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La dama del perrito

Detrás de la aventura de amor que cuenta, La dama del perrito, de Anton Chejov, expone como riesgo distintivo la transformación que la fugaz historia operará en el hombre una vez que la nostalgia por la mujer cambie la escala de valores de su vida. 

06 de marzo de 2016 a las 12:05 a. m.
La dama del perrito

Detrás de la aventura de amor que cuenta, La dama del perrito , de Anton Chejov, expone como riesgo distintivo la transformación que la fugaz historia operará en el hombre una vez que la nostalgia por la mujer cambie la escala de valores de su vida. El moscovita Gurov, 40 años, casado, tres hijos, acaba de llegar a Yalta para pasar una temporada en soledad, cuando desde el pabellón de su hotel ve pasear junto al mar, acompañada de un perro blanco, a una muchacha con boina, "de pelo rubio y mediana estatura", cuya belleza y encanto lo hechizan menos que el misterio que ha percibido en ella. Durante una cena en la que el perro ha sido el pretexto para acercarse a su mesa, el primer encuentro entre los dos sirve a Gurov para sopesar las diferencias entre el carácter cándido y dulce de Ana y el de su mujer, de quien calladamente ha sufrido siempre su cursilería, su lenguaje rebuscado y una falta de sensibilidad e inteligencia que desde hace años lo avergüenzan y que han sido el germen de una infidelidad periódica y cada vez más exculpatoria. Con la única excepción de su esposa, Gurov se encuentra mejor en compañía femenina. Él está al acecho de las mujeres, y las mujeres se sienten atraídas por él.Ana también está casada, aunque dice que no sabe con exactitud en qué trabaja su esposo. Gurov intenta encender su curiosidad contándole que es empleado de banco en Moscú, pero que se graduó en Artes y fue durante años cantante en una compañía de ópera, mientras le convida helados, pasean juntos por el puerto y aguardan la llegada de los barcos para verlos atracar en el muelle, que Ana observa con unos ojos brillantes que delatan la ansiedad de una espera.A Gurov lo seducen su ingenuidad y sus llamativas distracciones ("Habló mucho, preguntaba cosas desacordes y al rato olvidaba lo que había preguntado") y le complace el poso de tristeza que desnudan sus palabras tímidas. Ana se repliega en la pudicia tras la primera intimidad, temerosa de que él censure en secreto su honor ("–Ahora usted será el primero en despreciarme"), pero Gurov decide que nunca tuvo una amante como ella.El encuentro sexual sin embargo fomenta en la mujer unas autocríticas feroces que la llevan a una revelación, insignificante para cualquier espíritu insensible, que acabará por enamorar a Gurov en retrospectiva, cuando la ausencia de Ana reactualice sus palabras y le descubra que el sueño secreto que ella le confió es el mismo que sin saberlo siempre tuvo él: "–He vivido atormentada por un sentimiento de curiosidad; necesitaba algo mejor. Debe de haber otra clase de vida, me decía a mí misma. Sentía ansias de vivir". El deseo de la mujer por una realidad distinta, la inconformidad frente a la vida que le ha tocado en suerte, despiertan una fibra sensible en el hombre. El retorno a la rutina –el trabajo embrutecedor en el banco, los grises desayunos con sus hijos antes del colegio, la verborragia estúpida de su esposa– promueve una reconsideración de las convicciones que guiaron siempre sus actos. Gurov ha abierto los ojos.Comprende que su vida, feliz y ejemplar, ha sido una mentira, y que todo lo que hay de valor en él siempre estuvo oculto a los demás. La complacencia ante la mediocridad le resulta inaceptable, un tumor que día a día avanza en su ánimo por la imposibilidad de confesar a nadie el orgullo de su adulterio. La decisión final del hombre, estupendamente resuelta por Chejov (1860-1904), deberá luchar contra lo público y lo secreto para que sus sentimientos no resbalen hacia el hastío. Gurov es un enamorado ahora, un hombre nuevo dispuesto a pagar el precio de la sinceridad.