.

–Referentes del mundo intelectual y académico exhiben una fuerte preocupación por el problema del hambre y la pobreza. Si esto no se revierte en las próximas décadas, ¿qué clase de país imagina?

–Preocuparse por la pobreza es casi obsceno, no tiene valor alguno, estar en contra del hambre vale para lucirse en los micrófonos. Si se quiere disminuir la pobreza, la receta no es complicada, sólo hay que destinar los créditos que se obtengan para crear un plan de salud pública revolucionario. El primer paso para combatir la pobreza es el cuidado de la salud de los que tienen menos ingresos, acción que debe estar asociada a una inversión en cloacas y en viviendas. Todo lo vinculado a salud y a nutrición infantil es básico para combatir la pobreza, por eso el Gobierno debería jugar todo su prestigio en esos temas, aunque no creo que lo haga. Temo que los préstamos se usarán para gastos corrientes, fines clientelares, alguna que otra ruta y para perdurar en el poder hasta que haya que pagar los intereses.

–Una de las características de la sociedad argentina es su necesidad de sentirse progresista y renegar del voto orientado hacia la derecha. ¿Por qué se da ese fenómeno?

–La derecha reprime y la izquierda distribuye, esos son lugares comunes. Unos están por el orden y los otros por la igualdad, otro lugar común. Pero lo cierto es que las ideologías no son representaciones del mundo y de las escalas de valores de los individuos, sino placebos, modos de justificarse y sentirse bien ante la mirada ajena. Lo que vale son las conductas y nuestra relación con el prójimo en el día a día de la existencia. Hay muchos que son bolivarianos a la mañana, machistas a la noche y capataces todo el día.

Estrategas de salón

–¿Cree en la idea gramsciana de los intelectuales orgánicos?

–No creo que todo el tiempo debamos pensar en términos de guerra de clases, eso es una locura. Los intelectuales burgueses inventaron ese racismo supuestamente igualitario, que exige que quienes ejercen una actividad científica o letrada elijan un bando y sólo piensen en términos de poder. Convirtió a intelectuales y a artistas en estrategas de salón.

–¿Por qué los Kirchner lograron obnubilar a cierto sector de la intelectualidad?

–Los Kirchner lograron eso porque lanzaron la campaña de la juventud maravillosa y anularon las leyes de Indulto, Obediencia Debida y Punto Final. Consiguieron para todos sus actos de gobierno la aprobación de las organizaciones de derechos humanos y de la gente de la cultura que quiere identificarse con los ideales de la década de 1970. Además, les llovieron contratos y viajes de placer.

–Mientras para muchos sectores intelectuales resulta difícil revisar posiciones o adoptar una actitud crítica hacia la década kirchnerista, otros sectores de la sociedad exhiben una mirada muy negativa sobre ese período. ¿Por qué es así?

–No se trata de teoría. Quienes tienen una mirada totalmente negativa sobre el kirchnerismo desde el campo cultural lo hacen desde la ética republicana, que nunca existió en nuestro país, salvo por períodos muy breves que terminaron en una debacle. Por otra parte, los grandes medios de comunicación no sólo tienen encono por haber padecido durante años ataques del poder, sino una voluntad vengativa que hace de la grieta un abismo.

–¿Cómo ve a la dirigencia política en esta nueva instancia que vive el país? ¿Cómo ve la situación de los partidos políticos?

–Los políticos no sólo están desprestigiados en Argentina. Nosotros ya tuvimos el “que se vayan todos” que ahora tiene Brasil. Y es peligroso, deja el espacio para todo tipo de aventureros, jefes de tropas y bandas armadas. Si no hay instituciones con representantes elegidos, el poder está en manos del dinero y de las armas. Es necesario desarrollar los mecanismos para que el dinero no corrompa a los partidos y sancionar leyes eficaces que regulen su financiación, además de establecer un control de los dineros públicos más adecuado.

–Antes de la segunda vuelta, definió a Macri y a Scioli como dos pacificadores. ¿Mantiene esa idea de ambos?

–Respecto a la estrategia del kirchnerismo, que estaba orientada a la confrontación, la provocación, la delación y la división, lo que muestra el macrismo es el diálogo y la negociación. De Scioli no sabemos nada, porque no tiene política y lo que decía en la campaña no puede ser comprobado, su rol actual es menor.

