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Novelista de la realidad

Gay Talese escribe sobre la realidad. Dos de sus voluminosos libros, “Honrarás a tu padre” y “Los hijos”, presentan dos modelos de familia. En un caso, retrata a los Talese; en el otro, a un clan de la mafia estadounidense. Son dos excelentes relatos.

04 de mayo de 2015 a las 12:01 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
Novelista de la realidad
¿Qué es sinatra sin voz? La crónica más famosa de Gay Talese es “Frank Sinatra está resfriado”, en la que describe y analiza al personaje sin haber podido hablar con él (magazine.co.uk).

Los hijos son testigos de las angustias que padecen los padres, y tienden a modelar sus vidas en función de esa profunda percepción. Tamaña afirmación, si hubiera sido realizada por un Sigmund Freud, iría acompañada de la terminología psicoanalítica específica y de numerosos casos clínicos, a modo de ejemplos. Pero como es nada más que la idea motora que se puede señalar como sostén de un par de libros monumentales escritos por el excepcional Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey, 1932), los ejemplos remiten a las distintas generaciones de dos familias tan distintas entre sí que se convierten en la cara y la ceca de esa idea, desde los títulos mismos de los libros: de un lado, Los hijos , que narra la historia de los Talese, desde Italia hasta Estados Unidos, desde mediados de 1700 hasta la Segunda Guerra Mundial, desde la época de Pasquale hasta el primer Gaetano nacido en Estados Unidos, que no es otro que nuestro admirado Gay; y Honrarás a tu padre , que al contar el vínculo entre el padre Joseph y el hijo Salvatore Bonanno, presenta otro modelo de "familia", ya que se trata de uno de los principales apellidos de la mafia estadounidense, organizada como tal en la década de 1930, cuando concluyó la "guerra de los castellammarenses", por el pueblo siciliano donde nació Joseph (Castellammare del Golfo), que entonces se convirtió, con tan sólo 26 años, en "el don más joven de la hermandad", poco antes de que naciera su hijo Salvatore, que tiene la misma edad que Gay.

Novelas sin ficción

Honrarás a tu padre

, publicado originalmente en 1971, básicamente desgrana, a lo largo de 640 páginas, todo lo que Salvatore Bonanno le contó a Gay Talese, con la riqueza de detalles propia de la conversación de dos íntimos amigos. Dos amigos que se conocieron una tarde de 1965, cuando el periodista, que trabajaba para

The New York Times

, fue a cubrir la detención del otro. En el preciso instante en que los dos se miraron a los ojos en un rincón del edificio de tribunales de Manhattan, dice Talese que se le ocurrió la peregrina idea de acercarse y de proponerle que, dentro de unos meses o años, se reunieran a conversar “sobre la posibilidad de escribir un libro sobre su infancia”.

La anécdota podría ser un perfecto invento. Pero el excéntrico punto de vista que revela la vuelve verosímil, porque así es como se organiza un buen relato para Talese. Por cierto, cuenta la leyenda que, a comienzos de la década de 1960, fue Tom Wolfe –el autor, entre otros libros, de

La hoguera de las vanidades

– quien, al leer una crónica de Talese, como quien estudia el método del escritor al que quiere entender, y acaso copiar, al aislar los elementos que caracterizaban al artículo, acuñó la etiqueta “nuevo periodismo”. Eso significa, en la práctica, investigar como un periodista, o como un historiador, pero escribir como un novelista. Eso significa presentar la información obtenida aplicando recursos hasta entonces propios de la ficción. Y en el caso particular de Talese, es fundamental la construcción del punto de vista, establecer desde dónde se contará la historia. En sus relatos, hay un desafío que es constante: contar desde el punto de vista del desconocido, del perdedor, del sujeto anónimo, evitando al poderoso, al famoso, a la celebridad. Eso es lo que hace en la crónica que se convirtió en un ícono de su obra: contarlo todo sobre Frank Sinatra, y que Sinatra no diga una palabra; en su lugar, los que hablan son todos los seres anónimos que giran alrededor de la “estrella” (ver

La gente común, protagonista

).

Los hijos

, cuya primera edición es de 1992, enlaza, en sus 768 páginas, cartas, telegramas, diarios personales, relatos familiares y crónicas históricas para contar, una y otra vez, la vida de una familia, generación tras generación, desde la perspectiva de los hijos, cómo ellos ven el pequeño mundo en el que se mueven sus padres y los otros personajes de su entorno, y en qué momento y bajo qué circunstancias se les reclama dejar de ser niños y actuar como adultos.

