“La casa de las bellas durmientes”
Los clientes sólo pueden contemplar, y a lo sumo tocar y acariciar, a las muchachas, que aparecen ante ellos inconscientes, bajo el influjo de un narcótico que les impide despertarse durante el turno amoroso.
Yasunari Kawabata recibió el Premio Nobel en 1968, y cuatro años después, antes de cumplir los 73, se suicidó. Los estragos de la vejez pudieron llevarlo a tomar esa decisión. También, claro, el peso de una infancia marcada por una temprana orfandad, sus conocidos problemas para dormir, su melancolía tenaz, cierta tradición japonesa a esa autodeterminación fatal, pero convendría quedarse con aquella conciencia de una muerte próxima: la aprensión frente al período final de la vida, el temor a verse cada día más torpe y gastado, cada día más arruinado, feo y, consecuentemente, menos deseado. Conviene esta explicación no porque haya sido absolutamente así, o porque Kawabata lo haya dejado escrito, sino porque la verosimilitud viene dada por su literatura, sobre todo por esa hermosísima novela La casa de las bellas durmientes donde, con delicadeza cruda, se describe el consuelo que un hombre de 67 años encuentra en un particular prostíbulo, un santuario erótico en el que se le permite acostarse con jovencitas vírgenes. La particularidad es una prohibición: los clientes sólo pueden contemplar, y a lo sumo tocar y acariciar, a las muchachas, que, como aditamento a ese juego delicado pero perverso, aparecen ante ellos inconscientes, bajo el influjo de un narcótico que les impide despertarse durante el turno amoroso. "(…). –Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese (…). Continuará dormida y no se dará cuenta de nada, desde el principio hasta el fin".Eguchi no es aún un anciano declinante como su amigo Kiga ("El hombre es tan viejo que ya había dejado de ser hombre"), que es quien le revela la existencia de la casa. Es su potencia sexual aún latente una de las tensiones de la obra, la posibilidad de que en algún momento rompa las estrictas reglas del lugar y estupre esos cuerpos inermes y hermosos, contravención cuyas consecuencias son apenas sugeridas en la figura de la celestina de la posada, mujer enigmática que prepara a las jóvenes y de quien no sabemos siquiera el nombre. Pero no parece haber en apariencia grandes peligros por ese lado. Eguchi toma somníferos (otro de los servicios que ofrece la casa) y sueña. Estos sueños y los recuerdos de juventud que le despierta la contemplación de las muchachas bifurcan la historia y nos hacen conocer mejor sus elecciones amorosas, esas que quizá explican su regodeo actual con esos epidérmicos escarceos eróticos. Una mariposa blanca que se posa en el rostro de la durmiente le remite a la gorra blanca del hijo de una mujer que había sido su amante; el pecho humedecido de la virgen, a un confuso episodio en que un pecho amado sangra. El espectáculo de las muchachas desvanecidas es el bálsamo último de los hombres que acuden a la casa cuando la vejez les resulta intolerable. En esas habitaciones tapizadas de cortinas carmesí, bajo una luz tenue pero asimismo reveladora tanto de lo feo como de lo hermoso que evidencia entre las sábanas, con olas que rompen allá a lo lejos contra los acantilados, los ancianos buscan la felicidad velando el sueño de lo inalcanzable.

