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Su descanso es la creación

Perfil: Cristina Gómez Comini. Su nombre está asociado a la danza contemporánea. Tras largos años en la gestión institucional, quiere crear y dirigir. La fundadora de Danza Viva no se aburre ni se detiene.

05 de enero de 2015 a las 12:01 a. m.
Damián Etchezar (Especial)
Su descanso es la creación
bailarines en acción. Gómez Comini, en la Compañía Nacional de Danza Contemporánea (fotografía gentileza de Ramiro Peri).

El 31 de diciembre pasado, Cristina Gómez Comini dejó la dirección artística de la Compañía Nacional de Danza Contemporánea con la seguridad de cerrar un ciclo agotador pero provechoso. Se propuso remediar la postergación de un tiempo libre de responsabilidades institucionales y recuperar espacio para la creación. La conversación madura en un bar porteño y ella despega el torso para alinear la columna. Deja su brazo extendido sobre el espaldar y así, su mano en movimiento por detrás de la silla parece una mano ajena, extraña.Gómez Comini está hecha de danza. En la gracilidad de sus formas se expresa su naturaleza escénica y emana una luz juvenil. Además, es un día especial. Su hijo Marco es músico y actúa por la noche como solista en el Teatro Colón. Otra especie de ciclo que el arte cierra en su vida.Perfeccionada en Europa, exbailarina del Instituto Superior de Arte del teatro Colón y del taller del teatro San Martín, docente, coreógrafa y creadora de prestigio internacional, galardonada también por su actividad teatral, la fundadora de Danza Viva es una mujer inquieta pero, según afirma, nunca se aburre en situación de espera. Como cuando estudiaba teatro en su juventud, todavía se fascina observando a las personas, descifrando sus movimientos, la singularidad de los cuerpos en el medio social. Lo cotidiano también puede ser espectacular.Candidata, además, a Cordobesa del Año en 2012, recibió múltiples reconocimientos por su trayectoria. "'Con lo que hiciste hasta acá está muy bien', te dicen y yo todavía tengo tantos deseos y ganas de avanzar como si tuviera 25 años. Me gustan los desafíos, el riesgo, lo nuevo. Hay tantas formas por probar en el arte. Pero en realidad tengo 56. Y así es como me ve la gente".

Gestión cumbre

El cargo que está dejando es el más encumbrado de su carrera. “Es muy gratificante llegar siendo deseada por los artistas”, dice. Fue propuesta por los propios bailarines de esta compañía que se organiza sobre un modelo de avanzada. Gómez Comini decidió retirarse después de 15 meses de trabajo, nueve meses antes de finalizar su contrato. “Cada ciclo aporta sus lecciones, sus aprendizajes. Yo aprendí a no extender las cosas cuando en mi interior siento que un ciclo está cerrado. Es algo que quiero permitirme, por respeto, y para no desvirtuar lo hecho”.

Llevaba 11 años de desempeño directivo ininterrumpido en Córdoba y para 2013 quería un año no institucional pero esto era “muy grosso”. “Me sentí muy feliz, orgullosa y agradecida”. Aceptó la nominación frente a la posibilidad de diseñar su propio proyecto de actividad. Su marido y su hija menor le dieron apoyo. No necesitó afincarse en Capital Federal. Podía ir y venir cada semana. Resultó elegida como la primera directora artística de la compañía entre siete nominados.

“Con mi equipo de gestión tuvimos que trabajar a destajo –explica–. La compañía es muy joven, se formó en 2008. Los problemas cobran una envergadura notable. Yo había asumido en octubre y en mayo se dio la transformación de secretaría en ministerio, algo muy bueno pero que implicó un trabajo enorme porque cuando empezaba a conocer el movimiento administrativo se produjo ese cambio estructural. Hoy, me parece milagroso que hayamos sostenido la actividad, porque en otros ámbitos se produjo un parate. Algunos proyectos se cayeron pero inmediatamente pude encontrar los mecanismos para generar movimiento. Mi satisfacción es que trabajamos a un ritmo muy sostenido”.

En el medio oficial, la burocracia interpone su letargo a la creación y el entusiasmo. “No me voy por eso. Llevo 15 meses viajando a Córdoba todas las semanas. Fue un gran desgaste pero me voy muy contenta. Pude hacer todo de la mejor manera posible y me adapté a cosas que no tenía en mente. Es algo que un director tiene que hacer; si no sos flexible, el que sufre es el organismo que estás dirigiendo”.

