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Esa niña inolvidable

En Mafalda: historia social y política (FCE, 2014), Isabella Cosse explica la vigencia del personaje de Quino.

20 de octubre de 2014 a las 12:01 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
Esa niña inolvidable

Hace 50 años que disfrutamos de las ocurrencias de Mafalda y de sus amigos. Exactamente, desde fines de septiembre de 1964, cuando se publicó la primera tira en la revista Primera Plana. Vaya si hemos cambiado desde entonces, nosotros y el mundo, pero todavía nos arranca una sonrisa cada día cuando llegamos a la página de los chistes de este diario.

En Mafalda: historia social y política (FCE, 2014), Isabella Cosse describe “las relaciones sociales, los dilemas políticos y las dimensiones culturales y económicas que explican por qué Mafalda cobró vida fuera de los cuadros y aún está hoy con nosotros”.

Leída y usada como representación emblemática de la clase media argentina, entre la mitad de los ’60 y el principio de los ’70, Quino supo representar en ella las constantes tensiones entre el autoritarismo militar y la debilidad del sistema democrático, así como las recurrentes crisis económicas, por ejemplo, en medio de los conflictos intergeneracionales y de género, retratados con tanta inteligencia como ternura y desde un punto de vista infantil.

Si Mafalda cuestionaba a sus padres en general y a su madre en particular, con sus preocupaciones por la situación de la mujer y del mundo, se volvía “la vocera de la clase media progresista, intelectual y con posiciones tercermundistas”, mientras Susanita era el prototipo social femenino cristalizado por el “viejo” modelo cultural. Entre los varones, Manolito representaba “el espíritu capitalista de un pequeño cuentapropista”, Felipe encarnaba la apatía que podía producir el sistema educativo y Miguelito, al “hedonista cínico”. Con ellos, la historieta organizaba “las escisiones ideológicas de la clase media y los conflictos producidos por la realidad económica, social y política que la atravesaban”.

La radicalización de esos mismos procesos demandó la aparición de nuevos personajes, capaces de expresar las nuevas tendencias. Así llegaron Guille, el hermano de Mafalda y Libertad.

“Guille le permitió a Quino darle una nueva vuelta a la cuestión de las confrontaciones generacionales”, ya que su crítica a los padres se diferenciaría de la de su hermana, que, además, giraría hacia cierta posición de solidaridad y conmiseración.

Y Libertad “expresaba una clase media progresista, descreída y cáustica. La figura dialogaba por sus preocupaciones, pero también por sus omisiones, con los vastos segmentos de jóvenes que discutían sobre la Revolución Cubana, la organización política en la que convenía encuadrarse o la mejor oportunidad para tomar las armas”.

Por todos esos elementos, distintos actores políticos quisieron apropiarse de Mafalda, para representarse a sí mismos o a sus enemigos: para unos era una pacifista; para otros, una reaccionaria. Si hasta el inefable José López Rega, recuerda Cosse, presionó a Quino para que le permitiera hacer uso de su imagen en una campaña de prensa; y a comienzos de 1975, grupos de derecha vinculados con los servicios de Inteligencia empapelaron Buenos Aires con una versión adulterada del famoso afiche que señalaba al “palito de abollar ideologías” que utilizaba la Policía en sus ya cotidianas tareas de represión.

Esa disputa marca el principio de su trascendencia, ya que Quino dejó de producirla en 1973, año en que “la imagen de una clase media unida a pesar de las diferencias había llegado a su fin”. De hecho, la última tira

fue contemporánea a la Masacre de Ezeiza.