La primera Gran Guerra
Espantosa como fue, anticipó una fracción del horror que vendría apenas 20 años después. Las diferencias entre los viejos y nuevos criterios sobre armas y estrategias marcaron el desarrollo de la contienda.
Con casi 10 millones de soldados muertos en cuatro años de combate, la Primera Guerra Mundial se ubica entre las más sangrientas de la nutrida historia bélica de la humanidad. La cantidad de países y la magnitud de los ejércitos lanzados a los campos de batalla explican en buena medida tanta mortandad: Alemania llegó a reclutar nueve millones de soldados; Francia, cuatro millones; Rusia tenía seis millones de tropas tan sólo al comienzo de la guerra. Sin embargo, las razones profundas de la carnicería que se desarrolló en Europa entre 1914 y 1918 obedecieron a una letal incoherencia: la aplicación de tácticas, especialmente de ataque, que venían de épocas napoleónicas, para una guerra de trincheras en las que se utilizaban armas cada vez más sofisticadas propias de la guerra moderna como la ametralladora, gases venenosos y concentraciones de cañones en número y calibre que jamás se habían visto.Los generales de uno y otro bando, formados en las guerras del siglo XIX, no lograron resolver esta cuestión a lo largo de toda la contienda, lo que dio lugar a que las batallas se cobraran decenas de miles de muertos en cuestión de horas y que se difundiera la opinión de que se trataba de una guerra "de leones guiados por burros".Hubo casos extremos, como el de Rusia, que estuvo a punto de lanzarse contra los ejércitos alemanes, y del Imperio Austro-Húngaro en el frente oriental, con un ministro de Guerra, Vladimir Sukhomlinov, que estaba convencido de la supremacía de la lanza, el sable y la bayoneta sobre las armas de fuego. En un rapto de lucidez extraño en él, el zar Alejandro lo reemplazó pocos días antes de que se iniciaran las acciones. Las cosas no mejoraron demasiado para los soldados rusos, que conformaban uno de los ejércitos más atrasados de Europa.Pero no eran los únicos, algunas unidades francesas entraron en combate vistiendo pantalones y kepis rojos, y chaquetas azules con botones dorados. Estos uniformes revelaban que algunos de sus mandos galos no habían evolucionado desde la guerra franco-prusiana de 1870 y no tenían idea de lo que iban a enfrentar. Pasaría un tiempo para que el soldado francés comenzara a utilizar el inexpresivo pero menos visible uniforme "azul horizonte" que caracterizaría a los " poilus " a lo largo de la guerra, y que en homenaje al centenario de la contienda vistieron algunos soldados en el reciente desfile del 14 de Julio en París. Cargas suicidas De todos modos, y a pesar de estos ejemplos atávicos, todos los ejércitos entraron en combate portando ametralladoras de distintos modelos (Maxim, Hotchkiss, Browning, Vickers, etcétera), que disparaban entre 450 y 600 balas por minuto. Con la guerra estancada en trincheras, la única idea que se les caía a los generales para romper las cada vez más sofisticadas fortificaciones era lanzar oleadas masivas de soldados al ataque, ofensivas y cuerpos que terminaban desmenuzados por el fuego de las ametralladoras y dejaban los campos sembrados de cadáveres que nadie se atrevía a recoger. Sobre ese terreno había que seguir luchando. Literalmente, se atacaba pisando cadáveres y restos humanos insepultos en distintos grados de descomposición.Sobran ejemplos de estas ofensivas suicidas en los que primaba un absoluto desprecio de los superiores por la vida de los soldados.Un caso emblemático fue la Ofensiva del Somme, que le valió a su conductor, el mariscal de campo lord Douglas Haig, jefe de las fuerzas británicas en el frente occidental, el poco envidiable titulo de "el Carnicero del Somme", pese a lo cual un club argentino de fútbol lleva su nombre. Ese ataque inglés de 1916 contra las fuerzas alemanas fue precedido de un bombardeo de artillería de una semana de duración, período durante el cual 1.500 cañones de todos los calibres arrojaron 1,6 millones de proyectiles sobre las posiciones enemigas. Convencido de que no había quedado nada del otro lado después del infierno que había desatado, Haig mandó a sus tropas de "paseo", pero muchos alemanes habían sobrevivido en profundos hoyos de los que emergieron, plantaron sus ametralladoras y comenzaron a disparar. Las consecuencias fueron