–¿Cuáles son las claves para cerrar la grieta o las enormes diferencias que hoy dividen a la sociedad argentina?

–No hay claves. Cuando menos se hable de cerrar la grieta, mejor. Ese concepto se convirtió en un lugar común de gente que quiere mostrarse correcta. Por otra parte, creo que la política de medios que lleva a cabo (Hernán) Lombardi es un modo de gestionar el espacio público de la opinión de un modo más democrático que el proceso anterior. El diálogo de Macri con adversarios políticos y la propuesta de ponerse de acuerdo en medidas conjuntas también es auspicioso. Aunque debo advertir que esta última cuestión es relativa, porque en lo que se ponen de acuerdo oficialistas y opositores es en endeudarse. No hay acuerdo más rápido que el de futuros deudores para vivir de prestado.

–¿Cómo debe interpretarse el llamado a la resistencia por parte del kirchnerismo?

–Los sectores vinculados al kirchnerismo son fósiles que aún pretenden atraer por una supuesta épica emancipadora, que los tuvo en la cresta de la ola durante una década con protagonismo y con prebendas. No creo que hagan la más mínima autocrítica, se consideran víctimas del neoliberalismo, del imperialismo, de la derecha y de Drácula.

–¿Los cambios en los valores político-culturales de la sociedad argentina están atados al mayor o menor éxito político de los gobiernos?

–La cultura no es sólo obras de arte y teorías científicas, sino creencias colectivas. Podemos ver, por otro lado, que las novedades tecnológicas cambian costumbres, pero hay sedimentos perdurables que se estacan y se mueven poco. En ese marco, los cambios políticos son vientos sobre una tierra inmóvil; cultura y política tienen una relación indirecta, confusa e impredecible.

–En una de sus publicaciones por la red social, cuestiona la inquietud de intelectuales y de periodistas en torno a la insuficiencia del macrismo para elaborar un relato. ¿Realmente el Gobierno no tiene relato?

–Los grupos intelectuales necesitan discursos para sentirse útiles. Antes se decía “ideología”, luego de un giro lingüístico se prefirió “relato”, y como la palabra fue abusada por el kirchnerismo, ahora hablan de “narrativa”. Si fueran científicos en lugar de egresados de las carreras de comunicaciones y de letras, o de otras disciplinas de las facultades de ciencias sociales y afines, si por ejemplo fueran matemáticos, pedirían algoritmos. La política se mueve por intereses sectoriales, pero como vivimos en sociedades en las que hay elecciones y libertad de palabra, es necesario conformar mayorías. Y para eso es necesario garantizar no sólo los bienes terrenales necesarios para la supervivencia, sino los creados por las innovaciones tecnológicas, que tienen que ver tanto con el conocimiento como con los placeres. Sólo una mente ingenua o programada para los socialismos de Estado puede oponer hospitales y

smartphones

, o cloacas y turismo. El ciudadano y el consumidor son una sola persona, no sólo ahora sino siempre, desde que las ferias, las ágoras y los mercados existen al lado de panteones, de mezquitas y de basílicas. Hoy, en nuestro país, los que le piden un relato a Cambiemos son los que dicen pertenecer a la centroizquierda, porque no saben cómo justificar su adhesión a un gobierno al que tildaban, hasta hace unos meses, de derecha. Necesitan que Macri se convierta en un abuelo y les cuente una fábula para que puedan dormir tranquilos.

–¿Y Macri qué les responde?

–El Presidente, con su arte de vivir, su aleluya que combina a Nietzsche con Nike para clamar su “podemos todos juntos” con entusiasmo, sumado a su budismo empresarial, ya dijo lo que sabe decir. Gobernar es una práctica, incluye palabras, pero no cierran en una concepción del mundo. Para eso están las religiones, con consecuencias a veces funestas.

Perfil

Tomás Abraham es profesor de Filosofía del ciclo básico común de la Universidad de Buenos Aires (UBA), que lo distinguió con un diploma de honor por su trayectoria académica. Autor de unos 20 ensayos, entre los que se destacan La empresa de vivir, Historias de la Argentina deseada, Fricciones, Historia de una biblioteca y Shakespeare antifilósofo, además de la novela La dificultad, publicada en 2015. Acaba de publicar Mis héroes (editorial Galerna). Es columnista del periódico Perfil.