“Lo que hacemos nosotros, lo debería hacer el Estado”
“¿A quién le diste de comer?, ¿a quién le diste tu abrigo?, ¿a quién cobijaste bajo tu techo?”, dice Susana Roldán que son las tres preguntas que una persona debe hacerse antes de morir.
“Soy consciente de que hacemos cosas que debería hacer el Estado, pero como hay demasiada indiferencia, alguien se tiene que ocupar. La salud, la vivienda y la educación son derechos de la gente, pero están pisoteados. Hay mucha injusticia social, mucha inequidad. Nosotros podemos llevar un poquito de salud, pero no podemos construir una escuela; sólo podemos alimentar a los chicos un poco mejor para que puedan ir. Hacen falta muchas más cosas. Para estas personas no hay mucho más que desinterés y olvido”. La mirada que su esfuerzo solidario le ha dejado a Susana Roldán sobre los distintos lugares de la provincia que recorre es contundente.
Y al cabo de sus relevamientos, habla de situaciones que verdaderamente causan alarma: la presencia de casos de desnutrición es lo más inquietante que señala.
“En diciembre del año pasado fuimos a un paraje a unos 20 kilómetros de Serrezuela, por los parajes Cachiyuyo, San Nicolás y El Retamo. Encontramos a unos 10 niños con bajo peso, desnutridos, sobre un total de unos 50 que habitan el lugar. En este país no debería existir ni un solo niño con desnutrición. Rápidamente elevamos un informe al Ministerio de Salud de la Provincia y al hospital de Cruz del Eje, con los nombres de los niños, números de documento, peso, talla y las indicaciones del paraje, y desde entonces no hemos recibido ninguna respuesta”, cuenta.
Roldán dice que luego de haber constatado los casos de desnutrición, se trazaron una estrategia para tratar de aliviar la situación, que pasó por llevar a los tres meses frutas y verduras para esos niños (“Sólo tienen acceso a hidratos de carbono: fideos, polenta arroz, y no a los minerales y vitaminas que les dan los vegetales, tan imprescindibles para su desarrollo”) y suplementos dietarios (Nestum), que les enseñamos a las madres cómo prepararlos.
“Volvimos a los tres meses y encontramos síntomas de mejoría en los chicos. La última vez que fuimos, sólo uno de los 10 no tenía el peso correcto. En algunos casos, tengo entendido que el Paicor les duplicó la ración de alimento, pero el Paicor no siempre llega a las escuelas en las que hay muy poquitos niños. No se puede entender que porque sean pocos, tal vez apenas tres chicos, no tengan derecho a recibir la comida. No sé si son convenios, políticas sanitarias, a esa parte no la entiendo, pero mi impresión es que parece que porque son pocos niños, tal vez apenas tres, no tienen derecho a recibir comida”.
En cuanto a los casos de desnutrición, señala que los determinaron según los percentiles (índices para calcular el crecimiento) de la Organización Mundial de la Salud.
“Uno mira a los ojos a esos niños, y ve miradas desesperanzadas, tristes. ¿Será que somos demasiado sensibles y sólo nosotros vemos eso?”, se pregunta. “Ellos tienen muchos valores, a veces muchos más de lo que vemos en la ciudad. Son muy agradecidos y te brindan todo lo que dan”.
“La primera vez que fui –cuenta– me di cuenta de que llevaba muy pocos medicamentos, y cada vez se necesitan más: para la presión arterial, antialérgicos, problemas gástricos (tienen muchas gastritis por la alimentación; por ejemplo, como el agua es salada, la hierven para tomar mate, y eso les da acidez), para huesos y articulaciones (por el trabajo rudo del campo, la mujeres con los animales y los chicos, los hombres con el hacha, tiene muchos problemas de columna)”.
También apunta a la gran presencia del Mal de Chagas. “Con los análisis del banco de sangre de la Universidad Católica de Córdoba, se ha determinado que en algunos lugares los enfermos de Chagas llegan a un 23 por ciento de la población entre 18 y 60 años”.

