Los camélidos americanos y la maldición de Malinche
Uno de los efectos menos discutidos de la colonización en América fueron los cambios en la ganadería. Los españoles trajeron sus vacas, ovejas y caballos. Sin embargo, los guanacos, vicuñas, llamas y alpacas originarios son mucho más aptos para estas tierras, y hoy sería un buen negocio su explotación.
Pronto cumpliremos 200 años como país independiente. Antes, como todo el continente, vivimos unos 300 como colonia. En total, desde que los europeos comenzaron a llegar, son unos 500 años. Nos hemos independizado políticamente, pero ¿pensamos y vivimos de manera independiente? ¿Nos hemos distanciado de aquellos 300 años?En el Altiplano guatemalteco perduran costumbres que incorporaron los aborígenes a partir del dominio europeo: una de ellas es una festividad en la cual le rinden devoción a un dios vinculado al "guaro" (alcohol de caña). Lo llaman Maximón, mezcla de santo y demonio, que requiere de sus fieles profundas borracheras, para que se efectivicen sus demandas.Se considera que un cura español –dicen que acompañaba nada menos que a Pedro de Alvarado– comenzó a dominar a esas comunidades mayas a través del alcohol (les enseñó a fabricarlo) y, luego, la simbiosis, consumó el culto actual, potenciado por el tabaco. La maldición de Malinche (aborigen de la región de Oluta que ayudó a Hernán Cortés como traductora, lo que habría sido una traición a los pueblos mejicanos) no se detiene en la estigmatización por el "indio de andar la sierra" o el color de la piel, ni en la devoción por Maximón.El pensamiento colonizado confunde a nuestros pueblos en el modo de vida, crea desencuentros y dificulta el desarrollo económico.La tecnología es compleja y estratégica con respecto a la vida política y social de un país, el "saber hacer" es decisivo en cuanto a la capacidad de progreso.En los años 1980, los ambientalistas señalaban que se debía elegir una tecnología apropiada: aquella que en su forma de hacer las cosas respeta tanto a la naturaleza como a la sociedad. Pensaban que era necesario utilizar máquinas o animales que no alteraran el funcionamiento de los ecosistemas, preservando el trabajo de los pobladores.En la actualidad, se utiliza el término "sustentable", el que no es tan adecuado, porque una situación puede ser sustentable para sí misma pero muy costosa para lo que está alrededor.
Cambios de costumbres
Los aborígenes sudamericanos conocieron la agricultura y la ganadería, llegaron a trabajar la tierra con un cuidado aceptable de los suelos y domesticaron guanacos.
Es oportuno recordar que en América no había caballos, vacas, cabras, ovejas, ni burros. Todos estos animales que pastan en nuestros campos fueron introducidos por los europeos.
Los guanacos son camélidos, parientes de la vicuña, también americana y de los camellos, de los cuales hay dos clases, el africano o dromedario, de una joroba, también conocido como árabe, y el asiático o bactriano, de dos jorobas.
Los antepasados de los incas domesticaron al guanaco y no a la vicuña, a la que dejaron silvestre y trataron como animal sagrado. Algunos investigadores afirman que decidieron no atraparla porque cuando lo hacían, en demasiadas ocasiones se les quebraba el cuello al tratar de desprenderse de sus captores.
A través del control genético (cruzamientos) de los guanacos, buscaron una raza fuerte, de lomo ancho, capaz de transportar mucho peso en condiciones climáticas adversas y con relieves difíciles; consiguieron la llama. De la misma manera, pero buscando un animal más pequeño con abundante lana, criaron la alpaca.
O sea que el guanaco y la vicuña son silvestres y la llama y la alpaca, domésticos, productos de la actividad ganadera de los pueblos del Altiplano.
De todas maneras, esa tecnología de domesticación se utilizó en gran parte del territorio actual argentino: como se puede ver en restos arqueológicos, pictografías, pircas para corrales e instrumentos para el trabajo de la lana.
Esta actividad tan común para el aborigen fue abandonada con la llegada de los españoles, quienes trajeron sus propios animales, con los que estaban ligados desde varios miles de años y a los que los unía la costumbre. Persiguieron casi hasta la extinción a los autóctonos. Hoy, a los camélidos americanos los vemos en los zoológicos como si fueran exóticos.
Mejores
En los territorios con pendiente, en los altiplanos, valles y llanuras de altura, el suelo es delicado, por lo general la capa fértil apenas alcanza unos cinco o seis centímetros, más abajo comienza la arena y luego la roca.
Los pastos sostienen al suelo para que no sea arrastrado por la lluvia o por el viento. Regiones con estas características abundan: precordillera, sierras, pampas elevadas, la puna y otros sitios con lluvias escasas o estacionales y a veces copiosas.
En estas tierras, los animales introducidos por los españoles (provenientes de otro hábitat) son perjudiciales para el frágil ambiente: caminan en fila india desprendiendo la cobertura vegetal, donde luego se producen cárcavas (zanjas profundas por donde pasa el agua y erosiona al suelo cada vez más); cuando comen, arrancan el pasto; algunos –como los bovinos– son muy pesados para ese espesor de suelo; ya conocemos que el caprino es dañino porque consume el rebrote arbóreo.
Observemos a las llamas y alpacas: en la pata tienen una especie de almohadita, justamente para no romper el suelo; pisan con las piernas abiertas, para jamás poner un pie donde estuvo el otro; caminan en pelotón y nunca en fila india; cuando comen, cortan el pasto y no arrancan; pesan más de 110 kilos y consumen lo mismo que una oveja, que pesa unos 30. Son resistentes y dóciles, capaces de conocer a su pastor entre medio de varias personas.
La lana de alpaca es de gran calidad, por lo tanto un tejido alcanza a valer hasta cinco veces más que uno de lana de oveja. La carne de estos animales cuesta lo mismo que la del ciervo colorado.
De alguna manera los camélidos americanos han sido diseñados por la naturaleza para vivir en inmensas áreas del continente (casi en la mitad de él, porque son animales muy aptos también para la región patagónica). Ambiental y económicamente convienen más y, sin embargo, apenas los conocemos.
No hay duda de que la actividad ganadera debiera reintroducir la cría de camélidos, porque es una tecnología más apropiada que la utilizada en la actualidad que va en desmedro de los suelos y de las poblaciones rurales, ya que para cuidar al bovino no hace falta tanta gente y sabemos que este viene desplazando a la cabra y la oveja.
No es fácil restañar el ambiente y la sociedad de las regiones postergadas, tampoco es fácil sufrir las consecuencias de seguir desorientados, sin saber quiénes somos, yéndonos a vivir a las ciudades.
Un modo de ahuyentar la maldición de Malinche es elegir la tecnología a utilizar, recordando que cuando introducimos animales u objetos tecnológicos de otros sitios, con ellos vienen los genes del ambiente o de la sociedad que los diseñó y la mayoría de las veces no se incorporan inocentemente, sino que desplazan a otros, inherentes al modo de vida propio.

