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Entrevista a Santiago Kovadloff: Hay que alentar la cultura de la paciencia militante

El filósofo Santiago Kovadloff considera imperiosa la reconstrucción del sistema democrático-republicano, pero dice que eso “requiere un período de aprendizaje” por parte del actual Gobierno. Vaticina la desaparición del kirchnerismo y desaprueba el esquematismo ideológico que prevalece en el ámbito universitario.

04 de abril de 2016 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma | Especial
Entrevista a Santiago Kovadloff: Hay que alentar la cultura de la paciencia militante
Santiago Kovadloff. Sostiene que “una sociedad puede madurar en la medida en que capitalice su fracaso”.

Una de las cosas que Santiago Kovadloff pondera del ciclo iniciado el 10 de diciembre de 2015 es que, según su punto de vista, se instaló en el poder "el don de la retractación", reflejado en la actitud que el gobierno de Mauricio Macri demuestra cuando comete un error. Admite que hay sectores, incluso afines al oficialismo, que no simpatizan con las idas y vueltas, pero cree que "cuando no hay tolerancia hacia los procesos de aprendizaje, se está reclamando un gobierno iluminado que se cree dueño del saber".Kovadloff se muestra optimista respecto a las potencialidades que asoman en el horizonte, aunque admite que "salir del maniqueísmo es muy difícil en virtud de la historia que tenemos, pero es indispensable en virtud de la historia que debemos tener". Si alguna vez se materializará o no el país verdaderamente republicano que imagina, es hoy para el filósofo una incógnita, pero su conclusión es contundente: "Opto por el riesgo de un fracaso y por la oportunidad de un logro". –En los últimos 12 años recrudeció en la sociedad argentina la lectura maniquea de la realidad. ¿Hay algún camino posible para salir de esa lógica? –Eso será posible siempre que se construya una sociedad republicana con asiento en la Constitución Nacional. Salir de esa disyuntiva maniquea depende por entero de la predisposición social a dejar de infundirle credibilidad al relato kirchnerista, pero también depende de la eficacia con que proceda en el orden político el actual Gobierno, cuyo discurso podrá ser reconocido como verdadero a partir de la reconciliación entre el trabajo, la rentabilidad y la dignidad de la vida. –¿Considera que la sociedad hoy está predispuesta a apartarse del discurso maniqueo? –Mayoritariamente hay predisposición, lo demuestra la forma en que se pronunció en las últimas elecciones, en especial en la provincia de Buenos Aires y las grandes capitales del país. Pero manifestada la predisposición, ahora todo depende de la eficacia o la sabiduría con que proceda el Gobierno para responder en su práctica política a la demanda social que se manifestó en las urnas. –¿El gobierno de Macri está dando los pasos acertados en ese sentido durante estos primeros meses? –El Gobierno evidencia un proceso de aprendizaje de acuerdo con los ideales republicanos, democráticos y constitucionales. El primer gran indicio de eso es haberle restituido a la vida parlamentaria una credibilidad de la que carecía, a partir de la negociación política entre lo que el Gobierno se propone impulsar y lo que la oposición necesita que se lleve a cabo para no perder protagonismo. Sea en una dirección o en otra, o buscando la convergencia entre ambas, el Parlamento argentino volvió a ser un espacio de debate y de consenso posible. Un segundo aspecto de ese aprendizaje es lo que llamo "el don de la retractación", que el Gobierno demuestra cuando se equivoca. Esto es sumamente original en un país como el nuestro, donde la palabra autoritaria desconoce cualquier retractación con respecto a sus disposiciones.

El Gobierno evidencia un proceso de aprendizaje de acuerdo con los ideales republicanos, democráticos y constitucionales. El primer gran indicio de eso es haberle restituido a la vida parlamentaria una credibilidad de la que carecía.
El Gobierno evidencia un proceso de aprendizaje de acuerdo con los ideales republicanos, democráticos y constitucionales. El primer gran indicio de eso es haberle restituido a la vida parlamentaria una credibilidad de la que carecía.

