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La Cámpora y el peronismo

“Esto que pasa. Abecedario de la Argentina” es el último libro de Pepe Eliaschev. Lo que sigue es un extracto de ese trabajo.

08 de octubre de 2013 a las 12:01 a. m.
La Cámpora y el peronismo

Cuarenta años son mucho más que nada. Ese 11 de marzo de 1973 los argentinos eli­gieron a Juan Perón como jefe, después de 17 años de haber sido derrocado. ¿Jefe? Sin dudas: la consigna era "Cámpora al gobierno, Perón al poder". Cámpora estuvo en funciones sólo 49 días y en esas fugaces siete semanas anduvo pisando huevos, hasta que le quitaron la alfombra bajo sus pies. ­Perón puso a López Rega al mando, mediante la interpósita persona del yerno del "Brujo", hasta que el 12 de octubre "el Viejo" (así se lo llamaba con cariño y respeto en la militancia) asumió lo que sería un mandato de apenas nueve meses.¿Por qué se llama "la" Cámpora esta guardia de hierro fundada hace pocos años por los Kirchner? ¿Qué poder y proyección ha tenido ese simbolismo a 40 años de que un Cámpora de carne y hueso jurara el cargo de presidente de la Argentina?Ese Cámpora era la encarnación superficial de la "jotapé". Nacida ­embrionariamente en los tempranos años '60. Una Juventud Peronista bajo conducción montonera se prefigura a fines de esa década y se plasma hacia 1970-1971. Es una "jotapé" de peronismo retóricamente visceral, que se mece con los acordes de la época, bajo la batuta de un Perón que homenajea al Che, saluda las barricadas del Mayo francés y se entusiasma con el presidente Mao. Es una generación aguerrida y endurecida, aposentada en "frentes" y territorios. No le debe nada al Estado, a los privados, ni al dinero convencional, descartado todo eso a favor del cobro de rescates por secuestros o asaltos a bancos. En ella hay, incluso, colosales choques ideológicos. Una disputa lunática, pero frontal, entre las interpretaciones más dispares cruza el escenario de aquella belicosidad militante en plazas y universidades.No es lo mismo la versión nacionalista revolucionaria, que quiere ver en Perón un reivindicador de estirpe vagamente socialista, que la variedad "jotapé" ortodoxa y hasta claramente fascista. Así, JP son todos, desde las "regionales" filomontoneras hasta los pesados del gangsteril Comando de Organización, pasando por la sugestivamente llamada Guardia de Hierro y su versión universitaria, el Frente Estudiantil Nacional. Militancia vocacional Todos estos aparatos, inclusive la Juventud Argentina para la Emancipación Nacional (Jaen) de Rodolfo Galimberti, son, al margen de sus excesos y extravíos, experiencias de fornida militancia vocacional. No disponían de smartphones , autos con chofer o escritorios con secretaria. La deriva se modificaría ya para mayo de 1973, cuando los cuadros montoneros y las falanges ortodoxas desembarcan en el aparato del Estado, del que se servirán, ahí sí, sin mayores escrúpulos. Pero los verdugos de la JP de la República Argentina ("jotaperra") y los militantes de la JP dirigida por Montoneros jamás se asumirán como gerentes. Procuran y consiguen su dinero a como dé lugar (básicamente "expropiando", o sea robando), pero odian "la gestión" y prefieren destruir al Estado "oligárquico" antes que reformarlo desde adentro. En ese sentido, fueron más frontales. Van a la guerra por el poder, pero desde fuera del poder. Se matan ellos, pero matan a muchos; liquidan patrones, generales, torturadores, tránsfugas y meros burócratas, pero desde una marginalidad rotunda respecto del poder real. (...) Este camporismo exótico de 2013, plasmado 40 años después, es –por eso– una extravagancia farsesca.Es repentino, fugaz y vertical; nace arriba y se queda allí. No hubo ninguna JP militando en la Santa Cruz de Néstor Kirchner de 1991 a 2003, que se sentía entonces en gran medida representado por Menem y Cavallo. Ya posesionados de la Casa Rosada y de la residencia de Olivos, los Kirchner no armarían ninguna JP entre 2003 y 2008. En ese primer quinquenio K se incubaría, en cambio, una juventud asociada a una llamada "mili­tancia" con concretas aspiraciones gerenciales.Pichones de burocracia técnica, se empalagaron de retórica retromontonera. Su vida política no provino de la lucha, sino de la prebenda otorgada por la nueva monarquía. (...) El esquema celular y cerrado puede ser visto, cuatro décadas después, como la expresión insultante de un totalitarismo arcaico. Disfrazada de guardia de hierro de un gobierno de matriz legal, "la" Cámpora de 2013 representa un mundo al revés: "primero-gerencio-luego-milito". Camporismo y lealtad ¿Cuál es pues el simbolismo de la pa­labra "camporismo"? La venerada "lealtad" de Héctor Cámpora, ¿a quién y a qué fue? A Cámpora lo echa Perón en 1973 de mala manera. Lo maltrata, lo despide, lo manda a México y no lo recibe nunca más. ¿En qué consistía la lealtad de Cámpora, entonces? ¿Era