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La muerte en Venecia

Gustav von Aschenbach es un ciudadano distinguido por sus dotes de escritor e intelectual. Viudo y en el umbral de la vejez, su entrega a la disciplina artística ha hecho de él un anacoreta. 

11 de enero de 2015 a las 12:01 a. m.
La muerte en Venecia

Gustav von Aschenbach es un ciudadano distinguido por sus dotes de escritor e intelectual. Viudo y en el umbral de la vejez, su entrega a la disciplina artística ha hecho de él un anacoreta. El gusto por los libros y la abnegación hacia las bondades del método lo devinieron en practicante de virtudes espirituales. Sin embargo, una tarde de primavera, mientras espera el tranvía, la visión de un hombre singular (sombrero de ala ancha, botas de montaña, mochila al hombro, rostro quemado por el sol) actúa en él con un desosiego súbito que trastorna su paz interior. El extranjero le despierta la necesidad de visitar un territorio desconocido en su vida, despreciado y eclipsado por las delicias del intelecto, aunque siempre presente en sus fantasías más inconfesables. Pocos días después viaja a Venecia, donde su vida cambiará para siempre. La bella ciudad es también un pozo de malos olores y paredes mohosas por la acción de las aguas, que la invaden como los tentáculos de un pulpo. Ese contraste, que Thomas Mann (1875-1955) evidenció en La muerte en Venecia con tensiones permanentes entre lo feo y lo maravilloso, es una de las claves de la novela por su obvia interacción simbólica. Mann buscó marcar la irreconciliación entre dos mundos enfrentados, demostrar que acudir al llamado del opuesto sólo es aconsejable si se advierten las consecuencias que le esperan a quien ha estado al resguardo de lo conocido. La deslumbrante arquitectura que recibe a Von Aschenbach, la magnificencia del Palacio Ducal y del Puente de los Suspiros, quedan transformadas en meras caricaturas cuando, ya hospedado en su hotel, durante la primera cena descubre, bajo el cuidado de una institutriz, "a un efebo de cabellos largos y unos catorce años, de rostro pálido, de rizosa cabellera color miel, de nariz rectilínea y boca adorable que hacían pensar en la estatuaria griega de la época más noble", de quien, inmediatamente, se enamora.El encuentro con el hermoso adolescente polaco Tadzio, que en la obra oficia de segunda epifanía (la primera fue la visión del extranjero), lo llevará a un cambio rotundo de su idea de mundo, un mundo donde la sensualidad cobrará un nuevo significado moral. Todas sus convicciones se trastruecan, culpa del deseo, en ensoñación y anhelo por lo primitivo y lo bárbaro. De nada le servirá intelectualizar lo que le sucede para calmar sus pulsiones ("se entretuvo pensando en cosas abstractas, meditó sobre la enigmática vinculación que lo normativo debe entablar con lo individual para que surja la belleza humana"), en vano intentará refugiarse en sus entretenimientos espirituales porque aquella semilla extraña ya emponzoñó su alma. Lo dramático aquí es cómo sufre esa tormenta de locura sin exteriorizarla, pues jamás llega a tocar a Tadzio, ni siquiera a hablarle, tan sólo lo admirará de lejos, a escondidas, ojeándolo desde la playa o embozado tras los menús del comedor o las páginas de un diario. Recreará así, con una fidelidad conmovedora pero patética (llegará a maquillarse y a teñirse el pelo), la relación que ha elegido mantener con ese instinto secreto.El cólera que acaba con la vida de Von Aschenbach también puede ser alegoría, pero no sólo porque así lo pide la coherencia estilística de la obra. Se cuenta que Mann vivió una experiencia similar, en la misma Venecia, y también con un niño polaco como objeto de deseo. Quizá el escritor se vio obligado a agregar ese desenlace fatal, quizá la muerte está ahí para que sospechemos que ciertas pasiones deben ser refrenadas para que no se conviertan en perdición o desquicio.