–Pero algunos sectores no creen en la retractación, porque consideran que el Gobierno debería estar seguro de cada paso que da.

–La reconstrucción de un sistema democrático-republicano como el nuestro fatalmente requiere un período en el que el Gobierno aprenda a gobernar mientras ejerce el poder. Puede ser que muchos se impacienten, pero lo cierto es que el riesgo que tal procedimiento evidencia es, al mismo tiempo, su gran posibilidad de ganar credibilidad en un sector que para mí es mayoritario y pide que se hagan bien las cosas. Cuando uno no tiene tolerancia para los procesos de aprendizaje, es porque está reclamando gobiernos iluminados que se atribuyen el saber.

Urgencias

–Da la impresión de que hay apuro, tanto en los medios de comunicación como entre sectores que han apoyado al Gobierno para que llegue al poder. Esos sectores no están comprendiendo algunos desaciertos.

–Sí, así es. Hay sectores que están apurados, habrá que alentar la cimentación progresiva de una cultura de la paciencia militante, que defino como la capacidad de llevar adelante proyectos sin equivocar los tiempos. Sin duda alguna, estamos en una situación donde hay algunas urgencias, pero poco ganaríamos haciendo el amor de pie, porque posiblemente andaríamos más rápido pero no tendríamos la satisfacción que brinda el método clásico.

–¿Nota cierto parentesco entre este momento de apuros e incomprensiones con el tiempo en que le tocó gobernar a Raúl Alfonsín?

–Considero que hay una diferencia fundamental entre el procedimiento que siguió aquel gobierno y el que sigue Macri. En esta oportunidad, se tomó muy en cuenta a la legítima oposición mientras durante el gobierno radical se pensó que el triunfo equivalía a un proceso de autonomía total. En la experiencia de Cambiemos, el Gobierno está aprendiendo que su estabilidad y su desarrollo dependen por entero de los consensos ganados con la oposición para llevar adelante su proyecto.

Durante el gobierno radical de Raúl Alfonsín, se pensó que el triunfo equivalía a un proceso de autonomía total. Es una diferencia fundamental entre aquel gobierno y el actual.
Durante el gobierno radical de Raúl Alfonsín, se pensó que el triunfo equivalía a un proceso de autonomía total. Es una diferencia fundamental entre aquel gobierno y el actual.

–¿Se refiere tanto a la buena oposición como a la mala oposición?

–La mala oposición tiene poco que aportarle a este proceso de reconstrucción democrática, pues tiene un diagnóstico terminal sobre el Gobierno.

–Pero tiene mucho peso.

–La mala oposición tiene mucho peso comunicativo porque los medios así lo permiten y así lo quieren, pero dudo que tenga tanto peso en el orden estrictamente político. Si uno advierte la forma en que el peronismo está procediendo dentro de la vida parlamentaria y partidaria en relación con el kirchnerismo, que ejerce una mala oposición, este tiene los días contados.

–La lectura maniquea como eje de la acción política del kirchnerismo no es novedosa. La historia argentina está plagada de divisiones.

–Sí, estoy convencido de que el éxito del caudillismo y de gobiernos hegemónicos de corte autoritario forman parte esencial de la historia argentina. Para revertir el desarrollo de esas posiciones intolerantes, los períodos de convergencia y coincidencia pasan a ser una necesidad social. Creo profundamente en las lecciones del cansancio y del fracaso. Una sociedad puede madurar en la medida en que capitalice su fracaso. Y el gran fracaso de la Argentina hasta el presente es no tener federalismo, la integración regional es muy pobre, nuestra cultura nacional es mucho menos potente que nuestra cultura sectorial o corporativa.

La mala oposición tiene muy poco que aportarle a este proceso de reconstrucción democrática, porque tiene un diagnóstico terminal sobre el Gobierno.
La mala oposición tiene muy poco que aportarle a este proceso de reconstrucción democrática, porque tiene un diagnóstico terminal sobre el Gobierno.

