La levedad de lo que decimos y el peso de lo que hacemos
En 1982, los argentinos vivimos de manera muy diferente la Guerra de Malvinas. Mientras los habitantes de la Patagonia veían su vida trastocada por la realidad de una amenaza cercana, para el resto de los ciudadanos la cuestión fue mucho más llevadera.
En 1982, los argentinos vivimos de manera muy diferente la Guerra de Malvinas. Mientras los habitantes de la Patagonia veían su vida trastocada por la realidad de una amenaza cercana, para el resto de los ciudadanos la cuestión fue mucho más llevadera. El bombardeo propagandístico de la dictadura consiguió encolumnar a la mayor parte de la sociedad civil detrás de la bandera de la recuperación de las Islas. Lo hizo apelando a un sentimiento entrañable, que pocos se atrevieron o se atreven a contradecir. La marcha de las Malvinas sonaba a toda hora y en todo lugar; no se hablaba de otra cosa en la calle, la radio, la televisión, las revistas y los diarios; se hacían campañas para enviar golosinas y mensajes para los soldados; algunos civiles se anotaban por si hacía falta más gente para ir a combatir. Pero la guerra, a quienes no vivíamos en la Patagonia, nos pasó lejos. Como se recuerda frecuentemente hasta el punto de que ya es un lugar común, el fútbol siguió como si nada, y esa es la medida de todas las cosas en Argentina. La inminencia del Mundial en España, que comenzaría un día antes de la rendición, el 13 de junio de 1982, generaba más expectativas que la guerra. Además, según la propaganda oficial, íbamos ganando. En cambio, en la Patagonia sí se sintió, y mucho, como bien lo describe la nota de María del Mar Job.
¿Será esa lejanía, ese no hacernos cargo de lo que significa la palabra guerra, la que nos impide asumir todas las consecuencias de haber provocado un conflicto armado? Porque los gobiernos de la democracia argentina, con sus idas y vueltas, sus cambios de matices, su flexibilidad o intransigencia según el caso, no asumieron públicamente la guerra como un pecado del que debemos arrepentirnos. Lejos de eso, se conmemora el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas el 2 de abril; se denomina "gesta" a la aventura lanzada por una dictadura en decadencia desesperada por recuperar algo de poder; llamamos Puerto Argentino al pueblo al que históricamente denominamos Stanley y al que Leopoldo Galtieri rebautizó, no sin algunos titubeos (primero lo había llamado Puerto Soledad, luego Puerto Rivero); vemos como algo ajeno al interés general el reclamo de los excombatientes para que sean juzgados los militares que los torturaron y maltrataron durante la guerra. Y por si fuera poco, ignoramos, como si no existiera, a una población de isleños cuyos intereses decimos tener en consideración.Lamentablemente para nosotros, las guerras tienen consecuencias políticas, geopolíticas, diplomáticas y económicas, mucho más cuando quien las causa es la dictadura sangrienta de un país periférico que osa provocar a una de las principales potencias del mundo. Hay que ser realistas. Argentina, en 1982, era eso. Hoy no podemos pretender que el mundo reinterprete la historia, reconsidere que ya somos una democracia con 32 años de vida, entienda que lo que hicieron los militares estuvo mal, pero que la intención (según la mayoría de los argentinos) era justa. Si creímos que el 14 de junio ocurrió un "cese de hostilidades", en lugar de una rendición, el mundo no lo entendió así. Entendió que nos habíamos rendido, que perdimos, que retrocedimos 149 años en la disputa con el Reino Unido.Si creemos que causar y perder una guerra no es tan importante como los títulos geográficos, históricos y políticos que podemos esgrimir a favor de los derechos argentinos sobre las Islas, estamos muy equivocados. No entender eso nos hace actuar de manera pueril e inconducente. Peor aún si, además, es con soberbia. El fruto de la desgracia de la guerra fue la democracia, pero no podemos ilusionarnos con que ese efecto positivo se traslade a todos los aspectos de la disputa por Malvinas. No podemos porque perdimos una guerra y eso se paga caro. Lo estamos pagando caro.

