No hagas esto en tu casa, ¡hacelo en el patio!
Hay un sinfín de prácticas recreativas que datan de un tiempo inmemorial.
Hay un sinfín de prácticas recreativas que datan de un tiempo inmemorial. Mayoritariamente tienen por protagonista a la infancia, pero de manera no excluyente. De la misma forma, es interesante subrayar la distancia que separa al juego del deporte en tanto este último mueve las ansias de ganar.
Son juegos para realizar en grupo, al aire libre o en la cochera, y no tienen costo. Inclusive construyen vínculo social y permiten ejercitar aptitudes motrices. Reconocen su linaje en las cosquillas, la tatarabuela de lo lúdico. Contrariamente a lo pensado, suponen compartir tiempo y sonrisas, y eso no tiene precio. Sobrinos, hijos, nietos, ahijados, vecinos… todos los beneficiarios de unas horas de calidad lo atesorarán por encima de la mayor adquisición tecnológica. Asimismo, vale reconocer que cada vez más investigadores reivindican el uso de los juegos electrónicos (históricamente demonizados) como una manera más de entrenar a una generación obligadamente tecnologizada. También existe, en ese mundo de pantallas, posibilidades de compartir y, por sobre todas las cosas, transferirles capacidad crítica.
Jugar a la pelota. El comúnmente denostado gol-entra que se ejercita entre dos jacarandás de la vereda es una práctica milenaria que conviene reivindicar. Siendo rigurosos, los griegos jugaban a unas versiones prehistóricas del quemado y el vóley, según Homero. Más allá de que el jugador se crea Lionel Messi, la actividad futbolística propiamente se remonta a la Edad Media y se ubica en las islas británicas. Sin embargo, e independientemente del origen del deporte, la cultura guaranítica lo practicó como pasatiempo y cuando los jesuitas llegaron a estas tierras se impresionaron por la pasión que despertaba entre los locales patear una pelota con los pies desnudos. Con los pies o las manos, desde los comienzos de la civilización occidental se asocia el uso de una pelota al desarrollo de psicomotricidad.
Las bolitas. También fueron furor hace siglos. Según Ovidio, parece ser que nuestros ancestros usaron nueces y disfrutaban de una versión ancestral mixturando lo que hoy conocemos como canicas con las bochas.
Yoyó, aro y tejo. Según Pericles, estos también fueron juegos de amplia historia en el trayecto que nos separa de la civilización helénica. Platón valora la participación en las prácticas de esparcimiento como una intención de sumarse a la civilización.
La rayuela. De origen renacentista y sumatoria nacional cortazariana, es una pariente no reconocida del tejo. Con necesidades básicas bastante humildes (una tiza) y posibilidades celestiales, viene a ser la versión lúdica del viaje de Dante desde el Purgatorio hacia el Paraíso.
Autitos / muñecas. No hay registro de una cultura que no haya hecho carros para sus niños. Y conviene, ahora que el hombre llegó a la Luna y los teléfonos no tienen cable ni antena, decir que para mis 40 en pocos meses sólo quiero que me regalen autitos. Y el que consiga un Rambler gana. Muñecas de trapo, de porcelana o de época; autitos de escala con plomo para ganar, o recién desenterrados, suponían el pasaporte a la felicidad, el aspiracional burgués y las primeras bolillas del ciudadano del siglo 20. Contar con un Renault 18 escala 1:50 cuyas puertas se abrían garantizaba muchos fines de semana con la panza en el piso y el bbrrrrrum en la garganta.

