La fe puesta en las diferencias
Un rabino no es un mediador entre Dios y el hombre sino un maestro, alguien que ayuda a pensar. Y Marcelo Polakoff es un rabino muy particular.
Al rabino Marcelo Polakoff, el papa Francisco le dio una cachetada. Hay una foto de los segundos posteriores al episodio: Bergoglio sonríe y Polakoff se ríe. El rabino le ha hecho entrega de su libro recién publicado: –Leelo, porque hay un artículo que se llama "Puré de papas".–Sos un caradura– bromea Bergoglio antes del cachetazo cariñoso. Después de este episodio, Bergoglio compartió con él un almuerzo, y en esa comida hubo, además de cantos, chistes. De católicos y judíos, obviamente. Con 47 velas en la última torta, Marcelo tiene bajo las suelas más millas que una aerolínea. Y si uno bucea en su biografía, salta a la vista que esos caminos recorridos no se allanaron por mera suerte. La formación y la entrega, aunque le cueste al rabino reconocerlo, son el motor de este destino que hoy forja en Córdoba. Polakoff preside la Asamblea Rabínica Latinoamericana, pero tanto ese como otros lugares que el rabino ha sabido ganarse (la cercanía al Papa, por ejemplo) no son casuales. La simpatía cosecha frutos como los que recoge Polakoff, aunque no es ese su único mérito, como no lo son tampoco sus numerosos títulos. En todo caso, tiene que ver, arriesgando una explicación, con las características de una persona, con los valores que representa, con la forma en que la comunidad donde trabaja lo reconoce. Lo que somos también es el reflejo en la mirada del otro. Marcelo Polakoff es una persona común y silvestre, pero en la comunidad judía de Córdoba, más específicamente en el Centro Unión Israelita, casi mil hogares lo tienen como referente. Y, lo más interesante es que mucha gente ajena a la comunidad judía también lo siente cerca.Para un despistado, la figura de rabino puede parecer el equivalente a la de sacerdote. No es así. "Rabino" quiere decir "maestro", y de ninguna manera un rabino cumple el rol de mediador entre Dios y el hombre. Si quisiéramos forzar una comparación, un rabino sería una persona que, dentro de la comunidad, tiene la puerta abierta para los miembros que necesiten mediación, consejo, asistencia y, por qué no, claridad sobre aspectos generales de la vida. El rabino, tal parece, es alguien que ayuda a pensar, como lo haría un familiar que te quiere. La sinagoga de la calle Alvear, en el centro de Córdoba, tiene en el frente grandes pilares de cemento. Son los resabios de un temor que acompaña a los judíos desde que se recuerde. Un temor que tiene la pésima costumbre de hacerse realidad de vez en cuando, como sucedió en marzo de 1992 y en julio de 1994 en Buenos Aires. Marcelo sabe de estas cosas porque las ha vivido de cerca. Trabajaba en la Amia cuando la explosión terrorista hizo volar el edificio. De hecho, formó parte de una de las comisiones encargadas de llevar adelante acciones necesarias para el esclarecimiento y la contención de muchísimas almas. Marcelo perdió gente en ese atentado de 1994. Fantasmas como ese a veces persisten aunque las luces no estén apagadas. Tal vez el exorcismo del amor sea una de las apuestas que Polakoff hace en silencio, sin levantar la perdiz.
Cómo se hace un rabino
Hay dos grandes grupos dentro de la comunidad, los ortodoxos (sombrero y traje negros, patillas trenzadas) y los no ortodoxos. En este último grupo, para ser rabino hay que tener un título universitario, una familia (esposa e hijos) y estudiar para “recibirse”, mínimo, ocho años. El último año se cursa en Israel.
La teología no ocupa el lugar más importante en la formación de un rabino, en la que abundan temas relacionados a materias más generales, más panorámicas, más inherentes a la realidad cotidiana del hombre común.
Como forma de cumplir con algunas obligaciones de rabino, Marcelo asistió a presos, dio conferencias, visitó y visita enfermos en los hospitales, apadrina a carecientes. En resumidas cuentas, atiende a quienes lo necesitan, se brinda, abre la puerta y te da un caramelo. Y en este torbellino de compromisos y asistencias, en esas ráfagas diarias de entrega y trabajo, también se da tiempo para su propia familia: está casado y tiene una hija.
