No hay palabras que alcancen
Es imposible incluir todo el repertorio de horrores que jalonan la historia de la región, como las masacres de Damour y de Sabra y Chatila.
Dos mil quinientas palabras, las que lleva la nota central, no alcanzan para explicar ni siquiera someramente la enorme complejidad del conflicto palestino-israelí. No alcanzan para hablar de ese crimen contra la paz que son los asentamientos israelíes en territorios palestinos, fomentados por los gobiernos del Likud, del Laborismo y de Kadima también, de los tres mil millones de dólares en asistencia militar que aporta Estados Unidos anualmente a Israel, de la enorme ayuda occidental a los palestinos que se pierde por la corrupción de sus autoridades, de la falacia que sostienen muchos árabes cuando dicen que el sistema democrático es incompatible con su cultura, de la aceptación acrítica de muchos israelíes de la muerte de civiles palestinos "porque Israel tiene derecho a defenderse", de la misma silente aprobación de las guerras preventivas y la justificación del terrorismo de Estado, como lo son las ejecuciones sin juicio de sospechosos. Es imposible incluir todo el repertorio de horrores que jalonan la historia de la región, como las masacres de Damour y de Sabra y Chatila, o los múltiples atentados suicidas que acabaron con la vida de civiles israelíes, o de las razones que nos hacen pensar que esta guerra, que justifica todas las otras guerras de la región, sigue siendo un negocio redituable para quienes la miran desde lejos, cómodamente millonarios a costa de la miseria ajena.Tampoco es suficiente para agregar un informe detallado sobre por qué Israel argumenta que nunca encontró entre los palestinos una contraparte palestina con altura moral suficiente (su altura moral) como para establecer el diálogo.Lamentablemente, tampoco podemos desarrollar aquí una historia de la cooperación que existe entre ONG y ciudadanos comunes de ambos bandos; de los objetores de conciencia israelíes y de los disidentes palestinos; de los que buscan incansablemente el entendimiento a pesar de todo, incluso a pesar de la condena social en sus respectivas comunidades, como el palestino Edward Said lo hizo en su momento y como lo hace aún el argentino-israelí Daniel Barenboim. Por eso, las 2.500 palabras de la nota central son apenas un intento de refrescar la historia, de recordar con la mayor amplitud posible lo que viene sucediendo desde hace décadas, de consolidar la idea de que un país democrático no puede recurrir el terrorismo de Estado, no puede rebajarse a las condiciones que ofrece un grupo de criminales. Y si lo hace, merece la condena internacional y no un silencio complaciente que puede ser interpretado como aplauso.

