Nuestro lugar en el mundo
En Más de una lengua (FCE, 2014), Barbara Casin explica que hablar lenguas diferentes es como habitar mundos diferentes, “no mundos incompatibles”.
Una filósofa da una conferencia a niños de alrededor de 10 años (y los adultos que los acompañan, claro). El tema es la lengua: ¿qué es la lengua materna y qué pasa cuando aprendemos otra lengua?, pero también ¿por qué es criticable el mito bíblico de Babel, que narra como algo negativo (un castigo divino) que los hombres no hablemos una única lengua? El resultado es un pequeño gran libro; pequeño por su tamaño y su cantidad de páginas; grande por su calidad, porque demuestra que con los niños de corta edad se puede hablar de los temas más profundos y complicados.En Más de una lengua (FCE, 2014), Barbara Casin le explica a su auditorio que hablar lenguas diferentes es como habitar mundos diferentes, "no mundos incompatibles, no mundos radicalmente diferentes, sino mundos que resuenan unos con otros y que nunca pueden superponerse por completo". Llamamos "lengua materna" a la que hablamos desde que nacemos (y que escuchamos desde antes de eso) porque es la lengua de nuestra casa. Las demás nos son "extrañas" y por lo tanto "extranjeras". Pero hay quienes tienen la suerte de tener dos lenguas maternas, "no porque tengan dos mamás, sino porque la lengua de su madre y la de su padre no son la misma. O bien porque la lengua que habla su familia y en la que están inmersos no está ligada de manera inmediata a o entra en competencia con la lengua del país en el que están".¿Por qué es una suerte tener dos lenguas maternas o, en otras palabras, saber hablar más de una lengua? Porque nos permite ver el mundo de diferentes maneras. Porque para saber hablar una lengua no hay que saber cómo se pide un café o cómo se pregunta por una calle en esa otra lengua, sino cómo esa lengua "dibuja el mundo". De modo que, en la bíblica historia de Babel, cuando Dios creyó condenar a los hombres a que no se entendieran por hacerlos hablar distintas lenguas, en realidad, no habría hecho otra cosa que –a un mismo tiempo– multiplicar sus posibilidades de comprender el mundo y disminuir las chances de que cualquiera de ellos se presentase ante el resto como el único poseedor de la verdad. Como ejemplifica Casin, en esa situación en la que nosotros decimos "buen día", el griego dice "disfruta" y el hebreo o el árabe dicen "que la paz sea contigo": es un simple y cotidiano saludo, pero no nos decimos lo mismo. Ante el terremoto de Iquique de esta semana, los chilenos dijeron que ocurrió a un cuarto para las nueve, mientras los argentinos dijimos que sucedió a las nueve menos cuarto: los dos fijamos el tiempo del suceso, pero lo hacemos a través de distintas operaciones que revelan nuestra forma de relacionarnos con el mundo.Por eso, concluye Casin, somos los dueños de la lengua que hablamos pero ella nos tiene a nosotros: "Somos dueños, porque podemos decir en ella lo que queremos, pero ella nos tiene a nosotros porque determina nuestra manera de pensar, nuestra manera de vivir, nuestra manera de ser".