Polakoff nació en Buenos Aires y, contra lo que indicaría el prejuicio, fue siempre a escuelas públicas.
“Yo venía de un envase no muy religioso –cuenta–, y entré en contacto con la cultura judía en la adolescencia... para buscar chicas. Iba a un colegio de varones y un amigo me invitó a una sinagoga”. Ese primer contacto le resultó poco atractivo: gente mayor con gorrito, algo muy formal, a la medida de una tradición férrea que se le antojaba lejana. “Después, con mi amigo fuimos a otra sinagoga –recuerda Marcelo–; era más moderna, más cercana. Yo tenía 13 años y ahí había un grupo de chicas de mi edad. Una de ellas terminó siendo mi esposa”.
Descubrir este otro espacio le cambió la forma de ver las cosas, y su corazón se dejó seducir por la tradición. Le empezó a tomar el gustito al estudio, a la formación con un objetivo claro: “Empecé a estudiar porque quería saber lo que sabía un rabino”, dice. Entonces pasó por varias carreras (ciencia política, sociología, relaciones internacionales) y de a poco se fue convenciendo.
Una cosa llevó a la otra y, 33 años después, el hombre usa el mismo “gorrito” que lo disuadió primero y lo conquistó después. Debajo de ese gorrito, a la altura del pecho, se comprometió hasta el hueso con sus creencias y entonces dedica buena parte de su tiempo a tejer redes con otras comunidades, con la intención de enfatizar que la cultura judía es milenaria pero no cerrada, y que ha venido conviviendo más o menos bien con otros cultos desde tiempos remotos. Al rabino parecen interesarle la apertura, el trabajo conjunto, la igualdad. Tiene ganas de que muchas cosas estén bien después de mucho tiempo de estar mal.
“Consulta al rabino”
Durante varios años, si uno ponía “consulta al rabino” en Google, el primer resultado era la web del Centro Unión Israelita, Comunidad Judía de Córdoba, donde Marcelo tenía abierta una asistencia
on line
para paisanos cordobeses que, tras un arduo trabajo de dedicación y esfuerzo por mantener abierta, tuvo que abandonar: “Llegaban consultas de otros países y por los temas más diversos que te puedas imaginar. Entonces nos dimos cuenta de que venían a través del buscador, que no era gente que había nacido en Córdoba. Eran extranjeros y eran tantas consultas que no se podían responder”, recuerda entre risas. Google había señalado a su consultorio como el más indicado para derivar búsquedas de consejo y paliativos para los males de los judíos en el mundo.
A esta impronta modernosa que Polakoff maneja con naturalidad sobre sus emprendimientos se le suman otras apuestas. Un canal de YouTube donde se lo puede ver frente a cámara –a veces con anteojos de cotillón de casamiento, a veces con baldes para juntar arena en una playa–, explicando de manera didáctica, a través de ejemplos gráficos, las escrituras de la Torá.
Marcelo también escribe. Y no sólo ensayos y literatura, también despunta el vicio de la composición musical. Con Pepito Cibrián escribió a finales de los ’90 una comedia musical y hoy está terminando un réquiem que hace con Ángel Mahler para los 20 años del atentado contra la Amia que se estrenará en el teatro Colón de Buenos Aires.
Indudablemente, Polakoff se mueve con naturalidad en espacios descontracturados, donde la complicidad con el otro es más cálida y espontánea, y donde las enseñanzas y tradiciones se
aggiornan
y se traducen al lenguaje de los tiempos que corren.
Estereotipos
Indudablemente, sobre la cultura judía pesa un estigma difícil de desarticular. Hay humor judío, gastronomía judía, literatura, cine y hasta una tierra propia. Ninguna de estas cosas puede ostentar el cristiano. Pero también hay cosas mucho menos felices, emparentadas con la discriminación y la crueldad. La historia de la humanidad está plagada de ejemplos, y en el currículum de casi todos los países hay un apartado que tiene que ver con estos excesos.
