Los dormidos y la provocadora
Pasó una nueva semana con el caso Nisman como eje, y, pese a sus esfuerzos, el Gobierno no puede sacar el tema de la agenda ciudadana. Curiosamente, este cruento hecho se instaló en la mesa de los cafés del verano, cosa extraña teniendo en cuenta la tipología de la situación.
Pasó una nueva semana con el caso Nisman como eje, y, pese a sus esfuerzos, el Gobierno no puede sacar el tema de la agenda ciudadana. Curiosamente, este cruento hecho se instaló en la mesa de los cafés del verano, cosa extraña teniendo en cuenta la tipología de la situación. Sin embargo, la cuestión se plantó como una bandera en el extremo de un predio para identificar la pertenencia.Es redundante y casi antiguo decir que la muerte del fiscal Alberto Nisman puso al gobierno de la presidenta Cristina Fernández en uno de los momentos de mayor dificultad desde su llegada al poder, con Néstor Kirchner a la cabeza, el 25 de mayo de 2003.Desde todos los medios venimos analizando el tema con diferentes enfoques, generando un caudal informativo que impresiona e impacta. Se sabe mucho de la evolución del caso, aunque persisten las dudas y faltan certezas sobre la autoría material del delito. Si fue un homicidio, un suicidio o un suicidio inducido es una pregunta que no tiene respuestas. Pero que obliga al gobierno K a acurrucarse ante tamañas acusaciones, más allá de las declaraciones altisonantes de la Presidenta para mantener a su tropa "con la moral alta".En este escenario, a la oposición de todo el país no se le cayó una idea. Pareció dormida. Más allá de una declaración conjunta de los bloques legislativos opositores del Congreso de la Nación, los no kirchneristas dejaron un espacio vacío enorme que, a esta hora, puede visualizarse como una falla importante.Ese hueco sólo permite que el Gobierno vuelva a ocupar el centro de la escena, ante la falta de iniciativa de sus contrincantes. Declaraciones sin mayor consistencia, desconfianzas intestinas y acusaciones cruzadas, hasta responsabilizando a la prensa en algunos casos. Ello conforma un traje a medida para el oficialismo.Salvo excepciones, hay en este país una alarmante falta de voluntad de poder o de ingenio para expresar un modelo diferente al actual, que ahora fue manchado por la muerte.En el velatorio de Alberto Nisman no hubo, felizmente, notas discordantes, salvo la presencia de Alejandra Gils Carbó, la jefa de los fiscales y enemiga acérrima de quienes daban el último adiós al fiscal que investigaba a la Presidenta.Queda una duda: si Gils Carbó no fue a provocar. Si no fue a que la apedrearan para victimizarse, cumpliendo al pie de la letra un libreto pasado de moda que no tiene otro efecto que el de encrespar los ánimos.Ante una oposición planchada, más preocupada en internas chiquititas, muchas de ellas bien mezquinas, la cada vez más influyente funcionaria desarrolló a sus anchas su rutina provocadora. Seguramente se lamentó porque nadie le arrojó una piedra ni le rompió el auto en el que viajaba con una fuerte escolta. En este caso, le salió el tiro por la culata. Los opositores no se enteraron. A esa hora estaban en otra cosa.

