Pobres presidentes
La aparición de un presidente aun más pobre que el frugal mandatario uruguayo, José Mujica, el primer ministro de Nepal, Sushil Koirala, sorprendió al mundo y generó nerviosismo en numerosos líderes mundiales cuyos patrimonios crecen.
La aparición de un presidente aun más pobre que el frugal mandatario uruguayo, José Mujica, el primer ministro de Nepal, Sushil Koirala, sorprendió al mundo y generó nerviosismo en numerosos líderes mundiales cuyos patrimonios crecen y se multiplican exponencialmente durante sus mandatos, con la fuerza y la desmesura de la germinación de un frijol mágico. "No tengo nada contra los presidentes pobres, al contrario, los admiro. Lo único que me molesta es que nos dejen tan expuestos a los presidentes con buen pasar, principalmente porque la gente es mal pensada y tiende a sospechar", declaró off the record desde la comodidad de su yate, un mandatario vitalicio del Tercer Mundo que logró forjar (y enviar a un paraíso fiscal), una respetable fortuna luego de los cinco mandatos consecutivos al frente de su exhausto país (sus biógrafos señalan que llegó a su primer millón en la segunda semana de su primer gobierno). "No quiero que se me malentienda, no tengo nada contra los pobres. Al contrario, me gustan los pobres, los aprecio, y como prueba están las estadísticas: en mi país tengo como 70 millones, es decir el 99,5 de la población", ejemplificó. "Si me molestaran, implementaría alguna política social, buscaría crear una clase media o me iría a gobernar otro país", agregó."Por suerte, como tengo espíritu fuerte, una gran reserva moral y financiera, y una ausencia absoluta de escrúpulos, toda esta movida mediática sobre los presidentes pobres sólo fortalece mis convicciones republicanas de seguir acrecentando mi fortuna", finalizó el jefe de Estado. Al profundizar sobre los patrimonios de los mandatarios, los informes señalan que las posesiones del nepalés Koirala se limitan a tres teléfonos celulares, uno de los cuales no funciona. "Tiene suerte de vivir en Nepal, porque si residiera en la Argentina, los celulares le funcionarían como el tujes y en cuestión de días se los robarían los motochorros, con lo cual quedaría por debajo de la línea de indigencia", reflexionó un analista internacional. Sin embargo, uno de los gobiernos que se mostró realmente sensibilizado por la aparición cada vez más frecuente de presidentes indigentes fue precisamente el Gobierno argentino, que de inmediato dispuso una partida presupuestaria para la creación del "Plan de Jefes y Jefas de Estado Pobres".Según afirmaron sus promotores, los destinatarios de este programa inclusivo son los presidentes, primeros ministros, etcétera, en situación de vulnerabilidad. Los beneficiarios recibirán una ayuda económica no remunerativa equivalente a una jubilación mínima de la Argentina, que les permitirá vivir holgadamente y darse algunos lujos propios de la investidura que detentan en cualquier punto del planeta.Para recibir el beneficio, los jefes de Estado pobres deberán presentarse ante las embajadas argentinas de sus respectivos países y certificar, mediante escribano: carencia de flota aérea presidencial, carencia de automóvil presidencial, carencia de guardia presidencial, carencia de residencia presidencial, carencia de banda presidencial, carencia de fondos reservados. Para los especialistas de la Secretaría de Supervivencia de la Nación, organismo que se encarga de evaluar las condiciones de vida bajo línea de pobreza, en el caso de los presidentes, la ausencia de medios aéreos propios y de fondos reservados implican la diferencia entre un mandatario en serio y un simple empleado público de carrera.De acuerdo a la concepción del poder en la Argentina de los '90 a esta parte, una condición decisiva para ser presidente es realizar giras presidenciales, lo que implica disponer como mínimo de un buen Boeing y sin peligro de embargo ("Te puede faltar el bastón de mando, pero no un avión para una gira memorable", había dicho en su momento un expresidente argentino cuando aterrizaba en Birmania, en el marco de difusas razones de Estado). Las consecuencias de la falta de una aeronave oficial no sólo caracteriza a un presidente pobre sino también a uno sedentario, además de dar lugar a posibles situaciones extremas, como tener que viajar a alguna cumbre regional, enganchado en el tren de aterrizaje de un Boeing como suele ocurrir con los adolescentes norteamericanos. Y por supuesto que las giras presidenciales van de la mano con los gastos reservados. "De qué sirve ir a París a una cumbre si después te tenés que alojar en un hostel , compartiendo habitación con inmigrantes ilegales, refugiados y turistas gasoleros", explican con lógica alarma funcionarios del área de Protocolo de la Presidencia. Se pueden sacrificar muchas cosas por el poder y arriar unas cuantas banderas, pero el glamour no se negocia.

