“Si pudiese me volvería, pero no tengo opción”
Tiene la piel negrísima, curtida en el desierto de Dakar, de uno de cuyos pueblos salió hace 17 años. No quiere contar cómo llegó a París. Solamente dirá que “fue duro”, y que “hoy sigue siendo difícil”.
París. Tiene la piel negrísima, curtida en el desierto de Dakar, de uno de cuyos pueblos salió hace 17 años. No quiere contar cómo llegó a París. Solamente dirá que "fue duro", y que "hoy sigue siendo difícil".
Se refiere a que todo ese tiempo no pudo conseguir más que trabajos menores, cargando cajas en los mercados, limpiando, haciendo changas.
Ahora es ayudante de cocina en la cantina del concurrido Instituto de Culturas del Islam, en el 23 de la rue Léon.
Cheikh guarda silencio, como todos los africanos –senegaleses, argelinos, marroquíes, tunecinos– que viven en el distrito 18 de París, cerca de la estación Vélib o de la Plaza Léon.
Ninguno quiere fotos, nadie necesita hablar, todos tienen miedo de la policía. Nadie quiere tener que irse. Mejor dicho, que lo echen.
Afuera sigue lloviendo. Pero es sábado, día de feria, y los vendedores callejeros vocean sus mercaderías: pescados, especias, verduras y frutas extrañas, baratijas, DVD, ropa, relojes.
Cheikh llegó a París sin nada; fue a parar a casa de unos primos, en donde compartió una pieza con varios de ellos. Cada tres días se mudaba, antes de que ellos lo echaran.
Recién consiguió sus papeles de ciudadanía hace dos años. Entonces pudo regresar a Senegal, a conocer a sus dos hijos, a quienes había dejado cuando recién nacían.
–¿Cómo se soporta una cosa así, durante 15 años sin verlos?
–Si estoy acá es por ellos, para que no tengan que hacer lo mismo. Estaba preparado para esto. Soy creyente. Es lo que Dios quiso para mí.
Cheikh, quien ya tiene 40 años, se volvió religioso en Francia, en donde adoptó la cultura del Islam. O, mejor dicho, el Islam lo adoptó a él. Lo contuvo.
A pesar de tener los papeles en orden, el senegalés sigue siendo reacio a las fotos, a contar demasiado de su vida, de sus movimientos.
Trabaja tres días a la semana (no quiere decir cuáles) en la cocina del Instituto. Tampoco da detalles de dónde vive."Tener o no tener papeles no cambia nada. Igual sos explotado. Es igual en todos lados", afirma, con los ojos más abiertos y blancos, demasiado serio.
–¿Cómo ve el debate en Francia sobre los inmigrantes y su integración?
–Es la hipocresía permanente. Todos tienen sus necesidades, y por necesidad hacen creer que somos los malos. El discurso es una cosa, pero la realidad otra.
Cada año, desde que tiene papeles, Cheikh vuelve a Senegal a ver a sus hijos por algunos días.
–¿Vale la pena tenerlos tan lejos? ¿Vale la pena vivir en Europa?
–No. Si pudiera, me gustaría volver a mi país. Lo ideal sería que nadie necesitara irse de su pueblo, que las cosas estuvieran bien en África. Pero no tenemos elección.
Cheikh no tiene elección. Esa es la parte más importante del asunto, la que a veces cuesta tanto entender.