“Fijate hasta dónde llega esto –grafica Marcelo– que la epítome del amarrete se retrató en
El mercader de Venecia
, de William Shakespeare, en el que Shylock era un usurero judío. Shakespeare escribió el libro en 1500 y pico. El tipo nunca salió de la isla. E Inglaterra fue el primer país que expulsó a los judíos, antes de que Shakespeare naciera. Cuando escribió el libro, habían pasado 200 años sin judíos. Y sin embargo pinta un estereotipo, inspirado entre los años 1100 y 1400, cuando se formaron los estados primigenios de la Iglesia Católica, que no tenían potestad para cobrar y delegaban el cobro en los judíos”, explica Polakoff.
Lejos está la victimización en la teoría de Polakoff, sino que se trata de una cuestión de justicia. “Hay que dar vuelta la pregunta de por qué les pasa esto a los judíos –dice–. La pregunta está mal dirigida. Muchas veces, este pueblo, que trae la idea de Dios al mundo, es el que termina acusado de deicidio” explica.
La pregunta que hay que dar vuelta es la misma que se le podría hacer a la víctima de cualquier crimen. En lugar de ¿por qué cree que le pasó lo que le pasó?, Polakoff dice: “A eso lo tendría que responder el que hizo lo que hizo”.
Para pensar el alcance del estigma, para entender cuán humillante puede ser, alcanza con buscar “judío” en el diccionario de la Real Academia Española: “Sinónimo de tacaño”.
Ayer y hoy
Mientras estuvo en Jerusalén, ya casi con el rabinato bajo el brazo, tuvo que decidir a qué lugar ir. Barajó básicamente dos posibilidades: el mundo o Córdoba. “Pero como nos encanta nuestro país, y además para no alejarnos de nuestras familias, nos decidimos con mi esposa por Córdoba. Al fin y al cabo, es la segunda ciudad de Argentina, y el Centro Unión Israelita de Córdoba es la comunidad judía que –tomada de manera individual– es la que más familias asociadas tiene en todo el país (en Buenos Aires hay muchas más comunidades, pero cuentan con menos familias por institución). Así que era un desafío muy interesante. Después de 12 años, ya somos cordobeses por adopción, y nuestra hija no lo puede ocultar por su tonada”.
Antes de venir, y durante tres años, fue capellán de la cárcel de Devoto. De esa experiencia, asegura, aprendió muchas cosas. Era un lugar al que iba contento; un lugar que nunca dejaba de sorprenderlo: “En la cárcel hay una ética relativa, es una ética carcelaria –explica–. Un pirata del asfalto, por ejemplo, se agarró a trompadas con otro interno que le robó a un jubilado, porque no es lo mismo robar un camión que está asegurado que robarle a un pobre viejo”.
De sus años abriendo y cerrando rejas le quedaron algunas historias: la del ladrón que un día se apareció en un acto frente al Congreso. “¿Te soltaron?, le pregunté. Me dijo que no, que lo dejaban salir para hacer unos ‘encargos’ y llevar dinero de nuevo a la cárcel”, cuenta. O la de un ladrón de bancos a quien un juez le ofreció pasaporte y avión para llevarlo fuera del país, a cambio de darle una parte del botín. O la de, o la de. Cosas que pasan.
La historia de vida de Marcelo Polakoff está plagada de acciones. Desde los 15 años dirige publicaciones de la comunidad judía, por poner un ejemplo de dedicación. Además, habla a la perfección idiomas llenos de consonantes y se las apaña bastante bien con un montón de otros que son más musicales. Su fascinación por las palabras hace que cada tanto plante un paréntesis en la conversación para señalar un vocablo y su origen. “Tal vez en algún momento publique algo acerca del origen hebreo de tantísimas palabras castellanas –adelanta–, ya que es un tema que me pone la piel de gallina, por la cantidad de vocablos que tienen raíz paisana”.
No existe un estudio científico que cuente cuántos rabinos son fanáticos del tango, pero es interesante pensar en el caso de Marcelo, que compuso en 2010 una “Milonga del Bicentenario”, pieza que se escuchó en el Teatro del Libertador en un festejo del Comipaz (hay un video cuyo
link
no quiere dar, donde se lo ve desafinando a viva voz).
