Soldados, antes y ahora
Adrián Feliciano, 41 años, pertenece a una rara camada de conscriptos del Regimiento 4° de Aerotransportada. Ingresó en 1991, año complicado para las finanzas del Ejército. “No pudimos tirarnos en paracaídas porque no había presupuesto para hacer el curso”, recuerda.
Adrián Feliciano, 41 años, pertenece a una rara camada de conscriptos del Regimiento 4° de Aerotransportada. Ingresó en 1991, año complicado para las finanzas del Ejército. "No pudimos tirarnos en paracaídas porque no había presupuesto para hacer el curso", recuerda. La instrucción militar duró apenas unas semanas. "A la mañana nos daban una taza de mate cocido y un pedazo de pan. Salvo que tuvieras guardia, a la una de la tarde te mandaban a tu casa porque no tenían ni siquiera para darles de comer a los soldados".Estuvo 10 meses como conscripto y le tocó la sala de cómputos, una oficina en la que se cargaba la base de datos de todos los militares. "No tocaba una computadora ni de casualidad, le cebaba mate al oficial encargado. Ponía la pava, barría la oficina y después me volvía a mi casa". Dice que no fue una experiencia traumática, pero que "había demasiada gente sin hacer nada en todo el día, sólo tomaban mate".Agustín Alberich fue conscripto en el Batallón de Comunicaciones 141 durante 1994. Estuvo nueve meses, salió con la primera baja y tiene un buen recuerdo. "Los bailes no eran nada que un ser humano no pueda hacer, era un entrenamiento", sostiene. "A los dos meses de incorporados se murió Carrasco, entonces el ambiente se tranquilizó mucho", añade. Su instrucción específicamente militar no difiere mucho de la de Adrián. "Disparé 15 tiros con FAL en toda la colimba. Estábamos bajos de presupuesto. Teníamos un pago muy simbólico y nos descontaban los materiales de higiene", sonríe. Alberich valora la experiencia porque conoció jóvenes de su edad con historias de vida muy diferentes. "Una mañana nos pidieron que levantáramos la mano derecha y dos soldados no la levantaron porque no sabían cuál era la derecha y cuál la izquierda".Sebastián Gómez también estuvo en Aerotransportada, pero en 1994. "Robar es lo primero que se aprende en la colimba porque cuando el oficial pasa revista a la mañana, necesitás toda tu ropa para evitar castigos. Si alguien te arrebató las medias, vos estás obligado a quitárselas a otro", señala. Su promoción pudo hacer el curso de paracaidismo, pero él lo evitó. "No amaba tirarme de las alturas y por no saltar del avión fui uno de los últimos en irme. Pasé 14 meses adentro y perdí dos años de facultad". De todos modos, dentro del regimiento consiguió un puesto como ayudante en el transporte escolar de los hijos de los oficiales y con eso evitaba hacer guardias completas. No manejaba, sólo se encargaba de ayudar a los chicos cuando subían y bajaban del colectivo. Fue de los conscriptos que recibieron a los primeros soldados voluntarios. "A los casilleros les pusieron llaves, compraron uniformes nuevos. Parecía que iban a recibir unos amiguitos y no unos colimbas. No sé cómo habrá sido con el armamento porque las balas con las que tirábamos nosotros decían 1977". La hora de los voluntarios Nicolás Miranda entró en 1998 al servicio militar voluntario. Fue casualidad. "Había jugado al fútbol con unos amigos y entre los rivales había varios hijos de militares", recuerda. Preguntó, averiguó, lo recomendaron y entró. Hizo dos meses de instrucción militar. Luego hacían fajina: barrido y limpieza de pisos en la Escuela de Aviación. Sus prácticas de tiro se reducen a una jornada por la recurrente falta de presupuesto. Le tocó el servicio contra incendios en el Aeropuerto Córdoba. "Nunca más usé un arma". El sueldo era bajo. Pero Nicolás tenía 21 años, vivía con su abuelo, no pagaba alquiler y necesitaba trabajar. En 2002 ascendió a cabo y siguió en el Aeropuerto. Según Miranda "la carrera militar para voluntarios no ofrecía posibilidades de crecimiento" y a partir de 2010 pasó a la Administración Nacional de Aviación Civil (Anac). "Sigo haciendo el mismo trabajo que antes. Me convenía a nivel sueldo y mantenía mi trabajo", dice sobre su retorno a la vida civil, 12 años después de su ingreso como soldado voluntario.Maximiliano Rizzi ingresó como voluntario en 2006. Desde siempre le gustó la vida militar y ese gusto le sirvió para resistir los primeros cuatro meses de instrucción, a los que define como "durísimos". Siente que aprendió a valorar a la familia y las comodidades de su casa. "Pasamos hambre. Comíamos muy poco, demasiado caliente, sin gusto. Pero contaba como instrucción y entrenamiento. Cuando pasabas hambre, cuando te castigaban o cuando te hacían arrastrar en el piso para forjar el espíritu, cuando volvías a dormir a la noche tenías que aguantar y al otro día empezar de nuevo". Tuvo suerte: fue a parar al grupo de Artillería y estaba en su salsa. "Sentir el estallido de los cañones y de los morteros es algo tan hermoso que no se puede explicar con palabras" –asegura–. Lo mismo pasa cuando saltás en paracaídas".Pese a todos esos recuerdos lindos, Maximiliano pidió la baja a fines de 2009. "Para decirlo suave, me dejé llevar por influencias y todavía me arrepiento. Ahora trabaja como ayudante de cocina. "Aunque los sueldos eran bajos, casi todos los días extraño esa vida", asegura, y siente que la juventud le jugó en contra.

