Las dulzuras del hogar
La madre de Thomas destroza la paz hogareña cuando permite que Star, una delincuente de 19 años a quien rescató de la cárcel, ingrese un día en su casa para quedarse a vivir. La historia fluye. El juego temporal viaja permanentemente del presente conflictivo al pasado lejano y al inmediato pero sin advertirse la estrategia.
La madre de Thomas destroza la paz hogareña cuando permite que Star, una delincuente de 19 años a quien rescató de la cárcel, ingrese un día en su casa para quedarse a vivir. De este modo, con el hecho ya consumado, se presenta el cuento de Flannery O'Connor (1925-1964) Las dulzuras del hogar , deshilachado en su principio por la intención de acudir al repaso oculto del argumento previo, desde la perspectiva de que quien narra lo sabe todo y de que de esa manera, revelando un gran dato, prepara el ánimo del lector. Pronto se descubre una de las dos grandes tensiones con que lidiará la obra. La terquedad de la madre por socorrer continuamente a quien abusa de su bondad estúpida, apuntalada y embellecida por su fe en los dogmas cristianos, contrasta con la furia reprimida de Thomas, su hijo, un hombre de 35 años que se pasa el día leyendo, que no contempla la posibilidad de amancebarse y que disfruta tanto de las comodidades y placeres de la casa ("necesitaba sus libros, estaba acostumbrado a la manta eléctrica, no soportaba comer en un restaurante") que no ha sido capaz de cumplir con el ultimátum que tantas veces le ha dado a su madre: "Si vuelves a traer a esa chica a esta casa, me voy". Ambas actitudes, interdependientes y enfermizas, irritan: la madre confía en el apego del hijo hacia las "dulzuras del hogar" y esa debilidad facilita su decisión de encargarse de Star, y el hijo, que advierte la tendencia al engaño, al escándalo y a la mitomanía de la chica, sabe que sólo apelando también a una trampa podrá evitar la invasión final.El padre muerto hace unos años es una sombra presente para la atribulada mente de Thomas. En sus conversaciones imaginarias con él, colmadas de consejos destemplados y humillantes que se burlan de su falta de valor y hombría, Thomas, "quien había heredado la sensatez de su padre sin su crueldad", decide acudir a la inteligencia autoritaria y ladina de aquel hombre violento para solucionar el problema. Justamente Thomas, a quien su madre le pide que se ponga en el lugar de la timadora, que se conduela de su pasado de abusos sexuales y abandonos maternos (previsiblemente inventados por la muchacha), interpretará ese pedido a su modo mimetizándose en la figura paterna y haciendo lo que cree que el viejo hubiera hecho en esa situación. De este modo, el ausente determina el final, y la manera en que actúe a través del hijo será el otro gran núcleo de tensión del cuento.Star ha advertido que el hogar es la principal debilidad del hombre de la casa y saca provecho de esa situación provocando a Thomas mediante invasiones a su privacidad y vulgarizados intentos seductores, mientras extorsiona con amenazas de suicido que asustan, afligen y atormentan a la madre. El sheriff de la ciudad, testigo de la disolución de una forma de vida, aparecerá en el momento en que Thomas comprende que su ira no iba dirigida contra la delincuente sino contra su propia madre, una clase de revelación que suele hermanar los finales trágicos de los cuentos de Flannery.La historia fluye. El juego temporal viaja permanentemente del presente conflictivo al pasado lejano y al inmediato pero sin advertirse la estrategia, una filigrana invisible por el modo en que la escritora supo alentar las expectativas camuflándolas con indicios que aparecen fuera del tiempo narrativo, hechos que siempre estuvieron a disposición pero que de igual manera consiguen sorprender en retrospectiva. El comienzo del cuento, arriba mencionado, ejemplifica el artificio. También, su final. El desenlace, aun sospechado, quizá provoca de todos modos inquietud y mortificación.

