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Refugiados, ese desafío

Un fenómeno antiguo como el de los refugiados todavía descoloca a la comunidad internacional, que se muestra incapaz de encontrar una solución o de evitar sus causas.

23 de noviembre de 2015 a las 12:01 a. m.
Maximiliano Monti | Especial
Refugiados, ese desafío

Un artista francés llamado Honoré Daumier pintó, en el siglo 19 y en un minúsculo óleo sobre madera, un paisaje de dunas atravesado por un grupo de figuras humanas encorvadas y borrosas. Sobre el claroscuro de la escena, que el pintor llamó "Los refugiados" o "Los emigrantes", Daumier reprochaba el desquicio del gobierno de Luis Felipe y sus políticas de represión, deportación y muerte para aplastar la revolución obrera de junio de 1848. Dos siglos más tarde, una fotoperiodista turca que cubría un naufragio de migrantes tomó la imagen de un niño sirio ahogado en la playa. La explosión mediática que siguió a la publicación de la fotografía fue la versión contemporánea de aquel fenómeno representado en el cuadro de Daumier. En un presente récord con sus casi 60 millones de desplazados forzados, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) en 2014, entender la prehistoria del fenómeno puede explicar por qué el número de refugiados crece a la par de una enorme cantidad de pactos internacionales sobre derechos humanos. "Empezamos a nombrarlos a partir de 1951 cuando se firma, en el marco de Naciones Unidas, una convención para proteger a los que habían sido perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial. Luego se amplía el concepto en 1967 para toda persona perseguida y/o no protegida por su Estado de origen. Yo rastreé el concepto para mi trabajo doctoral y lo encontré en un cuadro del artista francés Honoré Daumier, a mediados del siglo 19, que empieza a nombrar al refugiado como un gran grupo de gente que se desplazaba por conflictos armados", dice María Paula Cicogna, especialista en refugiados, doctora en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigadora del Conicet. –¿Cómo fue la relación histórica entre Argentina y los refugiados? –El proyecto de nación alentó la llegada de extranjeros para poblar el desierto argentino. Sin embargo, a principios del siglo 20 se impusieron leyes restrictivas cuando llegaron grupos del movimiento anarquista o del anarcosindicalismo y, en la década del '30, cuando los republicanos huían de la Guerra Civil Española. Siempre tuvimos las puertas abiertas, a excepción de ciertos períodos que coincidieron entre dictaduras y democracia. –¿Qué tipos de refugiados hay? –Desde la normativa del '51 hasta hoy, la definición no se cambió, pero hay otros tipos de refugiados: los ambientales, económicos, sexuales. Se dijo desde Acnur que Argentina fue pionera al otorgar refugio a una persona gay en 2014, pero ya había casos del Tribunal de Inmigración y Asilo del Reino Unido (AIT, según su sigla en inglés) en las décadas de 1980 y 1990 que fueron analizados por el sociólogo británico Derek McGhee. Un tipo de refugiado todavía no reconocido es, por estar en la línea de roce con la migración, el refugiado económico. La cuestión es que, cuando hay una acción o ley del Estado que permite y ampara la violación de un derecho humano, sí puede pedirse refugio aun en los casos no habituales de la normativa. ¿Cuál es el problema? Que si un Estado reconoce a un nuevo tipo de refugiado, tiene no sólo que darle la condición normativa de protección, sino también asistirlo, lo que sería muy oneroso. –El periodista argentino Andrés Oppenheimer propuso que los países árabes, que tienen dinero pero no vocación para recibir refugiados, financiaran a los países latinoamericanos en la tarea. ¿Qué opciones hay de que propuestas como esta puedan prosperar? –Se está debatiendo cómo los países árabes, que tienen tantos recursos, no tienen una política de abrir las puertas a solicitantes de refugio como nosotros. –¿Cómo puede ser que un fenómeno tan antiguo sea marginado hasta que, de repente, se convierte en una prioridad para la comunidad internacional? –Lo hablé con el fotoperiodista argentino Eduardo Longoni, y decíamos que esta foto del niño sirio encontrado en las playas turcas fue un cimbronazo porque toda Europa se identificó con él. No era una de las imágenes que el fotorreportero brasileño Sebastiao Salgado recopila en su libro Migraciones , donde muestra los niños de la guerra: con la ropa rasgada, mutilados, famélicos. Aylan, en cambio, era un niño corriente muerto en una posición no dramática, no ensangrentado ni herido, como si estuviera durmiendo, que podría ser hijo, nieto, sobrino de cualquier europeo. La viralización en las redes hizo que los mandatarios no pudieran, esta vez, pretender no saber qué está pasando en las orillas y fronteras de Unión Europea (UE). De cualquier manera, no están haciendo mucho. La cifra que quieren recibir es muy chiquita comparada con la población total de UE. Los desplazados internos, o sea personas perseguidas que no pudieron cruzar la frontera y quedaron desprotegidas dentro de su propio Estado, son por su parte los más vulnerables porque quedan totalmente a la deriva. Afganistán y Colombia eran los mayores generadores de refugiados internos, con dos millones; ahora superados por Siria, que tiene ocho millones. –¿Cuáles son los estereotipos más comunes sobre los refugiados y migrantes? –El estigma que pesa sobre buena parte de los refugiados es que llegan por causas políticas o porque cometieron un crimen, cuando en verdad la normativa establece que no pueden darte refugio si cometiste un crimen. En el caso de los migrantes, que son más visibles en Argentina aunque en números son el cuatro por ciento de la población, el estereotipo es que vienen a robarnos nuestro trabajo. Hay estudios, como los de los sociólogos Roberto Benencia y Néstor Cohen, que probaron que no es así. Siempre el miedo a lo desconocido se funde en la idea de que es el otro el que tiene la culpa de nuestros males. –¿Qué beneficios pueden, por el contrario, aportar los migrantes a un país? –La historia de la humanidad siempre se basó en desplazamientos. Argentina es una mezcla de nacionalidades, y el intercambio de prácticas y valores enriquece nuestra vida; nos educa. Vulgarmente se dice que los inmigrantes vienen a hacer los trabajos manuales que los nacionales no quieren hacer. Pero si vimos que son sólo el cuatro por ciento de la población, de lo que hay que descontar niños y ancianos, queda claro que no es tan así. No creo que el aporte económico sea relevante. Siempre nos quedamos con las frases hechas. Hay que pensar por qué se repiten tanto ciertas cosas. –¿Cómo puede ser que los países que más proclaman la libre circulación de capitales no lo hagan con la libre circulación de personas? –A los países más concentrados en el plano económico el factor humano no les interesa tanto a menos que sea en clave económica. Por ejemplo, cuando empezó la crisis humanitaria en Siria, lo que pensaban era recibir a tantas personas que serían necesarias como mano de obra. No lo pensaban como personas que estaban viviendo una situación terrible y que preferían morir ahogadas en el mar antes que permanecer en su país. Las naciones que dominan la economía mundial tienen la cabeza puesta en cuestiones económicas: mantener a un refugiado es un costo y no un beneficio.