En pleno cambio de estructuras, se frustró la actividad programada con Lisi Estaras, coreógrafa cordobesa residente en Bélgica. En su lugar, la compañía produjo un trabajo sobre la obra de Leonardo Favio en Casa del Bicentenario. “Si no aparecían las partidas presupuestadas para hacer algunas cosas, yo tenía en la manga ases de todo tipo”. Ese es un ejemplo.

En su gestión impulsó un programa de pasantías para el ingreso temporal de artistas del interior del país a la compañía: dos bailarines del interior, uno de Buenos Aires y un latinoamericano residente en Argentina. Esa política instaurada le otorgó una visión panorámica sobre la danza del país.

Además, “esta compañía es un centro de cuestionamiento de muchos principios sagrados de la danza y el arte. Son 20 bailarines de entre 30 y 40 años que se cuestionan qué es la danza, cómo y por qué entrenar, los aspectos poéticos y filosóficos de su hacer. Abrirme a esos cuestionamientos me permitió repensar muchas cosas”.

“Se reafirmaron en mí los principios del compromiso, de la disciplina y del entrenamiento constante –comenta–. Un buen trabajo es resultado de una investigación profunda. Tengo la certeza de que sí existe el talento, tanto como la necesidad de alimentarlo”.

De la escena porteña de la danza le llamó la atención una fuerte tendencia supuestamente “conceptual”. “No sé si es moda o necesidad. Siento que como espectadora me quedé afuera. Es natural que hagamos conexiones para darle sentido a lo que vemos en escena y en danza vi algunas cosas más pobres que ‘conceptuales’, de escaso desarrollo escénico, justificadas en un programa de mano que abusa del pensamiento filosófico o científico. Hay mucho esnobismo. Afortunadamente también vi obras conmovedoras y potentes conceptualmente. Ante una obra que te toca de alguna manera poco importa la edad, el estilo de su creador o las modas. Hay pensadores que discrepan pero para mí el arte es comunicación”.

Búsqueda y encuentro

La producción de sentido es condición de su labor creadora, como el partir de un estado de enamoramiento hacia los intérpretes. “Como decía Maurice Béjart (quien fuera su maestro en Europa), ‘yo me enamoro artísticamente de los bailarines’. Por la calidad de su movimiento, por su ductilidad, por su capacidad de responder a lo requerido por el coreógrafo. Es algo que necesito. Hablo del estado del que nace una confianza ciega y correspondida. Lo interesante es descubrir lo que a uno le interesa del otro. Eso que uno puede presentir se descubre a partir del trabajo y produce una satisfacción tremenda. Uno se siente en parte artífice de ese logro que es mutuo, feliz por la conexión que las personas lograron establecer para que eso florezca. La danza y el teatro son artes de relación”.

La conversación deriva del enamoramiento a la naturaleza sensual de los cuerpos en escena. “Un cuerpo vivo es un cuerpo sensual –enfatiza–. El cuerpo es una usina de sensaciones y sentidos interminable”. A esa cualidad significante el

show business

la exacerba hasta el absurdo. Pero mejor no ahondar en Tinelli. “Lamento que en ese contexto de chabacanería, tan despojado de poética y respeto, decidan expresarse algunos bailarines que son excelentes”, dice sobre la omnipresente y “destacada personalidad de la cultura de Buenos Aires”.

Hace más de 20 años se bajó del escenario y no extraña bailar. Para nada. Cuenta que es de “bailotear” en la casa y aunque su hija de 15 la reprime y su marido se le escapa, como en cualquier fiesta, su nieta la acompaña y así está bien. “De lo que no pierdo las ganas es de crear, de dirigir”. Ahora lo que desea es descansar. “Quiero un año de creación sin responsabilidad institucional –dice–. Gracias a Dios, perdí el miedo a soltar las cosas y puedo elegir”.

De su cosecha 2014, entre la satisfacción por las misiones cumplidas también la punza un dolorcito, no haber podido celebrar los 20 años de la compañía Danza Viva por el peso de las responsabilidades asumidas.

De la obra aniversario que no fue, Gómez Comini conserva como inspiración latente lo que el dramaturgo Mauricio Kartún llama una “imagen generadora”. Es una asociación mental, casual y misteriosa, entre cierto objeto inútil que rondó su oficina en estos 15 meses y la obra de un pintor cordobés contemporáneo. Es una relación caprichosa, con cierta tensión poética. Ni ella misma sabe qué tipo de criatura alumbrará. Cuánto tendrá de danza, cuánto de teatro. Pero sabe que el placer está en la búsqueda y pronto, al fin, podrá emprenderla.