espantosas: 30 mil bajas en la primera hora del asalto, algo así como 500 muertos o heridos por minuto.El baño de sangre continuó todo el día porque se siguieron lanzando regimientos enteros contra la cortina de fuego enemiga, hasta que al final de la jornada el ejército inglés contabilizaba 20 mil muertos y 40 mil heridos.Se trató de la mayor pérdida de hombres en un día combate en toda la historia del ejército británico. Tal fue la magnitud del desastre que la opinión pública de la isla recién conoció lo sucedido una vez finalizada la guerra.Pese a este cataclismo, Douglas Haig siguió al frente de la Fuerza Expedicionaria Británica, y ya anciano y retirado mantenía su desprecio por los tanques y la aviación, al tiempo que aseguraba que "la ametralladora jamás sustituirá al caballo como instrumento de guerra".Vale todo El aporte del desarrollo tecnológico de la industria bélica (no en vano se enfrentaban potencias industrializadas) mantuvo firme su saldo mortífero a las batallas durante toda la guerra. La artillería fue una de las armas que más evolución demostró, por lo que fue una gran destructora de vidas en los dos frentes: cada vez se fabricaban más cañones y mayor calibre, como el caso del emblemático Gran Bertha alemán. Ese artefacto era un obús de 420 mm que pesaba 42 toneladas, disparaba proyectiles de 820 kilos a 12 kilómetros. Recibió su nombre de Bertha Krupp, heredera del imperio de armamentos Krupp que abasteció de armas a Alemania en las dos guerras mundiales. Los artilleros germanos lo llamaban, sin embargo, Dicke Bertha, literalmente la "gorda Bertha", aunque no queda claro si por las dimensiones del artefacto o las de su nominadora.Frente a este tipo de cañones pesados, como los Skoda austríacos, la única forma de sobrevivir en las trincheras era excavando cada vez más profundo, con el riesgo de que las galerías se desmoronaran y enterraran vivos a sus ocupantes.La "Gran Guerra" significó también el debut de otros devastadores artefactos, como el caso de los lanzallamas, mortal esfuerzo tecnológico destinado a limpiar trincheras con el lejano argumento del fuego.Esta desesperación de uno y otro bando por barrer las imperturbables fortificaciones enemigas alumbró uno de los más brutales métodos de combate: el lanzamiento de gases venenosos contra las líneas de enfrente.Primero fueron lacrimógenos, pero después aparecieron los mortales: fue el 22 de abril de 1915, en la segunda batalla de Ypres; cuando el viento sopló para el lado de las trincheras francesas, los alemanes levantaron las tapas de cientos de tachos y una nube verde llenó de muerte y espanto a sus enemigos, era gas de cloro. La guerra química había nacido.El químico alemán Fritz Haber, Nobel de Química en 1918, supervisó el ataque, lo que le valió el dudoso reconocimiento de "padre de la guerra química". "En tiempo de paz un científico pertenece al mundo; en tiempo de guerra, a su país", fue la justificación de Haber. Sin embargo, este cuestionable argumento patriótico no convenció a su mujer, también química, quien se suicidó en el jardín de su casa porque no pudo soportar la participación de su marido en la matanza (años después, la imitó el hijo del matrimonio, avergonzado de su padre). Tampoco sedujo años después a la patota nazi, y Haber debió abandonar Alemania por sus orígenes judíos. Como corolario de todas estas trágicas contradicciones en la vida del científico, los nazis aprovecharon los avances en química de Haber que había producido el Ziklon A, tomando como base al cianuro, para fabricar el Ziklon B, una versión más letal, que se empleó en las cámaras de gas para el asesinato en masa de inocentes durante el Holocausto. De todos modos, Haber no llegó a saber de esto porque murió en 1934 en Suiza.Pero el cloro no fue el único gas utilizado en la guerra. Le siguieron el fosgeno, usado inicialmente por los franceses, que mataba por asfixia (fue el más letal de todos los usados) y el célebre gas mostaza, también conocido como iperita, que fue usado en la tercera batalla de Ypres en 1917 (en la Primera Guerra las batallas duraban meses y años).Si bien no fueron las armas más mortíferas porque casi simultáneamente con su uso aparecieron las máscaras antigás, generaron tanto terror entre las tropas que durante la Segunda Guerra los contendientes no hicieron uso de sus arsenales químicos.

