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La dura realidad desde el humor

En “Humor político en tiempos de represión”, Florencia Levín analiza cómo el discurso humorístico se las ingenió para comentar la realidad social y política del país, desde la contratapa de Clarín entre 1973 hasta 1983.

06 de enero de 2014 a las 12:01 a. m.
Rogelio Demarchi*
La dura realidad desde el humor
Un tema no menor. Levín decide estudiar desde la historia la contratapa de “Clarín” durante una década signada por la violencia.

Un par de días antes de las elecciones de marzo de 1973, donde fue elegido presidente el peronista Héctor Cámpora, Clarín presentó el nuevo diseño de su página de humor, la contratapa. Ya no habría más chistes importados, todos ellos estarían firmados por artistas nacionales, algunos ya consagrados, mientras que otros eran, como suele decirse, jóvenes figuras en ascenso, aunque anduvieran cerca de los 30 años. Estamos hablando, por ejemplo, de Landrú, Ian, Caloi, Bróccoli, Crist y Fontanarrosa. Por entonces, la revista Hortensia se leía en todo el país, y su éxito podría ser una de las razones que fue forjando semejante cambio. La historiadora Florencia Levín decidió analizar el contenido de esa página, aparentemente menor dentro del contenido de un diario, a lo largo de una década. El resultado es un libro muy interesante: Humor político en tiempos de represión. Clarín, 1973-1983 (Siglo XXI, 2013). El tiempo y el tema se justifican rápidamente: los gobiernos peronistas 1973-1976 coartaron de múltiples modos la libertad de expresión, algo que lógicamente la dictadura profundizó. Con tanto material, es claro que se podrían organizar numerosas series temáticas, pero Levín ha privilegiado las más políticas: el golpe, la violencia, la dictadura, la guerra de Malvinas. Para que se note por contraste, otras opciones podrían haber sido la economía, la vida cotidiana o la cultura. Levín, tras aclarar que "el recorte siempre es necesario, y más aún considerando un universo de pequeñísimos objetos, podríamos decir de misceláneas, que refieren de modo más o menos débil a la realidad que uno pretende aprehender", reconoce que su interés estaba centrado en el poder político. "Por eso las viñetas que abordan cuestiones de la vida diaria, de la economía o de la cultura que estén atravesadas por la dimensión del poder político (su construcción, su mantenimiento, su disputa) me interesan y aparecen abordadas. En suma, no es que esas dimensiones estén dejadas de lado, sino que están articuladas con otros problemas. Desde luego, es imposible pensar la política sin pensar en la economía, en la cultura o en la vida diaria de las personas".

Tensiones y contradicciones

–Demostrás que el humor a veces tensiona y a veces contradice la línea editorial de un diario. ¿Podemos decir que en general tu con­clusión se puede aplicar a cualquier diario y a cualquier época, o no hay elementos que permitan generalizar la cuestión?

–Me parece que por su forma de inclusión, de emplazamiento dentro de un diario, el espacio del humor es un espacio muy particular, en muchos sentidos tremendamente condicionado y en otros totalmente libre. Por principio, no considero que ningún medio de prensa sea pensable como producto homogéneo y lineal, de modo que de entrada pienso que sí, que seguramente esto sea así en todos los espacios humorísticos incorporados en la prensa diaria. Pero eso no quiere decir que funcionen todos del mismo modo ni que haya una regla única. Precisamente, de lo que se trata es de pensar, cada vez, cómo se produce esa articulación entre las voces de los humoristas, la voz editorial y todo el resto del contexto informativo o de opinión.

–Ahora, es igualmente interesante la tensión que existe en la página de humor, no hay una línea sino varias. Pienso en las diferencias entre Landrú y Caloi, por ejemplo, a propósito del peronismo, primero, y más tarde a propósito de la dictadura.

–Precisamente, esas diferencias no sólo se apoyan en afinidades o discordancias respecto a la línea política del diario, sino que además se traducen en distintas posibilidades de decir de cada uno de los humoristas. Desde luego, Landrú contó con muchísima mayor libertad para expresarse toda vez que sus pensamientos estaban menos alejados del pensamiento oficial que los de los humoristas de la “patota” de la contratapa (así se llamaban ellos mismos, el grupo de humoristas conformado por Caloi, Bróccoli, Crist y Fontanarrosa). Aun así, esto no quiere decir que el humor de Landrú haya sido siempre y plenamente conformista ni mucho menos, como tampoco quiere decir que el humor de la “patota” haya sido siempre explícita y deliberadamente resistente. Landrú pudo denunciar tempranamente, con la soltura de sus trazos, aspectos horrorosos del sistema represivo al tiempo que pudo expresar explícitamente críticas al ministro de economía de la dictadura (José Martínez de Hoz) primero y a sectores del grupo gobernante más ­tarde. El terrorismo de Estado impone una sobredeterminación particular al discurso humorístico (y a todo discurso en general). Por eso me interesa mucho trabajar las llamadas zonas ­grises. Esto es muy claro si uno analiza, por ejemplo, la larguísima serie de chistes alusivos a la censura que se publican a lo largo de todo el período (1973-1983) y que, paradójicamente, además de denunciar la existencia de la censura, su sola aparición en las páginas del matutino cuestiona su propio mensaje, al demostrar que existe tal libertad de prensa que incluso se pueden hacer chistes sobre la censura.

