Mi balde de agua fría
Héctor Leis. Murió de esclerosis lateral amiotrófica, la enfermedad que se hizo conocida por la campaña del baldazo de agua helada. El mejor homenaje que le podemos hacer es leer sus trabajos, que son profundos e importantes.
E l domingo pasado, al mediodía, me enteré de que Héctor Leis –militante comunista y peronista en los '60, combatiente montonero hasta 1976– había fallecido en Florianópolis, a causa de la esclerosis lateral amiotrófica, terrible enfermedad que se hizo famosa en las últimas semanas por la campaña del baldazo de agua fría. Juego de palabras mediante, leer sus textos representó, para mí, un baldazo de agua fría. Usamos coloquialmente esa metáfora para dar cuenta de una sorpresa, de algo que nos deja con la boca abierta, duros como una estatua, y a veces tiritando. Así quedé yo al leer algunos de sus artículos y sus dos libros: Un testamento de los años 70. Terrorismo, política y verdad en la Argentina (Katz, 2013), primero, y Memorias en fuga. Una catarsis del pasado para sanar el presente (Sudamericana, 2013), después.Por el primero, lo entrevisté (ver Temas del 30 de junio de 2013). Me dijo que había sentido la necesidad de escribir porque "una memoria parcial y mentirosa se había congelado en el país, apuntando a la repetición simbólica o material de errores graves de la generación del '60"; y que la cultura política argentina "valoriza más la violencia que la palabra". Por eso en su libro pedía verdad y reconciliación, lo que implica la construcción de una memoria que no sea instrumental (que no sea facciosa) porque "la memoria se empobrece y falsifica cuando no se pone al servicio de la verdad y la reconciliación, sino de la continuación del conflicto", y llegaba a proponer un único monumento que contenga el nombre de todos los argentinos muertos en aquellos años sin distinción de grupos. En el segundo libro (ver Temas del 23 de marzo de 2014), subrayé frases como esta: "Cuando en 1973 las organizaciones revolucionarias se enfrentaron con gobiernos democráticos legítimos, no hubo cómo frenar la lucha armada; la decisión de continuarla había sido tomada antes, y no hubo ningún dilema estratégico a ser enfrentado, apenas táctico". Y esta otra: "Los juristas y sociólogos pueden discutir teóricamente si hubo o no guerra en la Argentina. Los que participamos sabemos que la hubo". Las recordé cuando, en plena siesta del domingo, vi por Internet El diálogo (2014), un documental dirigido por Pablo Racioppi y Carolina Azzi, en el que habla con Graciela Fernández Meijide. Allí Leis dice, al describir cómo afecta la violencia política a la psiquis de los combatientes, que "la violencia es una droga, te seduce"; sobre el silencio corporativo de militares y de guerrilleros, que se resisten hasta hoy a contar lo que saben, que "en Argentina no se le dio espacio a nadie para hablar, por eso no apareció la verdad"; y sobre lo que vivió el país entre 1973 y 1976, no tiene duda de que se trató de una guerra civil. Para homenajearlo, quiero proponer una modificación del baldazo: no nos mojemos a nosotros mismos; leamos a Leis, y dejemos que él nos deje fríos a su manera; y con video o no, desafiemos a otros a leerlo. Él, que murió por la esclerosis lateral amiotrófica, tal vez nos salve a nosotros, con sus palabras, de los atroces efectos de la violencia política y la memoria facciosa.

