Leviatán
Peter Aaron, alter ego del autor de esta novela, Paul Auster, cuenta la historia de la conversión extraordinaria de un hombre. De cómo un ciudadano común, dotado de una gran inteligencia y sensibilidad, amante de las artes y dueño de una conciencia antibelicista que lo convierte en defensor de los albedríos ciudadanos, empieza de pronto a colocar bombas en lugares públicos de los Estados Unidos haciendo estallar réplicas de la Estatua de la Libertad.
Peter Aaron, alter ego del autor de esta novela, Paul Auster, cuenta la historia de la conversión extraordinaria de un hombre. De cómo un ciudadano común, dotado de una gran inteligencia y sensibilidad, amante de las artes y dueño de una conciencia antibelicista que lo convierte en defensor de los albedríos ciudadanos, empieza de pronto a colocar bombas en lugares públicos de los Estados Unidos haciendo estallar réplicas de la Estatua de la Libertad, símbolo de los valores democráticos de los estadounidenses. El insurrecto Benjamin Sachs se ha convencido de que existe una justificación moral para ciertas formas de violencia política, de que el terrorismo tiene un lugar en esa lucha, y de que, si se lo usa correctamente, "puede ser un instrumento eficaz para revelarle al público la naturaleza del poder institucional". Siembra el pánico de manera módica, sin embargo, porque en sus preparaciones cuida al extremo de no herir a nadie ni de causar otro daño material que no sea el de los mismos monumentos. Quiere alertar, no aterrorizar, y para eso completará sus golpes con mensajes póstumos de amor por la vida, de respeto a los niños, a la ley y a la democracia. Una postura que, pese a sus evidentes semejanzas de contemporaneidad y de justificación filosófica del acto, lo distingue radicalmente de Ted Kaczynski, el "Unabomber", inspirador indudable de esta novela que asesinó con sus bombas y cartas explosivas hasta mediados de los '90. Auster escribió Leviatán en 1992, en plena actividad del terrorista de Chicago, y curiosamente le impuso a la obra una resolución que, si bien distinta del final de captura y cárcel de Kaczynski, rebota en una consideración sobre los motivos que llevan a un hombre a perpetrar semejantes actos de violencia. Y de eso, de una justificación, habla el libro. Aaron es un novelista, una joven promesa de la narrativa estadounidense que un día se entera de que un hombre se voló en pedazos en una carretera por el estallido de una bomba. Sabedor de su identidad (Sachs es colega y amigo), decide escribir su historia antes de que el FBI descubra su identidad y caiga sobre él el escarnio público. Un esfuerzo de escritura que describe, reflejando una amistad de 15 años, una concatenación de fatalidades que ha vuelto inexorables los atentados de Sachs, que muestra cómo un hombre sensible es capaz de convertirse de un día para otro en un bombardero serial. "No es que yo quiera defender lo que hizo, pero lo menos que puedo hacer es explicar quién era y ofrecer la verdadera historia de cómo llegó a estar en esa carretera...".La propuesta narrativa de Leviatán , a la manera de los modernos narradores norteamericanos, voraces hacedores de historias que brotan y se ramifican en cada página, es un texto directo y desembozado donde se dice todo sin ocultar nada, sugiriendo poco y evitando las ambigüedades y los trucos (a lo sumo el truco es el secreto, el enmascaramiento de un dato que la pericia del escritor destilará en avaras dosis hasta el final), sin alusiones ni elusiones significativas. Aun así, o quizá por eso mismo, por ese deslizarse sin obstáculos por la historia, la novela se puede leer de una sentada, y eso siempre será una distinción de los buenos libros. La pulsión por empatizar con el terrorista, entendiéndolo y quizá, oh, hasta queriéndolo, nos interpela con la fuerza de los sentimientos prohibidos, de las percepciones vergonzantes que no se pueden reconocer en voz alta. Y mucho ha tenido que ver la forma, la mano maestra de Auster para obligarnos a esa mirada comprensiva y tal vez absolutoria.