El Comipaz también sintetiza el norte de Polakoff; en ese organismo copreside, junto a un representante de la Iglesia Católica y un imán del islam. Y, aunque no lo sepamos, intervienen en conflictos, aportan opiniones, y median si hay problemas de esos que hacen acariciarse los bigotes a los sociólogos. Desde ese lugar el rabino participa activamente en acciones para poner en hechos concretos la buena fortuna de la comunión entre las distintas religiones, el sentido ético y estético de respetar a todos y no embromar a nadie.
La sinagoga de la calle Alvear, en el centro de Córdoba, tiene en el frente grandes pilares de cemento. La motivación de gente como Marcelo parece ser derribar esos bloques. De estatura mediana, de andar enérgico y risa contagiosa, el rabino Polakoff trabaja abriendo las puertas de la fe, sin distinciones. El corazón le bombea sangre de cambios, de perdones, de apertura y de contención.
Una persona puede medirse por lo que genera en su entorno, por lo que despierta entre quienes lo rodean. Lo que somos también es el reflejo en la mirada del otro. Los ojos que se posen sobre Marcelo Polakoff verán a un buen tipo. Un tipo que bien podría ligar una cachetada cariñosa de un Papa.
Perfil
Marcelo Polakoff es rabino del Centro Unión Israelita de Córdoba desde 2002. Está casado con Judith Berinstein, y tienen una hija, Iara.
Su primer título universitario fue el de licenciado en Relaciones Internacionales, en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires). Después obtuvo un máster en Estudios Judaicos del Jewish Theological Seminary de Nueva York y se graduó en el Senior Educators Program del Melton Center de la Universidad Hebrea de Jerusalén y del Programa de Directores “Leatid” de la Oficina Latinoamericana del Joint Distribution Committee.
Fue profesor de Talmud y Halajá en el Instituto Superior de Formación Rabínica A. J. Heschel del Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall T. Meyer, por más de 10 años. Preside desde agosto de 2010 la Asamblea Rabínica Latinoamericana.
Es asesor del Inadi (Instituto Nacional de Lucha contra la Discriminación) y copresidente del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz).
Ha publicado como coautor Dios en la era posmoderna. Cien reflexiones desde el judaísmo, el cristianismo y el islam, Ediciones El Emporio, Córdoba 2006; En el nombre del padre y del rabino, en coautoría con el sacerdote jesuita Rafael Velasco, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2010; y Dilemas comunitarios, Ediciones Leatid, Buenos Aires 2012.
Fuera del molde
Falta una hora para recibir a otra persona, así que el “tour” por la sinagoga de la calle Alvear es breve. Es un lugar hermoso con una acústica impresionante. No hay estatuas de santos, ni cuadros. Apenas unos adornos y un telón detrás del cual están las sagradas escrituras, plasmadas sobre cuero vacuno y enrolladas sobre dos bastones. El rabino manipula los textos con pericia envidiable. Al volver a la oficina, cuenta sobre el trabajo de la comedia musical del Rey David con Pepito Cibrián y Ángel Mahler. El 12 de octubre de 2013, en el Planetario de la Ciudad de Buenos Aires, festejaron los 30 años de Cibrián con el musical. Al acontecimiento se sumaron varios artistas que presentaron sus obras (Enrique Pinti, Georgina Barbarossa, Nora Cárpena, Marilina Ross, Antonio Gasalla). Entre las figuras, estaba Marcelo; a él le pidieron que viajara a presentar su tema. Hay risas. Marcelo disfruta de provocarlas. Lo vuelve a hacer cuando relata con simpatía que viene haciendo una serie de videítos con un grupo de tercera edad para las fiestas “moishes”, con bastante repercusión. El hit del grupo, Halevay, por ejemplo, tiene 28 mil visitas.
Los caramelos son adictivos, al igual que las anécdotas. Un encuentro de rabinos con Shimon Peres, en el que tuvo el gusto de compartir con el presidente israelí una conversación larga. Anécdotas con presos en la cárcel. Anécdotas en un “call center”.
A la hora pactada, llega el siguiente visitante. Es el padre Javier Soteras. Se saludan, se cargan. Se hacen chistes. Nadie diría que son distintos, a pesar de que uno lleva kipá y el otro, sotana.

