Sostiene Pereira
Viudo, solitario, obeso, cardiópata, Pereira se presenta como un hombre resignado a su suerte al que le confían la página cultural del Lisboa, un vespertino del régimen salazarista que se ocupa más que nada de la prensa del corazón.
Viudo, solitario, obeso, cardiópata, Pereira se presenta como un hombre resignado a su suerte al que le confían la página cultural del Lisboa, un vespertino del régimen salazarista que se ocupa más que nada de la prensa del corazón. Estamos en el Portugal de 1938, donde una dictadura se alimenta con represiones, crímenes y censuras mientras apoya abiertamente a Franco en plena Guerra Civil Española. Pereira, quien, como su diario, también se dice apolítico, camina por las calles lisboetas sin enterarse de lo que sucede a su alrededor, mientras mantiene rutinas inflexibles en las que conversa con el retrato de su esposa muerta y persevera en una dieta de limonada y omelette a las finas hierbas. Nada podría indicar que este hombre envejecido y respetuoso de las normas sufrirá una transformación que lo lleve a arriesgar su vida en un acto extremo de heroísmo. Ese aparente desconocimiento de la realidad poco a poco muta en beneficio de las indagaciones sobre la muerte, un tema que ocupa buena parte de sus pensamientos. En medio de una ciudad y de una realidad personal asediadas por la desolación ("Esta ciudad apesta a muerte", dice), un día lee en una revista de vanguardia católica un artículo que reflexiona sobre el alma y se le ocurre contratar a su autor, el joven Monteiro Rossi, para que escriba necrológicas anticipadas de escritores.Es a partir de ese encuentro cuando Pereira experimenta la necesidad de convertirse en alguien que nunca imaginó que sería ("Yo no me intereso por la política, me ocupo de la cultura"). A través de Rossi, se entera de actividades clandestinas que buscan socavar al gobierno, algo que al principio advierte como peligroso, además de inútil. Pero, en lugar de denunciar la subversión, Pereira mantiene al muchacho pagándole por unos artículos que nunca aprueba, "impublicables" por sus ideas tanto como por los escritores "enemigos" de los que se ocupa. Sin embargo, las atrocidades y las crueldades públicas pronto se le revelan. Mediante conversaciones con el mozo que le sirve las limonadas y que escucha una radio de Londres, con su dietista, y sobre todo gracias a los testimonios en contra de Salazar que difunde un escritor al que admira, empezará a roer en su espíritu aquel secreto proceso del que sólo al final tomará verdadera conciencia. La novela es de un laconismo precioso en el que los trazos con que está dibujado Pereira son quizá uno de sus mayores méritos. En una nota a la 10ª edición en italiano, Antonio Tabucchi (1943-2012) dice que escribió Sostiene Pereira en dos meses intensos. Es probable que para que la rapidez y la concisión se dieran la mano en esta obra enorme, mucho haya tenido que ver el impreciso narrador elegido. ¿Quién es el que cuenta? ¿Un juez, un fiscal, un escribano, un periodista?Alguien de todos modos embozado en una figura huidiza que parece tomarle a Pereira testimonio (el título en italiano es "Sostiene Pereira. Una testimonianza"), declaración o una confidencia que, por la propia naturaleza del recurso, limitará al que cuenta a un mero registrador de hechos. "Sostiene Pereira que al principio se puso a leer distraídamente el artículo, que no tenía título, después maquinalmente volvió hacia atrás y copió un trozo. ¿Por qué lo hizo? Eso Pereira no está en condiciones de decirlo…". En sus casi 200 páginas, el narrador anónimo alienta un ritmo endiablado cuya intensidad no decaerá jamás. "Después le enderezó las piernas… como deben estarlo las piernas de un muerto… Era mejor darse prisa, el Lisboa saldría dentro de poco y no había tiempo que perder, sostiene Pereira".

