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¿Qué? ¿Mi plata no vale?

En medio de una furia consumista cada vez más trágica, los padres se apelotonan para que sus hijas, niñas o adolescentes puedan tenerlo a tiro a Justin. Pagan miles de pesos. 

17 de noviembre de 2013 a las 12:01 a. m.
¿Qué? ¿Mi plata no vale?

En medio de una furia consumista cada vez más trágica, los padres se apelotonan para que sus hijas, niñas o adolescentes puedan tenerlo a tiro a Justin. Pagan miles de pesos. Es una obviedad trazar comparaciones o volver a caer en el lugar común de decir lo que se puede hacer con esa plata.El pibe canadiense está descontrolado. Fama y mucho dinero a los 19 años le dieron en el centro de su línea de flotación. Por ahora va a la deriva y, si no lo socorren de inmediato, naufragará de manera tremenda. Droga, alcohol, falta de límites, todo. Nadie lo frena a Justin Bieber porque el chico es una fábrica de conseguir plata fresca, viva, contante y sonante. Si quiere voltear la habitación del hotel, adelante. Si quiere bombardear Buenos Aires, adelante. Hará lo que quiera. Hasta se dio el gusto de patear una Bandera argentina y nadie le dijo nada. Abominable.Hay varios racimos de zánganos que no le dirán nunca nada porque viven de eso. Viven de hacerle la corte, de trabajar de bufones y de ser felpudos del dueño de la fábrica de plata que les permite vivir mucho mejor que lo que ellos imaginaban hace poco.Por eso, golpean fotógrafos, maltratan chicos, asaltan y se suman a la orgía y al vale todo del rubio del jopo ridículo, el mismo jopo que a James Dean lo distinguía y lo convertía en un tipo diferente.Pusieron montañas de dinero para verlo a Justin los papás pudientes y no tanto. Y Justin no les dio nada a sus hijas, ni autógrafo, ni foto, ni besito, ni nada. A la hora en que debía sonreír a las ninfas de clase media que lo esperaban bien vestidas y perfumadas, no las atendió. A esa hora posiblemente vomitaba."Es una tragedia cultural", dijo el hasta hoy presidente interino Amado Boudou para referirse al paso del joven canadiense por el camino, que aglutina multitudes en sus presentaciones públicas.Uno tiende a no coincidir. Bieber es un hallazgo de su madre que lo insertó haciendo monerías en YouTube cuando era un pibito. Hoy es una tormenta pop, como tituló este diario el sábado pasado, tras su presentación en Córdoba. Tiene buena voz, maneja bien el escenario y su show –cuando lo hace completo– dicen que es interesante, más allá de los prejuicios. Pero el chiquilín es un desastre y lo complica todo. Pone en riesgo su futuro y, sobre todo, su cuenta bancaria. Si sigue así, la corte quedará reducida a nada. No bien algún banco le saque tarjeta roja, las ratas huirán.Es un final que se ve venir, si no hay un cambio grande. De todos modos, no es una tragedia. Es más, nadie está obligado a asistir a esa tragedia. A nadie lo coaccionaron para comprar la entrada, la remera o el afiche. Es todo voluntario.Sin que se interprete como una falta de respeto ni nada que se le parezca, a la afirmación de Boudou sobre la tragedia cultural podría respondérsele con un dicho campechano pero certero: "La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer".