Escuchemos hip hop
La reciente polémica sobre la ausencia de afroamericanos en las nominaciones a los Oscar es apenas la punta del iceberg de una realidad mucho más amplia, y una que tampoco está exenta de sus hipocresías.
La reciente polémica sobre la ausencia de afroamericanos en las nominaciones a los Oscar es apenas la punta del iceberg de una realidad mucho más amplia, y una que tampoco está exenta de sus hipocresías.
Vamos, ¡estamos hablando de los Oscar! No pidamos honestidad intelectual ni gestos genuinos.
La industria de cine norteamericana, en su faceta mainstream, históricamente discriminó a todo lo que se ubica en los márgenes, sean raciales, sexuales, religiosos y políticos (este último término puede englobar a los anteriores).
Es decir, todo lo que está por fuera de la corrección política que exigen las reglas del mercado y la industria, queda afuera.
No es nada nuevo, y tampoco anuncio novedades si digo que buena parte de la sociedad norteamericana tiene un desprecio absoluto por las minorías y los sujetos más débiles del sistema en un esquema de supervivencia que es siempre económico en primera medida. No son sólo los Oscar los responsables de esta discriminación, sino que todo el conjunto comunicacional de la industria del entretenimiento favorece las condiciones para llegar a esta situación.
¿O acaso alguien sabe que una de las películas más importantes de la década de 1970 fue Killer of a Sheep, de Charles Burnett? Director de color que retrató un barrio de afroamericanos con una cercanía inusual para la época. Obviamente, la película no trascendió más allá de los circuitos de culto y de cine independiente, y ni siquiera. Charles Burnett es un director fundamental, antes que el reconocido –por sus dichos y acciones más que por sus películas– Spike Lee.
John Cassavetes, si bien de raza blanca, hizo el más increíble alegato de la unión civil de blancos y negros en Shadows (1957), con sus respectivas complicaciones frente al inquisidor ojo de la sociedad: otro filme que debería ocupar los más altos puestos de consideración en la historia del cine.
A los pocos años, 1961, otro filme extraordinario: The Exiles. Su director, Kent Mackenzie, retrató como nunca las vivencias de la comunidad latina en un barrio de la ciudad de Los Ángeles. La contracultura no sólo es temática y discursiva, sino formal y narrativa también, mirar con los ojos del otro y desde el lugar del otro.
Con estos pocos ejemplos quiero hacer una mínima justicia poética e incitar a que los lectores y espectadores se acerquen a estas películas. En la era de la proliferación de la información, no son difíciles de conseguir. Es una forma de no quedar atrapados en polémicas espurias –por más justas que parezcan– y acercarse a los márgenes reales.
No tiene sentido rasgarse las vestiduras por las ausencias si nadie hace el esfuerzo de hacer presente otros cines: conocer y acercarse a ellos aportará una riqueza mayor que aquellas películas ubicadas habitualmente en el centro de la industria.
La responsabilidad por la discriminación es también producto de nuestros propias elecciones como espectadores y consumidores.
Al margen de cuestiones raciales, sexuales, religiosas, etc., a la industria le gustan los números, la taquilla, y si muchos consumimos otro cine, la industria se vería obligada a correrse de su lugar habitual y homogeneizante, y la discusión que nos convoca no tendría razón de ser.
Dos de mis películas norteamericanas favoritas de 2015 fueron Dope, de Rick Famuyiwa, y Straight outta Compton, de F. Gary Gray. Sería muy iluso de mi parte exigir que estas películas sean consideradas por los críticos norteamericanos y los votantes de la Academia.
Ambas, con sus diferentes enfoques, retratan la cultura del hip hop, que al mismo tiempo significa retratar también una historia de discriminación en la industria musical. En ambas, los raperos –ficticios en Dope, reales en Straight outta Compton (la historia de la llamada “banda más peligrosa del mundo”, los N.W.A., y remarco las comillas para demostrar los eufemismos nefastos en las rotulaciones)– son hostigados por la policía, una realidad de todos los días en los EE.UU. Lo que está en las bases, la violencia en las calles, se replica en las alturas, la indiferencia de las estrellas de Hollywood.
Cuando los Oscar se acercaron a la comunidad negra, lo hicieron siempre del lado del sufrimiento y el martirio: Doce años de esclavitud como mayor ejemplo. ¿Recuerdan acaso alguna película nominada que haya sido simplemente la celebración festiva de una cultura foránea?
Los Oscar, los espectadores y la industria parecen querer sufrimiento, sea de la raza que fuese, jamás el retrato sincero de una cultura minoritaria. Algo que sobra en Dope y Straight outta Compton, y sin miserabilismo. Está bueno acercarse a estas películas, disfrutarlas desde la diversidad, aprender con ellas.
Y me disculparán el término confrontativo como cierre: dejémonos de joder con eso de que el cine es sólo entretenimiento de masas y solaz burgués. Si insistimos en eso, y la mayoría de los medios de comunicación del planeta son cómplices, no seamos hipócritas entonces frente a discriminaciones.

