Memorias de Adriano
La voz de Adriano, gracias al artificio de Marguerite Yourcenar, se transformará en un texto de memorias sutil y límpido.
En la fase última de una enfermedad terminal, el emperador romano Publio Elio Adriano (76-138) escribe un ensayo autobiográfico destinado a uno de sus sucesores, el joven Marco Aurelio, como modo de contribuir al cargo futuro mediante disquisiciones filosóficas y prácticas que oficiarán de guía para quien será príncipe del imperio más grande del mundo. Una alteración inmediata de la ilusoria intención primera del narrador desplazará astutamente la propuesta genérica desde lo epistolar hacia lo novelístico, a través de un desarrollo expandido del relato que servirá de excusa para complejizar el argumento, graduar los efectos, jerarquizar a los personajes y tentarse con la pulsión ficcional: "Comenzada para informarte de los progresos de mi mal, esta carta se ha convertido poco a poco en el esparcimiento de un hombre que ya no tiene la energía necesaria (...), meditación escrita de un enfermo que da audiencia a sus recuerdos".De ese modo, la voz de Adriano, gracias al artificio de Marguerite Yourcenar (1903-1987), se transformará en un texto de memorias sutil y límpido, de una acendrada y profunda belleza.Enamorado del placer, aficionado al epicureísmo, obsesionado por restaurar la paz tras décadas de guerras, Adriano va orientando sus tópicos hacia lo que realmente le importa, su relación con un adolescente bitinio que permaneció unos años con él hasta su trágica muerte. La novela está cruzada por la pasión hacia Antínoo y el duelo por su desaparición, contaminando la estrategia de la obra desde su temprano ocultamiento de datos hasta la conversión espiritual del emperador por esa felicidad sin la cual sus mejores obras tal vez no habrían existido.Quizá la confesión de ciertos secretos, la justificación de algunos crímenes, la helenización de su pensamiento, incluso los mismos consejos imperiales a Marco sólo sean una excusa para, de tanto en tanto, aquí y allá, poder actualizar su conmemoración escribiendo sin pudor el nombre del amado.El emperador no sólo era feliz con Antínoo, también sentía que la prosperidad del imperio, el orden restaurado, la apuesta por la belleza y el arte como benefactores de la calidad de vida de los pueblos, le regalaban esa felicidad como una justa retribución, de tal modo que el amor del favorito lograba imponerse a sus continuas cavilaciones sobre la fugacidad de la vida.Muchas veces el lector querrá detenerse para releer una frase ("Toda dicha es una obra maestra: el menor error la falsea, la menor vacilación la altera, la menor pesadez la desluce, la menor tontería la envilece") porque la obra está subsidiada por la afición de Adriano a la poesía, ese deseo de embellecer los pensamientos que fundamenta la prosa de Yourcenar.Una elección que estimulará el uso de frases sobresalientes como remate a párrafos muy elaborados, como si el agonizante redactor de las memorias dispusiera de todo el tiempo del mundo para limar su obra. Pero la lectura ingenua no repara en estas debilidades, hechizada por la anécdota, empática con la pérdida del ser querido y admiradora de la sabiduría de las ideas.La potencia de la voz del emperador consigue así la aceptación de ese pasado extraño en el que transcurre el relato, menos evocación que un acercamiento auténtico a aquellas vivencias lejanas. Se la puede imaginar, quizá: Yourcenar escribiendo sus memorias mientras muere entre almohadones romanos, Yourcenar padeciendo de una hidropesía del corazón, las sandalias apretando unos pies hinchados y un cuerpo flaco que la toga liviana apenas cubre. Enorme e infrecuente el mérito. Durante algo más de 200 páginas, Yourcenar logra ser Adriano.

