A los tibios los vomita Dios
Jorge Mario Bergoglio se convirtió en papa y a partir de ese momento comenzó a ejercer un liderazgo diferente en la Iglesia Católica.
La semana pasada, dos de sus ya numerosísimas fotos públicas dieron vuelta el mundo. En una, aparecía con un enfermo de neurofibromatosis, una extraña dolencia que provoca tumores en la piel y deformaciones óseas. La otra, con una pareja de recién casados que forma parte de una organización solidaria que trabaja con payasos para animar a niños enfermos. Como el novio y la novia, se puso la nariz de utilería, que identifica a los tonys en el mundo. Jorge Mario Bergoglio se convirtió en papa y a partir de ese momento comenzó a ejercer un liderazgo diferente en la Iglesia Católica.Su lugar en la historia dice que ocupa el Trono de Pedro después de dos papas con estilo e ideas diferentes.Karol Wojtyla fue Juan Pablo II; tenía una sonrisa de paz y gestos mansos que lo mostraban como un polaco bonachón. Cuando vino a Brasil al encuentro mundial de la juventud –reunión a la que también asistió Bergoglio en julio pasado–, puso a disposición de la gente y de las cámaras todo su carisma. Ya mayor, se mostraba casi bailoteando y revoleando por el aire el bastón con el que se ayudaba para caminar.Muerto Wojtyla, su lugar fue ocupado por el alemán Joseph Ratzinger, un intelectual sobrio, de mirada distante y fiel exponente de la curia clásica y conservadora. Con el nombre de Benedicto XVI, se convirtió en el pontífice número 265.En marzo de este año, Benedicto XVI dio un paso inédito en los últimos 500 años: renunció y se convirtió en papa emérito. Ninguno de los dos europeos que gobernaron la Iglesia avanzó en una solución definitiva a los graves problemas que afectan a la institución, que la hicieron declinar y perder fieles en todo el planeta en los últimos años.La jerarquía católica caminó por la orilla de los problemas centrales como, por nombrar sólo un ejemplo, la corrupción en el Vaticano.Bergoglio decidió llamarse Francisco cuando fue elegido por la asamblea de cardenales para ocupar el lugar que dejó vacante el teólogo alemán.El del argentino aparece como un liderazgo diferente. Sus señales, pequeñas o no, fueron inequívocas desde el primer día: abandonó, por ejemplo, los controvertidos zapatos rojos que utilizaban los papas. Dejó de lado el lujo y el boato, a veces indignante con el que vivían algunos miembros del Vaticano.Enfrentado con el gobierno argentino, su designación en Roma provocó un cimbronazo en la Casa Rosada, algunos de cuyos miembros lo consideraron primero como un cómplice de la dictadura, aunque luego arrumbaron esa pesada acusación.Bergoglio se mostró sin rencores y recibió afectuosamente a la presidenta Cristina Fernández. Dio otro paso para conformar su liderazgo distinto, tal vez convencido de que a los tibios los vomita Dios. El Sínodo de Obispos de 2014 será importante para su gestión. Mandó un cuestionario con temas urticantes para el ala conservadora. La definición de esos temas será un sello que distinguirá a su mandato.

