Milongueros de ley
Marginal desde su génesis, el tango es un buen lugar para los raros. Tan raros como para bailar abrazados, los milongueros tienen una vida secreta.
Un juez y un mecánico se sientan a la misma mesa. Uno de esos dos hombres es muy importante, todo el mundo lo mira, los mozos lo saludan y las mujeres le coquetean. El juez, en cambio, recién está aprendiendo a bailar. No es que en el tango no haya jerarquías, sólo que son completamente distintas de las que rigen el mundo. Marginal desde su génesis, el tango es un buen lugar para los raros. Tan raros como para bailar abrazados, los milongueros tienen una vida secreta. Compran ropa que jamás se pondrían fuera de la milonga. Cultivan amigos y amores completamente desconocidos para el resto de sus relaciones. Y es sabido que el sábado no es un buen día para organizar milongas, porque los sábados hay que cumplir con la otra vida, esa de las convenciones (y las jerarquías) que todos conocen.Pocos espacios como el tango para confirmar que los sujetos son uno por uno y que siempre es vez por vez. Dos personas se abrazan y juntas improvisan sobre la música. El encuentro implica el cuerpo, con sus particularísimas formas, pero también los gustos, las convicciones, las capacidades. Podrán abrazarse como amantes o tomarse de los antebrazos, podrán repetir ajenas figuras coreográficas o aventurarse a movimientos propios, podrán entregarse y fundirse hasta la ilusión de ser uno o entenderse apenas como para conservar las buenas maneras, o podrán caer en el desencuentro y hasta los malvendidos. En cualquier caso, todo sucederá esa vez. En el próximo tango será distinto. La libertad de la improvisación "La esencia, el nervio motor del tango es la libertad de poder hacer en comunión", dice Rodolfo Dinzel. En su libro El tango, una danza , vuelve una y otra vez sobre la idea de la libertad. Alude a que el tango no tiene formas coreográficas predeterminadas ni obligatorias. En la chacarera, por ejemplo, hay giros, media vuelta, vuelta entera, zapateos y zarandeos, todo en una secuencia determinada y siempre idéntica. En el tango, el sujeto es libre en la pista, por eso improvisa. Pero libertad también nombra al espíritu de quienes lo bailaron desde el principio, hombres y mujeres que no se oponían a la ley, simplemente la desconocían. Sin afán revolucionario, pero sin sometimiento. Un espíritu que reaparece cada vez que los milongueros toman una plaza para bailar. A lo largo y a lo ancho del país (y en otras partes del mundo también) hay plazas en las que se baila tango. Un fenómeno que no se da en el folklore, ni en la salsa, ni siquiera en el cuarteto. Los milongueros desafían a la lluvia, al frío y a las ordenanzas municipales. Bailan donde quieren y como quieren.Sin embargo, esa libertad está permanentemente amenazada. ¿Por la Iglesia? Hace mucho. ¿Por la Policía? A veces. ¿Por los inspectores municipales? Un poco. ¿Por los tangueros? ¡Siempre! Los tangueros tienden y desarman las redes en las que el tango se enreda. Hubo un tiempo en que el tango se llenó de comisarios. Los tangueros se palpaban de tango unos a otros. Piazzolla era un ser del averno y el tango escenario, la danza del anticristo. Hoy el tango está lleno de neurocirujanos, de bailarines con técnicas precisas, que alardean de un saber desde el que condenan a los advenedizos, a los improvisados (¡!), y si existiese pena por mala praxis en el tango, dormirían tranquilos.En todos los tiempos hubo unos pocos virtuosos, bailarines de esos alrededor de los que "se formaba rueda pa' verlos bailar". En un solo tiempo, en cambio, hubo muchos bailarines. Fueron unos 15 años entre la década del '40 y la del '50. Entonces no había necesidad de tomar las plazas porque se bailaba en todas partes, reinaba en los clubes, en la radio y en el cine. Curiosamente, fue esa la época en la que peor se bailó. La danza se volvió lisa, casi aburrida, no requería habilidades especiales ni experiencia previa.La masividad del tango desapareció muy pronto, pocos años más tarde todos estaban bailando con el Club del Clan. Pero el tango sobrevivió, como sobrevivió a los comisarios y sobrevivirá a los neurocirujanos. Sobrevivirá, incluso, a los que lo quieren saludable, justamente a él, hecho de trasnoche, cigarrillo y corazones destrozados. Porque el tango es una danza popular y, por eso, cada uno lo baila como se le canta.
*Periodista, presidenta de Fundación “Che Bandoneón”. conductora del programa radial “Mirá lo que quedó”.

