Los obreros “rojos” del interior cordobés
Varios hechos políticos ocurridos antes de 1943 en pueblos del este y sur provincial muestran una fuerte cultura obrera de izquierda, que fue indagada por una historiadora cordobesa.
El año 1928 es recordado en Villa Huidobro por un hecho que rompió el molde de la política cordobesa: las elecciones municipales fueron ganadas por un obrero comunista, José Olmedo. Un año más tarde, en Monte Buey, un grupo de pobladores impidió la asunción del intendente electo, Romano Dradi, por considerarlo "rojo", casi al mismo tiempo que el diputado socialista Nicolás Repetto sorprendía al Congreso de la Nación con la denuncia sobre un "soviet" en San Francisco. Una parte de esas comunidades se sentía amenazada por "el fantasma" comunista-anarquista que crecía con la oleada de conflictos protagonizados por obreros rurales y urbanos del este y sur provincial. La historiadora Mariana Mastrángelo indagó esos acontecimientos, tras la pista de la cultura izquierdista en el movimiento obrero del interior provincial en los años previos al peronismo. En su libro Rojos en la Córdoba obrera (1930-1943) examinó hechos y datos en esa dirección en San Francisco y Río Cuarto, cuyas industrias, vinculadas al agro, fueron los pilares del desarrollo socioeconómico y las convirtió en cabeceras departamentales y polos urbanos que atraían mano de obra foránea.Para Pablo Pozzi, investigador y docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), "los enfoques de gran parte de la historiografía han considerado a la izquierda como relativamente ajena a las tradiciones populares argentinas". Aunque admite que hay enfoques que valoran la presencia de la izquierda en los sectores populares, advierte que "tienden a concentrar su atención en las grandes ciudades, como Buenos Aires, Córdoba y Rosario". Desde esa perspectiva, su enfoque pretende mostrar una faceta que, por lo general, se percibe como ajena a la idiosincrasia de los habitantes del interior. Pero también reaviva la percepción de una sociedad en la que conviven, de manera paradójica, cierto aire conservador de su gente y el pensamiento progresista de los obreros e intelectuales de izquierda que fueron capaces de gestar la Reforma Universitaria y el Cordobazo, dos episodios que trascendieron largamente los límites provinciales.
Rojo interior
La mayor parte de las poblaciones de la pampa gringa provincial fueron nutridas por las corrientes migratorias europeas, en su mayoría italianos piamonteses y españoles, cuya influencia fue determinante para la configuración sociocultural e ideológica de esas comunidades. Ellos dieron vida a una incipiente clase obrera y trajeron el ADN de las tradiciones liberales y progresistas de sus países.
Así es como en San Francisco, asegura la investigadora, se formó tempranamente “una sociedad receptiva a las prácticas políticas y culturales que tenían una impronta izquierdista”. En su investigación, da cuenta de varios hechos con los que justifica su argumento: la intensa actividad del Partido Comunista (que en la década de 1920 organizó el primer Sindicato de Oficios Varios), la huelga obrera de 1929 y los tres gobiernos municipales del vecinalista Comité Popular de Defensa Comunal, liderado por Serafín Trigueros de Godoy, que hizo hincapié “en la clase obrera y en los sectores pobres, la educación y la asistencia médica popular”, afirma.
También en Río Cuarto Mastrángelo observa esa identificación de la sociedad con las prácticas promovidas por los inmigrantes, que constituyeron las primeras sociedades de resistencia, bibliotecas, centros culturales y, sobre todo, partidos de izquierda (Comunista y Socialista).
La incipiente clase obrera urbana y rural del “Imperio” conformó la Federación Obrera Departamental, que en 1935 fue dirigida por el PC (Partido Comunista), aunque en sus secretarías convivían socialistas, anarcosindicalistas y radicales, lo que demuestra para Mastrángelo que “la militancia obrera, más que definirse por posicionamientos ideológicos y políticos, se caracterizaba por tener experiencias y sentimientos comunes”.
Según el Censo de 1947, las migraciones internas favorecieron el proceso de desarrollo fabril en la capital provincial y en departamentos como Río Cuarto, San Justo y Marcos Juárez, que a esa altura ofrecían cada vez más posibilidades de trabajo. Ese proceso se dio durante las tres primeras décadas del siglo pasado, dando como resultado una clase obrera urbana y rural que comenzaba a organizarse bajo la influencia del comunismo y mostraba altos niveles de conflictividad con la patronal.
