Las tres edades de un paisaje
El artista Martín Santiago aprendió el oficio de pintor trabajando como peón de campo de Fernando Fader. Un grupo de vecinos de la ciudad de Deán Funes pone en valor su legado mediante la recuperación de su casa-taller. También habrá un museo y un centro cultural.
La ciudad de Deán Funes es conocida por sus vientos y sus tórridos soles estivales, por su exquisita gastronomía que hoy se acompaña de un vino local. Es reconocida también como cuna de músicos folklóricos que interpretan zambas, chacareras y vidalas en los escenarios del mundo. Sin embargo, es quizás el paisaje de sus alrededores serranos lo que le otorga un lugar único en la identidad cultural de Córdoba. Desde hace más de 100 años, las infinitas variaciones de su paisaje inspiran a muchos pintores. Uno de ellos, Martín Santiago, está a punto de recibir un sentido homenaje por parte de la comunidad que eligió como propia durante más de 60 años, hasta su muerte en 1989. Un grupo de vecinos impulsados por su discípulo Mario Sanzano recuperó su casa-taller y está por inaugurar un museo y un centro cultural.
Todas las tardes de este mundo
Santiago nació en Buenos Aires, en 1908. Perfeccionó su inclinación al arte en los talleres de los escultores César Sforza y Alfredo Bigatti, y en la Academia Nacional de Bellas Artes. En 1926, concurrió a la exposición del renombrado pintor Fernando Fader. Esos paisajes de trazo impresionista le dejaron una marca de por vida.
Fader no recibía discípulos. Se había radicado desde hacía 10 años en Ischilín, donde intentaba curarse de tuberculosis. En aquel exilio interior, pobre, enfermo y envejecido prematuramente, sólo quería pintar. Ya no salía de su casa en Loza Corral. El miedo a contagiar a la gente lo tornaba cada vez más huraño.
Rescatados por el documental
La última luna
, los testimonios de quienes los conocieron cuentan que, en 1928, se presentó en Loza Corral un muchacho que se ofrecía como albañil y jardinero a cambio de casa y comida. El maestro no tenía dinero para pagar por servicio y estaba demasiado enfermo para los trabajos campestres, así que impuso una sola condición: el muchacho no debía interrumpirlo cuando pintaba.
El joven arregló puertas y ventanas, levantó revoques, cortó leña, limpió patios y corrales casi sin hacer preguntas. Y aprovechó todas las tardes en que Fader reflejaba en sus cuadros la luz de aquel mundo para observarlo trabajar. Desde la distancia justa para volverse invisible, Santiago prestaba atención a su técnica, memorizaba sus trazos y el modo en que los colores mezclados en perfecta proporción tomaban una parte del alma de las cosas.
Cuenta Sanzano que su maestro y Fader tuvieron una sola conversación sobre arte durante los casi dos años que duró su convivencia. Fue cuando Santiago decidió abandonar ese aprendizaje a escondidas, cansado de una vida de trabajo duro, sin sueldo ni tiempo para pintar. Esa tarde, mientras lo acercaba a Deán Funes en su viejo Ford, Fader dijo “no hay color más puro que el gris”. Para su sorpresa, su interlocutor le respondió, “más si se llega a él por la mezcla de otros colores”. Fue la última que vez que se vieron.
Poco después, Santiago se mudó a Deán Funes. Con los años, se convirtió en un artista multifacético a través de la pintura, la escultura y el dibujo.
El discípulo encubierto dedicó gran parte de su vida a la docencia. Fue profesor de dibujo del Colegio Nacional de Deán Funes y fundó una Escuela de Bellas Artes en la ciudad. Además, dejó una verdadera escuela de pintura local entre sus seguidores: la acuarelista Beatriz Porporato; los pintores Alberto Horne, Carmen Moyano y Gabriela Francescon. Pero, sobre todo, Sanzano, que siguió el lado impresionista de su obra en consonancia con Fader.
Impresionismo cordobés
La escritora Sylvia Iparraguirre afirma que la influencia del impresionismo en el arte argentino de los primeros años del siglo 20 produjo un cambio radical en la pintura en relación a dos conceptos: duración, “porque la idea es captar un instante determinado en el cual la luz produce variaciones irrepetibles sobre el paisaje”; subjetividad, “porque lo que importa es la mirada del que pinta”. Es entonces una pintura de un paisaje nacional.