–¿Lo anterior (tensiones, contradicciones, posiciones antagónicas) marcaría la amplitud ideológica del medio o su desvalorización de todo lo que puede significar el humor?

–Yo creo que ni lo uno ni lo otro. No creo que haya sido una desvalorización del humor, precisamente porque

Clarín

le dio un espacio de gran importancia al humor gráfico nacional y apostó a él. Lo que creo es que no hubo mucha conciencia sobre las potenciales fugas que el espacio del humor permitió. Tal vez por inercia, a pesar de la revalorización, en algún punto dentro de la rutina de producción del matutino nadie le debe haber dado mucha importancia a lo que pasaba en las tiras de humor. Y no hay que perder de vista que la lectura de esas viñetas en presente no genera el mismo efecto de sentido que la mirada por definición retrospectiva del historiador, a partir de un trabajo de sistematización que permite condensar secuencialmente viñetas que aparecen de modo disperso y separado en el tiempo. Y particularmente, a propósito de lo que mencionás de la amplitud ideo­lógica, más allá de que, como estoy argumentando, no había una clara idea de lo que ocurría en los chistes de la contratapa, cuando contrataron a Caloi, Crist, Fontanarrosa, Bróccoli, en

Clarín

sabían a quiénes contrataban. Todos ellos eran humoristas de reconocida trayectoria, en auge, de modo que ahí hubo una importante apuesta por la impronta autoral. De hecho, al igual que las notas de opinión, los chistes aparecen con el nombre de sus autores, cosa que obviamente no ocurre con la línea editorial, amén de las oportunidades en que se refiere a hechos de tal gravedad que aparece la firma del director del medio.

Violencia política y dictadura

–Dos planteos sobre casos específicos. Uno: el humor político retoma fuerza a partir del mundial de fútbol, y mientras Videla no aparece mucho sino poco y más bien tarde, los siguientes presidentes militares fueron muy criticados desde el principio. ¿Qué estarían indicando estos datos?

–Lo que creo que están indicando esas tendencias es que el discurso del humor se juega en un duelo silencioso con el poder de la censura. En tanto ese poder se va resquebrajando (el contexto del mundial de fútbol es también el de la finalización de la primera etapa de la dictadura, de los primeros balances y la evidencia de las grietas internas que en ese entonces comenzaban a hacerse evidentes), el humor se presenta como una vía para expresar voces un poco más autónomamente. Sin embargo, lo que intenté demostrar en el libro son suspiros, sutilezas perdidas en el medio de decenas de otros chistes y cientos o miles de otras voces. Hay que ponerlo en esa dimensión. Entonces, no fue el mundial solamente, sino el mundial y las relaciones de fuerza en cuyo marco se bate el duelo entre el poder dictatorial y la palabra autónoma. En cuanto a la progresión que marcás sobre la caricaturización de los dictadores, puede interpretarse en el mismo sentido y habría que aludir también a las preferencias políticas de los humoristas.

–Dos: una serie muy importante describe la violencia política haciendo referencia a verdugos, picanas, torturas, pero durante el período democrático, o sea los gobiernos peronistas, no durante la dictadura...

–Esto tiene que ver con el análisis de las caricaturas que de algún modo refirieron al terror clandestino y/o pudieron ser interpretadas en referencia con ese fenómeno, como por ejemplo la serie de viñetas referidas a la guillotina o a la horca. Ahora bien, con respecto a las primeras, lo que llama la atención para uno es que las referencias hayan sido tan explícitas durante la época de la Triple A. Los dibujos de picanas en las viñetas de humor, o su mención explícita, o su alusión... En términos cuantitativos, las referencias no son importantes pero en términos cualitativos han sido de gran relevancia para mi investigación. Esa posibilidad de explicitar el vínculo entre la representación y su referente se va desvaneciendo hasta tornarse imposible al momento del golpe de Estado y de allí en adelante, aun cuando las referencias siguen estando presentes. De modo que hasta acá, lo que ocurre con la representación de la represión ilegal tiene que ver con la profundización del terror. Lo que ocurre con este tema a partir de la crisis final de la dictadura y la transición democrática, tiene que ver con el drástico cambio de parámetros éticos y te diría epistemológicos: el descubrimiento de que aquello de lo que se sabía fragmentariamente y se conocía de modo inacabado y distorsionado era, en verdad, el resultado de un plan masivo de exterminio llevado a cabo por el gobierno de la dictadura.

La autora

Florencia Levín está especializada en el estudio de la historia reciente. Es investigadora del Conicet y profesora adjunta en la Universidad Nacional de General Sarmiento, donde es investigadora del Instituto de Desarrollo Humano y codirectora de la Maestría en Historia Contempo­ránea. Ha escrito, junto con Marina Franco, Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en construcción (2007).

El libro

Humor político en tiempos de represión. Clarín, 1973-1983. Florencia Levín. Siglo XXI. 320 páginas.

*Especial