“El de San Francisco es un caso paradigmático”, destaca Mastrángelo, al recordar la huelga organizada en 1929 por obreros comunistas, anarquistas y socialistas, hasta alcanzar su mayor impacto en la fábrica de fideos Tampieri. Pero también señala la muy relevante “experiencia izquierdista” concretada en las varias intendencias de Serafín Trigueros de Godoy, llamado “padre de los pobres, terror de los ricos”.
La experiencia política de Trigueros de Godoy comenzó en las filas de los radicales rojos. Cuando llegó a la intendencia de San Francisco, sus gobiernos se caracterizaron por una amplia tarea social, muy cercana a lo que sería luego el sabattinismo, un perfil político visto con espanto por los sectores conservadores y la Iglesia Católica.
Aunque en su libro no trabaja sobre Villa María, Mastrángelo también identifica a esa ciudad como otro importante símbolo de la cultura política izquierdista dentro de la pampa gringa cordobesa. Precisamente, de ese lugar salió la figura del “rojo” Amadeo Sabattini, pero también en ese punto del mapa estuvo la cuna, por ejemplo, de José Aricó, cuyas ideas progresistas alcanzaron proyección más allá de Córdoba y del país. Allí también tuvo una temprana organización el Partido Comunista.
Las experiencias protagonizadas fundamentalmente por anarquistas y comunistas en pueblos y ciudades del este y sur provincial, antes del peronismo, sirven para explicar situaciones que ocurrieron décadas después. Por ejemplo, el triunfo comunista de 1958 en las elecciones municipales de Brinkmann, a pocos kilómetros de San Francisco, o el segundo “Tampierazo” ocurrido en la cabecera del departamento San Justo en 1973, hecho que paralizó durante una semana a la ciudad, dejó decenas de heridos y contó con la intervención de militantes enrolados en la organización Montoneros y en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).
El fuerte arraigo de las ideas de izquierda en la zona de Río Cuarto también creó un espacio óptimo para que los años 70 no pasaran inadvertidos en esa parte del interior provincial. Distintas investigaciones dan cuenta, además, de la incorporación de más de un centenar de militantes riocuartenses a las filas de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), del PRT-ERP y de Montoneros, que también se nutrió de varios militantes de localidades como Morteros y Cruz del Eje.
Según la investigadora, la marca de la cultura de izquierda se puede detectar hoy en los movimientos cooperativistas del sur y el este provincial. Pero también observa indicios en las cosechas electorales de los partidos claramente identificados con ese sector ideológico que, si bien en los distritos del interior son generalmente modestas, interpreta que son la muestra de “la semillita que dejaron las ideas introducidas por los viejos inmigrantes obreros, toda vez que en muchos casos esos votos se logran sin que haya referentes locales”.
Cuestión de ejemplo
Mastrángelo se hace una pregunta inevitable: “¿Qué determinaba, entre 1920 y 1930, que obreros procedentes de familias analfabetas o semianalfabetas, humildes, y de zonas rurales alejadas o de pueblos chicos se sintieran atraídos por el discurso de izquierda?” Esos trabajadores, dedicados durante gran parte del día a muy duros sacrificios, no parecían receptores propicios para los aportes teóricos y metodológicos de Karl Marx o las lejanas consignas leninistas.
Los testimonios que la historiadora recolectó para su libro sugieren que los dirigentes obreros comunistas no hablaban en términos ideológicos con las bases, sino que se enfocaban en cuestiones que formaban parte de sus experiencias cotidianas, como, por ejemplo, la lucha por la jornada de ocho horas. “Ese comunista tenía una condición de obrero que era fundamental, no era la vanguardia ni tenía una visión intelectual, conocía en carne propia las vivencias de los trabajadores, que realmente eran sus pares”, explica.
La autora de
Rojos en la Córdoba obrera
ejemplifica las características de esos líderes obreros comunistas con la clásica imagen de Agustín Tosco ataviado con un mameluco, lo que da una idea del carácter “netamente obrero” que les asigna a las federaciones y sindicatos que representaban, en aquellos tiempos, a los trabajadores de la Capital y del interior. Sobre la actitud que esos dirigentes mostraban frente a sus representados, reflexiona: “Primero les hablaban al corazón, y luego a la mente, pero, fundamentalmente, predicaban con el ejemplo”.
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