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Otra Nakba para Zahra

“Mi padre confiaba en ellos. Mucho. Y ellos en mi padre. Éramos como hermanos”, dice Zahra Hattab, de 80 años, al recordar a sus vecinos judíos de Tiberias, Palestina. 

13 de octubre de 2013 a las 04:40 p. m.
Ivan M. García
Otra Nakba para Zahra

“Mi padre confiaba en ellos. Mucho. Y ellos en mi padre. Éramos como hermanos”, dice Zahra Hattab, de 80 años, al recordar a sus vecinos judíos de Tiberias, Palestina.

“Luego, en el ’48, vinieron los otros, los de fuera, y con ellos, los ingleses”, así lo expresa. “Nos dijeron que nos debíamos marchar. Algunos no quisieron; pero venían armados y no tuvimos más remedio. Nuestros vecinos nos dijeron que nos quedáramos, que ellos nos protegerían. Pero teníamos mucho miedo y nos fuimos. No fueron los judíos los que provocaron la Nakba, fueron los sionistas”, asegura esta anciana desde su segundo exilio –esta vez en Líbano– provocado por la guerra en Siria.

Zahra Hattab tenía 15 años cuando huyó de Palestina junto a sus padres y sus tres hermanas. “Salimos sin nada”, apunta. Probaron suerte en Jordania, pero allí no había trabajo. “Así que decidimos irnos a Siria y llegamos a lo que fuera el campo de Yarmouk, en las afueras de Damasco”, relata.

El asentamiento, que se ha convertido en un vecindario, está hoy bajo control del Ejército Libre Sirio, pero rodeado por tropas militares leales al régimen de Bashar al Assad, contra quienes combaten dura y continuamente. Zahra es menuda e inquieta, y parece buscar con la mirada las preguntas que contesta solícita. “Éramos muy pobres, porque mi padre era pescador. Pero era una vida bonita y dulce. Recuerdo sobre todo cuando iba al mar a nadar”, y dibuja una amplia sonrisa en su rostro de ojos hundidos.

“Cuando salimos de Palestina, pensábamos que iba a ser una semana, quizá dos. Y mire, llevamos ya casi 70 años fuera de nuestro país. Fíjese si lo creímos que aún conservo la llave de mi casa en Tiberias”.

Pero el hogar de esta mujer ha sido siempre Siria. “Nos acogieron con los brazos abiertos. Nos prestaron dinero para empezar nuestros negocios y pudimos vivir con dignidad. Siria aseguró nuestros derechos cuando huimos de nuestro hogar”, explica.

Zahra vive ahora en Wadi Zeina, un vecindario de edificios bajos y maltrechos. Un barrio levantado en una de las pendientes de Beirut que desemboca a un Mediterráneo azul y calmo, como el mar de Tiberias.

La vivienda es tan humilde como el lugar en el que se halla: una diminuta cocina, una sala con varios colchones como único mobiliario y dos habitaciones para los 17 familiares que allí malviven de la ayuda humanitaria internacional y de los pocos trabajos (ilegales y mal pagados) que consiguen algunos de ellos. “No me gustan las comparaciones. Pero de Palestina salimos llorando y también de Siria cuando la guerra se nos echó encima. Allí ahora es todo destrucción”, narra mientras golpea repetidamente sus rodillas con la palma de sus manos. Calla por un instante, como si meditara qué continúa. “Aquí, en Líbano, está siendo muy duro. Todo es mucho más caro que en Siria: la comida, el alquiler de la casa. Y no hay trabajo. A veces pienso en mis hijos y mis nietos, en lo que hemos sido, en lo que hemos dejado atrás. Podría escribir un libro”. Zahra tiene claro que para ella ya no habrá mas exilios. Que tampoco regresará a Siria y que jamás habrá oportunidad para ir al mar otra vez. Es mayor y la guerra no tiene visos de terminar pronto.

“Las armas sólo matan personas y destruyen países. Sin ellas, nosotros estaríamos aún en el nuestro”, dice antes de que uno de los nietos le pregunte qué país, Siria o Palestina. “Palestina”, dice ella. “Palestina”.