Eso que está siempre en otra parte
Tomás Eloy Martínez, el escritor que definió el periodismo como “un instrumento para pensar”.
"Atados al mástil", así titulaba Carlos Quijano una de sus editoriales en el mítico semanario Marcha . La frase dista de ser un conjunto fortuito de palabras, al contrario: se trata de un juego de referencias. Atarse al mástil es, probablemente, la metáfora más antigua de la literatura (o quizás, en cierto sentido, la literatura misma), porque nos recuerda a Odiseo (Ulises) amarrándose al palo mayor de su barco para impedir que el canto de las sirenas lo desviara de su destino. Atarse al mástil remite, en definitiva, a la necesidad, la obligación y hasta la fatalidad de resistir. Es una lección para la vida; pero, además, es una lección para el periodismo. Diez años antes del epílogo de su propia Odisea , Tomás Eloy Martínez escribió: "Allí donde los documentos parecen instalar una certeza, el periodismo instala siempre una pregunta". El 31 de enero de 2015 se cumplieron cinco años de su muerte. Y la metáfora de Quijano no es sólo una buena guía para abordar su obra, sino también una manera de definirla. La realidad: ese prisma Todo se resume en la primera línea de Santa Evita: "Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir". Basta esa única frase para saber que estamos ante un escritor difícil de encajar en el marco caprichoso de los géneros. Sucede que la prosa de Tomás Eloy Martínez acostumbra (me niego a usar el pasado) a romper lo que el filólogo Hans Robert Jauss denomina "el horizonte de expectativas" del lector. Y es habitual en sus textos sentirse desnudo, descolocado ante golpes de timón en los que periodismo, relato costumbrista, novela histórica y hasta género policial se funden y complementan.Es por eso que la primera lección de su obra es una lección de desconcierto. Pero no se trata de un mero artilugio discursivo, es decir, de intentar atrapar al lector con fuegos artificiales. Sino de la búsqueda de propósitos de otro calibre, ya que aquello que nos descoloca en sus artículos y novelas está siempre atado a una lección sobre la verdad, o sobre la posibilidad de una verdad. Ambas se conjugan y constituyen la forma y el fondo de su pluma, esto es: lo que quiere decir y la manera de contarlo.Tal como afirma la doctora en Lengua Española y especialista en la obra del autor tucumano Cristine Mattos, al igual que su adorado Norman Mailer, "Tomás Eloy Martínez convierte a la distancia entre las cosas y las palabras en un motor para su escritura". Y en el intersticio entre el caos de una realidad múltiple y la necesidad de interpretarla, esa escritura surge como una búsqueda que se asume subjetiva y a su vez interminable. No es casualidad, entonces, que haya elegido la historia como tema en muchos de sus textos de ficción, como así tampoco que gran parte de sus trabajos periodísticos se nutran de la estética y las herramientas de la novela. Si su prosa se caracterizó por romper las reglas formales de la objetividad periodística, sin por ello desbordar el límite que impone, claro está, la obligación de no falsear los hechos, es debido a que la realidad y la ficción eran para él dos invenciones de distinto signo que, sin embargo, podían complementarse. Es ese el motivo por el cual en Santa Evita recuerda que Eva Perón nunca dijo "volveré y seré millones", y sin embargo la frase "es verdadera".Hace algunos años, el escritor español Javier Cercas, obsesionado también con la distancia entre esos universos, en apariencia, inconciliables, elaboró dos reflexiones que nos acercan un poco más a los fines últimos del autor tucumano. En primer lugar, aunque la historia y la novela se hagan preguntas diferentes ante los hechos, sus repuestas pueden iluminarse mutuamente, tanto para bien de la historia como de la literatura y, ante todo, de los lectores. Y en segundo lugar, si existen acontecimientos o personajes esenciales en la memoria de cada país, estos no son esenciales por el hecho de que desentrañar esa dimensión nos permitiría, supuestamente, llegar a conclusiones definitivas sobre nuestro pasado y sobre nosotros mismos. Al contrario, es la imposibilidad de alcanzar ese tipo de respuestas lo que vuelve esenciales a esos personajes y a esos acontecimientos. Y