Por eso es que resulta verosímil que, al ver a Bonanno detenido, acusado de pertenecer a la mafia comandada por su padre, todo lo que haya deseado saber Talese es cómo fue la infancia de Salvatore.

En cualquier caso,

Honrarás a tu padre

y

Los hijos

son genérica y metodológicamente idénticos: son dos magníficos ejemplares de una categoría poco frecuentada por los escritores de novelas. Son, aunque usted no lo crea, y aunque en el segundo caso Talese reconozca que no pudo usar todos los nombres reales de los personajes secundarios, novelas sin ficción. Todo lo que en ellas se dice es absolutamente cierto, ocurrió en un pasado más o menos remoto, punto por punto. Pero está contado –y se lee– como si fuera una novela.

Las desviaciones familiares

Escribir sobre la propia familia es un desafío para cualquier escritor, encuadre su trabajo en el género que sea: autoficción, no ficción, memoria, autobiografía. No importa, el problema es el mismo: hay que acumular detalles, exponer la verdad de cada personaje y entender su punto de vista. Usará todos los trucos narrativos que domine para, por ejemplo, convertir en extraordinario el hecho más rutinario por el simple motivo de que contará una sola vez, y combinando una relativamente amplia gama de matices, lo que al personaje le ha pasado miles de veces. Pero está prohibido inventar. En su lugar, tiene la obligación de documentarse; hay que viajar, recorrer lugares, leer crónicas históricas, husmear en cuanta colección de documentos se tenga al alcance de la mano, registrar las más diferentes versiones de un mismo acontecimiento. Y luego decidir desde dónde se va a relatar cada escena.

Para hacer todo eso y escribir

Los hijos

, Talese trabajó 10 años. Y aunque parezca increíble, tardó tan poco por tres motivos igualmente importantes: ya había sentado las bases de su método; no era el primer libro que escribía; y decidió concluirlo con el relato de una histórica –y muy simbólica– pelea con su padre, en 1944, cuando él tiene unos 12 años y la Segunda Guerra Mundial les demuestra que no son exactamente lo mismo porque, en el fondo, el padre no puede dejar de ser italiano y el hijo es ante todo un estadounidense.

Esa particular ruptura, escenificada en el dormitorio del hijo, con un padre enloquecido que rompe a manotazos las réplicas a escala de los aviones estadounidenses que el hijo ha montado con madera balsa y papel de seda, porque los aliados han bombardeado el sur de Italia, parece hacer juego con otro desvío de la historia familiar.

Porque como en toda familia hay un hecho ominoso, que debe permanecer en secreto, esta no va a ser la excepción: los Talese no siempre tuvieron ese apellido y no nacieron siempre en el mismo pueblo del sur de Italia, Maida. Pasquale, padre del tatarabuelo de Gay, nació en 1765 en Benevento, al noroeste de Nápoles, y su apellido era Telese. Pero en 1782, al casarse por primera vez, firmó Talese. El secreto: era hijo de un cura, y nada deseaba más en el mundo que tomar distancia de ese origen y de sus hermanos. Pocos años más tarde, Pasquale recibió de un benefactor anónimo dos parcelas pertenecientes a la Iglesia, una de ellas ubicada en Maida, donde se reinicia la historia de sus descendientes, ahora llamados Talese.

Y el primer hijo que tuvo con su segunda esposa –la primera murió al año de haberse casado, en medio del terremoto que asoló a la región en 1783– se llamó Gaetano, nombre que acató esa tradición familiar que sostiene que el nieto debe tener el nombre de su abuelo. Entonces, si este primer Gaetano inaugura el ciclo de los Talese en Maida, el tercero, que es Gay, abre el ciclo estadounidense.

En una entrevista con

El País

de Madrid, Talese reconoció que le gustan las frases largas, “melodiosas, de estructura compleja, con elementos subordinados, como las que escribían Scott Fitzgerald o John Fowles, un gran escritor, hoy olvidado”. A modo de ejemplo de cómo reinterpreta esa tradición, vale este párrafo, de apenas tres oraciones, en el que describe a Maida y sus habitantes:

“Maida se alza en el incierto centro sísmico de Italia. Situada entre dos grandes volcanes –el Vesubio al norte y el Etna al sur–, los habitantes de Maida y las aldeas vecinas eran siempre conscientes de que en cualquier momento podían ser arrojados al olvido por alguna convulsión calamitosa. Quizá esta sea una de las razones por las que los italianos meridionales han sido siempre tan religiosos, pues casi todos ellos moran en un terreno peligrosamente elevado que basa su estabilidad en la buena voluntad de las fuerzas omnipotentes que periódicamente reafirman su poder zarandeando a la gente y poniéndola de rodillas”.