fidelidad a la jefatura que incluía su obsecuencia total hasta el punto de la inmolación? El llamado "tío Camporita" hizo lo que le decían y ni se le pasó por la cabeza dar pelea, aunque tampoco fue explícitamente fiel a sus muy jóvenes adoradores. Se disipa cruelmente agraviado desde 1976 por el régimen militar, después de haber sido vilipendiado en 1973 por el mismo Perón. ¿Qué es, entonces, el camporismo? ¿Qué historia y qué narrativa evoca y resume? "La" Cámpora, convertida en el tercer mandato kirchnerista en estado mayor y reservorio de la eternización K en el poder, ha vociferado consignas turbulentas, mal digeridas y súbitamente aprendidas. Algo han hecho, eso sí, muy bien: impulsados por sus padres políticos, han enterrado anclas en un poder gerencial colonizado. Alguien debería haberles contado a sus ensimismados comandantes que al presidente Cámpora real lo echó Perón, y que la lealtad era una cualidad que Perón apreciaba sólo relativamente.Previsible, además de inexorable. Cuando se embriaga de poder, el peronismo se envuelve en una batahola tóxica. Pero ¿qué es el peronismo? Los militantes y cuadros que se han ido abroquelando en el aparato del ­Estado, bajo la cobija generosa de la Presidenta, ¿son más o son menos peronistas que los incombustibles sindicalistas a quienes expresa desde hace años Hugo Moyano? Vieja e interminable disquisición, el debate sobre el "ser" del peronismo se sigue encarnando en una catarata de desencuentros que jamás perecen del todo. Mientras los medios de comunicación se hacen la (demasiado fácil) fiesta con el infinito internismo de los ra­di­cales, lo cierto es que si hay una colectividad política argentina que ha hecho de los empujones interiores su principal manera de vivir su vida, es el justicialismo. Resuelta a arrastrar a sus partidarios a una puja final contra quienes a ella le producen rechazo (estético e ideológico), Cristina Kirchner reiteró, al reasumir el 10 de diciembre de 2011, exactamente el mismo ambicioso y pesado desafío del sector del que formaba parte a mediados de 1973. El kirchnerismo procedió con una lógica de colonización política territorial que parece calcada de lo que pretendió consumar la llamada "tendencia revolucionaria" entre 1973 y 1974, en vida de Perón. La noción del vaciamiento del peronismo y su desplazamiento por ideas y funcionarios que provienen de otras lógicas y aspiran a metas diversas expresan una realidad que los justicialistas viven como evidente. Tal vez no sucedía de esa manera con Néstor Kirchner, pero es más notorio que nunca que Cristina Kirchner no procuró ocultar ideas y planes de impronta muy diferenciada del pe­ronismo. Lo que estalló, o al menos lo que a juicio mío aparece como el rasgo más grave, peligroso y angustiante de la Argentina, es que el Gobierno decidió "ir por todo" con una ambición, unas certezas y un desprejuicio que no aceptan comparaciones. "Todo" quiere decir todo. El "nunca menos" que ellos diseñaron como consigna central y determinante expresa cabalmente una voluntad subjetiva de acumulación y personalización de poder verdaderamente llamativa. Hasta Hugo Chávez, en el poder desde 1998 hasta su muerte en 2013, procuró, con mediocre éxito es cierto, blindarse detrás de un "partido unificado" que respondiera parcialmente al modelo de socialismo nacional que predicó y trató de ejecutar. La Argentina de los Kirchner, en cambio, nunca dejó de ser una comarca organizada en torno de un proyecto político de brutal y solitaria centralidad en el mando. Debía creer la Presidenta que los parámetros de hace 40 años seguían siendo valiosos y, sobre todo, fecundos para conquistar y alambrar poder. Lo que este curioso y extravagante fenómeno del camporismo encarna es, así, la versión siglo 21 de la tendencia revolucionaria de los '60, entonces convencida de que la movilización militante y el lenguaje de las balas terminarían por intimidar a Perón y disciplinarían a los sindicatos y a los cuadros políticos justicialistas, de impronta reformista y negociadora. El kirchnerismo se convenció de que podía deglutir lo tradicional a puro golpe de autoridad. Haber deno­minado "la" Cámpora al aparato destinado a expresar las intenciones de gobierno fue un acto de fenomenal ­sinceridad. Perón se valió de Héctor Cámpora, pero no bien advirtió, ya en el verano de 1973, que ese hombre empezaba a responder con mayor disponibilidad a los mandatos de las falanges militantes, antes que a él, lo confinó en la distancia, la suspicacia y el cruel desprecio final. (...) Aunque el peronismo se apoltrone en la hipocresía de negarlo, a Cámpora lo sacó del poder el mismo Perón, el 13 de julio de 1973. No se le escapa a ningún peronista de por lo menos 50 años que "camporizar" a un gobierno, originariamente justicialista como el de Cristina Kirchner, ha sido un intento excesivamente brutal de llevarse puesto al peronismo de siempre.