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Los asesinos

Con un fortísimo poder de hermetismo, que se contagia a la prosa y se traslada pronto a la estrategia discursiva del cuento, los sicarios Al y Max anuncian ante el perplejo George, el dueño del restaurante, que han llegado para matar a Andreson.

10 de abril de 2016 a las 12:05 a. m.
Los asesinos

Dos sicarios han entrado en un pequeño restaurante de un pueblo estadounidense con la intención de rastrear el paradero de Ole Andreson, un hombre misterioso de origen sueco que antes de radicarse en el lugar parece haber sido boxeador en Chicago, donde habría tenido una conducta presuntamente turbia que explica su destino de perseguido y condenado a muerte. Con un fortísimo poder de hermetismo, que se contagia a la prosa y se traslada pronto a la estrategia discursiva del cuento, los sicarios Al y Max anuncian ante el perplejo George, el dueño del restaurante, que han llegado para matar a Andreson y que saben que muy pronto, a una hora determinada, él llegará ahí para cenar.La hora determinada es a las 6 y los sicarios han entrado en el restaurante a las 5, de modo que la primera tensión argumental girará alrededor de esa espera, del miedo y la incertidumbre que se ceban de George y de su empleado Nick Adams a partir de una condena que –además del paso del tiempo– estará exacerbada por la exhibición de unos fusiles que Al y Max han guardado debajo de sus sobretodos.Justamente, la ropa de los forajidos es uno de los detalles que acentúan ese clima de pesadilla que las sugerencias y el tono silente de la prosa se han encargado de fomentar. Los dos están vestidos de la misma manera, "como gemelos", con aquellos sobretodos largos y ajustados y unos sombreros hongo de color negro, pero no es sólo esa uniformidad lo que transmite el aspecto siniestro de los personajes sino más bien la altura notoriamente despareja de los dos, uno muy alto y el otro muy bajo, una desbalance que se empeña en imposibilitar esa pulsión de igualdad que el narrador ha alentado para que los asesinos parezcan una sola persona.Uno de ellos, Max, se queda solo en el mostrador con George mientras su "gemelo" ha entrado en la cocina, donde dejará amordazados a Nick y al cocinero negro, el pusilánime Sam.La escena del mostrador no sólo es notable por la perentoriedad cada vez más acentuada del tiempo, ese tictac que minuto a minuto atrae como un imán la entrada fatal de Ole Andreson.Max se dirige a George pero, cuando le habla, no lo mira a él sino a un espejo que está ubicado detrás del mostrador ("Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna"), un detalle que, si bien despreciable a los intereses del argumento, podría ser la alegoría que justifique la forma indirecta como está escrito el cuento, ese muestrario de datos escondidos que sólo serán descubiertos si el lector cambia sus puntos de vista para completar una información que no tiene, ni tendrá nunca.Entre esas conjeturas e hipótesis hay en Los asesinos , de Ernest Hemingway (1899-1961), dos grandes huecos argumentales, nutridos de silencios y de insinuaciones, que el lector deberá llenar azuzando su imaginación, su ingenio y, quizá también, su cultura literaria.¿Qué motiva a los sicarios a matar al sueco, a quien, por lo demás, nunca han visto? ¿Y, sobre todo, por qué este oscuro Ole Andreson, cuando Nick le advierte que hay un par de asesinos que lo buscan, no huye del pueblo ni busca protegerse, y en cambio acepta su destino con una pasividad llamativa?Sólo se sabe que Ole Andreson fue boxeador y que en Chicago habría hecho "algo equivocado" que selló su destino. De ese modo, a partir de una información escueta y del silencio necesario de los personajes, el lector estará obligado a materializar, inventándola, la trama oculta de la historia.