Ni yanqui ni marxista
La forma más común de analizar el pontificado de Francisco ha sido la de encuadrar sus dichos en la dicotomía “progresista-conservador”.
La forma más común de analizar el pontificado de Francisco ha sido la de encuadrar sus dichos en la dicotomía “progresista-conservador”. Buena parte de quienes escriben sobre su pontificado, lo han ubicado del lado “progresista” del espectro político. Yo creo que el principal problema es que “conservador” o “progresista” son categorías que no terminan de reflejar adecuadamente la política argentina, que es el contexto en el cual Bergoglio vivió durante 75 años.
Es que ¿es posible definir al peronismo o al radicalismo como “conservadores” o “progresistas”? ¿Qué quieren decir esas palabras? ¿En qué sentido Juan Perón o Raúl Alfonsín fueron “conservadores” o “progresistas”?
Esos conceptos no terminan de reflejar bien la tensión más importante de la política argentina: pueblo versus élites. Más que la tensión entre progresistas y conservadores, o entre liberales y tradicionalistas, la tensión subyacente en la vida nacional ha sido la de “pueblo” versus “gorilas”. Líderes políticos, sociales o religiosos; miembros de la farándula, artistas o cantantes; intelectuales, filósofos o escritores; futbolistas o boxeadores; todos han sido medidos con esta vara: eran del “pueblo” o eran “gorilas”.
No estoy diciendo que Francisco sea del “pueblo” o de la “élite”, sino que como cualquier persona que haya vivido 75 años en Argentina, la trama política del país es parte de su contexto vital. Esta tensión, pueblo o élites, puede ayudar a interpretar políticamente su discurso. Hay otras lecturas posibles, la política es sólo una, y tal vez, no la más importante.
(*) Gustavo Morello ha escrito, entre otros libros, Dónde estaba Dios. Católicos y terrorismo de Estado en la Argentina de los setentas (Ediciones B, 2014).
*Sacerdote jesuita. Docente en el Boston College