La realidad al detalle

Pasemos a

Honrarás a tu padre

. Salvatore Bonanno, como Gay, nació en 1932, y era hijo de un italiano radicado en Estados Unidos. Y ambos padres, aunque procedían de distintas regiones italianas, se llamaban igual: 
Joseph. Y como Gay, Salvatore se sentía plenamente estadounidense, así es que a Rosalie, su futura esposa, cuando lo conoció, “le pareció difícil de creer que él fuera, al igual que ella, de origen siciliano”. Tal vez por eso, Salvatore aceptó con gusto que todo el mundo lo llamara Bill.

Como se ha dicho, Bill y Gay se conocieron a principios de 1965, cuando Bill fue detenido por no cooperar con la investigación que se inició por el secuestro de su padre. Un año más tarde, la propuesta de Gay –escribir un libro sobre la infancia de Bill– dejaba de ser una locura: ya se habían reunido varias veces y hasta habían cenado acompañados de sus respectivas mujeres, y personas de la intimidad de Bill tenían autorización para hablar con Gay.

Talese no perdía la oportunidad de apuntar esas reuniones, y eso le permitía ser consciente de que el proyecto avanzaba: “Me sentía contento de observar y me complacía el hecho de ser aceptado. Por la noche, después de regresar a casa, describía sobre el papel lo que había visto y oído y mis impresiones sobre la gente. Rápidamente, a medida que releía ciertas escenas, fui viendo cómo el libro tomaba forma. Parecía una historia de ficción, pero cada detalle era real”.

Por supuesto, debería contar las relaciones entre las mafias de Sicilia y de Nueva York, así como la guerra mafiosa que se desató en Estados Unidos a mediados de la década de 1960, y para todo eso necesitaría abundante bibliografía. Pero lo que dijeran Bill y sus muchachos sería la esencia del libro. Por eso no es difícil imaginar que de aquellas primeras notas deben de haber salido frases como esta: en el servicio militar, Bill “aprendió de memoria el código militar de los Estados Unidos, que en principio no era muy distinto del de la mafia, con su énfasis de honor, la obediencia y el silencio en caso de ser capturados”.

De igual modo, en aquellos encuentros, Gay no perdió la oportunidad de comparar a la ficción con la realidad, así que les pidió que le contaran cómo veían ellos, que eran los verdaderos, a los gángsteres de la televisión: “Estaban viendo una serie policíaca llamada

Los intocables

, la cual se basaba vagamente en la mafia y había enfurecido a muchos italoamericanos del país debido a que los guionistas tendían a darles nombres italianos a los gángsteres. Pero Bonanno sabía que a los gángsteres de la vida real les gustaba el programa, aunque lo veían desde una perspectiva distinta de la que los productores querían darle. Los gángsteres consideraban este programa, al igual que otros como las series sobre el FBI o

Perry Mason

, como pura comedia o sátira. Se reían de comentarios que no pretendían ser graciosos; se burlaban de las torpes caricaturas de sí mismos; abucheaban y se mofaban de los personajes que representaban al FBI o a la policía, convirtiendo el acto de ver la televisión en una especie de psicodrama”.

En realidad, Gay deseaba indagar cuándo, y en qué circunstancias, Bill se comprometió con la organización de su padre y se transformó en un mafioso: fue en 1957, tras una reunión cumbre de la mafia, en Apalachin, que era vigilada tan de cerca por la policía, que Joseph Bonanno tuvo que abandonar momentáneamente el primer plano. Entonces el hijo veló por sus intereses. “La razón principal era que él amaba a su padre, era parte de él y no podía, ni quería, desligarse de él en este momento tan difícil”.

Pero, además, Bill “no sentía que las actividades de su padre, ni la de ninguno de los hombres que estaban en Apalachin, fueran de naturaleza criminal grave”. El juego (las apuestas) y la prostitución no son inventos de la Mafia, sino necesidades aparentemente naturales del hombre. Y que el hombre tiene cierta tendencia a incumplir la ley es algo bastante comprobado: “Si la gente obedeciera las leyes, no habría mafia. Si la policía fuera capaz de resistir la corrupción, si los jueces y los políticos fueran insobornables, no habría mafia, porque la mafia no podría existir sin la cooperación de los demás”.

Contar la realidad al detalle suele llevarnos a este tipo de conclusiones, acaso conocidas por todos, aunque nadie se anime a decirlas en voz alta porque son políticamente incorrectas.