Resulta difícil atribuir una nacionalidad a Fader. Nace en Francia en 1882, y antes de cumplir los tres años, sus padres se mudan a Mendoza. Después envían a su hijo a estudiar en Francia y Alemania. Con una fuerte inclinación hacia la pintura, Fernando se convierte en discípulo del impresionista Heinrich von Zügel.
En 1904, vuelve a Argentina y realiza sus primeras exposiciones. Da clases en la Academia Nacional de Bellas Artes y sus óleos forman parte de las exposiciones del grupo Nexus entre 1907 y 1908. Tiempo después, enfermo de tuberculosis, deja a su familia en Buenos Aires y se instala en Ischilín. Por estos años, la pintura argentina se encuentra dominada –como señala la historiadora Ana Clarisa Agüero– no sólo por la búsqueda de un paisaje nacional sino también por “la voluntad de captar las singularidades más exteriores del paisaje y de las luces”.
Fader se vuelca de forma casi exclusiva al paisaje serrano del norte de Córdoba. Una paleta luminosa que intenta atrapar lo efímero de la naturaleza y las variaciones de la luz sobre aquel universo rural. Junto a la libertad del trazo y el empaste de los óleos, harán del maestro un verdadero continuador del impresionismo europeo en Argentina. Buscará expresar en sus pinturas los elementos más profundos y cambiantes del paisaje. La luz del cielo, las nubes, el agua y el desierto de las Salinas Grandes serán un interés permanente. Muere en Ischilín en 1935, víctima de la tuberculosis.
Sin saberlo, dejará en Martín Santiago un discípulo que continúa la tradición impresionista en Córdoba. Sus pinturas retratarán también aquel paisaje, buscando la infinita variación de la luz a través de pinceladas de carácter instintivo, desprovistas del perfeccionismo realista. Santiago no limitará su arte a la pintura de caballete: extenderá su producción al muralismo, la escultura, la cerámica, el dibujo y la arquitectura.
Contemporáneo de José Malanca y Octavio Pinto, Santiago expuso en Córdoba, Buenos Aires, La Plata, Rosario, Mar del Plata, Santiago del Estero, Bahía Blanca, Tucumán, Santa Rosa, Mendoza, La Rioja y San Luis. Decoró la bóveda de la iglesia de Tulumba y realizó diversos murales, como el de la Sociedad Española de Deán Funes o el de la antigua fábrica de sillas de la ciudad.
Hacia fines de los ‘70, Santiago –también enfermo de tuberculosis– acepta como alumno a un adolescente Mario Sanzano, quien estudiará a su lado durante casi 15 años. Cuando cuenta la historia de su maestro, Sanzano habla con la misma mansedumbre con la que pinta. Insiste en que pintar al aire libre permite descubrir los infinitos cambios del paisaje porque “la naturaleza es generosa, siempre provee belleza”. Su obra ya alcanza la órbita nacional, con una exposición permanente en la galería Zurbarán de Buenos Aires.
Un hilo invisible cubre el tiempo de tres generaciones de pintores: Fader, Santiago y Sanzano. Uno tras otro, investidos de una profunda sensibilidad sobre el paisaje rural y su gente; continuadores de un estilo y de un modo de mirar y pintar el mundo.
Una vieja casa
El recuerdo de Santiago permanece presente en toda la comunidad de Deán Funes. Podría afirmarse que no hay nadie en la ciudad que no sepa quién fue. Muchos pueden evocar recuerdos personales que lo involucran. Una escuela lleva su nombre, sus pinturas decoran las paredes de muchos vecinos y de edificios públicos. Quien llegue en ómnibus a Deán Funes, se encontrará con aquel mural de cerámica que atraviesa de punta a punta la construcción frente a la Terminal. En Deán Funes, Santiago está en todos lados.
Sin embargo, hasta hace pocos meses, su casa-taller, diseñada y construida por el propio artista, se encontraba abandonada desde 1989. Se caía, literalmente, a pedazos. Las paredes repletas de cuadros, muebles y objetos, cubiertas de capas de mugre y olvido. Como si el lugar se hubiese congelado a la espera de quien lo habitaba.
Sus herederos la mantuvieron cerrada durante casi 30 años. Hasta que vecinos autoconvocados decidieron rescatarla de la ruina. Quieren convertirla en un museo para difundir su obra y desarrollar actividades culturales que hoy escasean en la ciudad.
Mientras tanto, bajo un cielo tan azul que a veces es imposible mirarlo de frente, Ischilín pinta su paisaje de infinitos colores en todas las tardes de este mundo, envuelto en un silencio atormentado de grillos.