es esa utopía, esa batalla de antemano perdida, lo que nos arroja sobre Perón, sobre su mujer o sobre los militantes asesinados en Trelew en 1972 con una pasión inexplicable y desgarradora.Para Tomás Eloy Martínez, y en esto Cercas coincidiría, ante la realidad sólo podemos esgrimir la imaginación y la interpretación. Delante de esas dos herramientas se extienden innumerables caminos. Pero, sea cual sea el que elijamos, el resultado será siempre el mismo destino: a medida que afirmamos nuestro ser en el mundo, nos alejamos de la verdad. La otra realidad Tomás Eloy Martínez se formó como escritor y periodista en el período más intenso de la historia reciente de nuestro país: los casi 30 años que median entre el golpe de 1955 y el retorno democrático de 1983. Fueron años en los que la sociedad argentina transitó un profundo proceso de modernización, que podemos verificar, entre otros índices, en la notable expansión de la industria cultural, con la emergencia de importantes editoriales (Eudeba o La Rosa Blindada), la consagración mundial de varias decenas de escritores latinoamericanos y la emergencia de nuevos públicos que conformaron un mercado pujante y ávido de ideas y debates. No obstante, todo ese florecimiento trascurrió a la sombra de la proscripción del peronismo y la creciente espiral autoritaria que, desde el poder del Estado, arrastró al país al más álgido de sus conflictos. Tal es así que, al menos durante el primer tramo de aquella etapa, la definición del ser intelectual, artista o periodista, era indesligable de la voluntad del hombre de ideas de acercarse a los hechos con un afán transformador de los aspectos más anquilosados de la sociedad occidental y cristiana. No fueron tiempos para titubear. Sin embargo, la obra del autor de La novela de Perón es un canto a la duda, o lo que es lo mismo: la celebración de una forma especial de incertidumbre en la cual la distancia entre el escritor y los hechos importa menos que su determinación de no suspender el pensamiento crítico.Sus textos, por lo tanto, no le entregan certezas al lector y le niegan todo camino hacia lo absoluto, en una suerte de giro manierista que se repite de manera obsesiva: "Los seres humanos están siempre a la espera de un fin y cada vez que salen a buscarlo, lo que encuentran es un inefable, perpetuo principio", dice en el ensayo La fotografía de Dios .En esa extensa oscuridad, Martínez vio, con sobrada lucidez, el nodo que une periodismo y literatura. Fue ese el momento en el que tomó su pluma e hizo de ella la cuerda con la que se amarró al mástil de su barco para no escuchar otro canto que el mensaje indescifrable del mar.Allí trazó la mariposa, símbolo del cambio y la libertad, que sus lectores todavía persiguen en cada uno de sus textos. Allí nos dejó la más importante de sus lecciones: "La verdad es eso que está siempre en otra parte".
Perfil
Tomás Eloy Martínez nació en Tucumán el 16 de julio de 1934. Comenzó a escribir de niño y publicó sus primeros relatos cuando tenía 17 años. Poco después descubrió el otro gran amor de su vida: el periodismo. A los 20 años hizo sus primeros pasos en La Gaceta de Tucumán y en 1957 se incorporó al diario La Nación como crítico de cine. En los sesenta fue jefe de redacción de la revista Primera Plana y en la década siguiente dirigió el semanario Panorama y el suplemento cultural del diario La Opinión. En 1972 comenzó a publicar los fragmentos que un año más tarde conformarían su célebre reportaje La pasión según Trelew, en el cual contradecía la versión de la dictadura de Alejandro Lanusse sobre la masacre de prisioneros políticos en la base Almirante Zar. Dicha historia le valió la persecución de la Triple A y el exilio. Fuera del país fundó una decena de diarios y revistas en las que continuó su prédica renovadora del periodismo. En 1985 publicó La novela de Perón y una década más tarde vio la luz Santa Evita, la novela argentina más traducida de todos los tiempos. Feroz impulsor del llamado “boom latinoamericano”, en 2002 recibió el premio Alfaguara por su novela El vuelo de la reina. Ya entonces asomaba el cáncer que se lo llevó el 31 de enero de 2010. Actualmente, su obra es testimonio de una búsqueda incansable por los terrenos del periodismo, la literatura y la vida.