Antiliberales

–En círculos académicos existe una tendencia a despreciar lo que esté emparentado con ideas liberales, concebidas como la profesión de fe doctrinaria de la derecha. Esto equivale a entender a la intelectualidad como sinónimo de izquierda antiliberal. ¿Usted qué piensa?

–Pienso que es una mirada equivocada. En primer lugar, porque lo que se suele entender por izquierda es un pensamiento elemental, precapitalista, como el desarrollado por el kirchnerismo al homologar el capitalismo realmente fecundo con la precariedad del sistema desarrollado en Argentina en los últimos 30 o 40 años. La auténtica izquierda, es decir la centroizquierda, al igual que la centroderecha, comparten un ideal republicano con matices interpretativos que son los que generan la tensión fecunda, que dentro de un sistema normalmente democrático funciona muy bien. Entiendo que la intelectualidad argentina, en este momento, tiene la retórica inequívoca del kirchnerismo, pero al mismo tiempo hay una intelectualidad, como la representada por el Club Político y muchos pensadores que no integran un club pero coinciden con esas posiciones, en las que se aspira a desarrollar un pensamiento capitalista eficiente, moderado, controlado desde el Estado, dentro de un marco constitucional, que permita homologar los conceptos de ética y eficacia ante todo.

–Esa intelectualidad que rechaza de plano al pensamiento liberal es muy fuerte en las universidades.

–La universidad fue desde siempre un centro de desarrollo de ideas esquemáticas. Y la ideología entendida como repertorio de consignas está reñida con la idea de lo complejo, que es ese lugar desde donde se puede reconocer que las llamadas izquierdas, así sin más, fracasaron en el mundo. Por otro lado, una cosa es repudiar a las extremas derechas y otra homologar el pensamiento liberal a lo estéril. Por supuesto que el liberalismo de hoy no puede ser el del siglo XIX, pero el concepto de liberalidad también remite a la noción de pluralismo, de integración, de interdependencia entre las partes, se trata de darle al concepto la riqueza que las circunstancias piden.

–Parece que la sociedad argentina tiene como principal variable para respaldar a un gobierno la cuestión económica, más allá de que sea corrupto o autoritario.

–La economía no es útil cuando opera disociada de los valores fundamentales que dan sentido a una nación. Conozco muchos regímenes autoritarios que económicamente han funcionado bien, y de hecho, en Argentina, hemos tenido períodos de relativa estabilidad económica pero de una enorme pobreza en términos de identidad cívica. Más allá de la presunción, en el fondo seudomarxista, de que la economía lo es todo o que a ella se reduce la totalidad de las variables, lo importante es considerar que una economía funciona bien cuando promueve al mismo tiempo el espíritu crítico, la libertad de criterio, la solidaridad social, el espíritu de investigación en el campo de la ciencia y de la filosofía.

–En la clase media pesa mucho la individualidad, el éxito económico, más que cualquier otro valor.

–El egoísmo ha existido siempre en la historia de nuestra especie, pero la historia de la cultura es también la historia de la lucha contra eso. No se debe reducir a lo económico el significado de la existencia humana.

–¿Hay lugar para sostener en el tiempo modelos políticos tendientes a la búsqueda de consensos en el contexto de culturas autoritarias tan arraigadas en la sociedad?

–Su pregunta se refiere a qué concepción de la política es aquella que, a mi entender, valdría la pena alentar. La política es la tentativa de llevar a la práctica administrativa de un Estado valores que tengan un sentido, ya sea de solidaridad social o de jerarquía social donde haya incluidos y excluidos. Elijo la primera alternativa, que tiene que ver con los valores de la integración social. Desde ese punto de vista, la política debe expresar aquellos proyectos que, más allá del riesgo de no verse realizados, no pueden ser dejados de lado ante la posibilidad de ese riesgo, porque eso significaría una claudicación moral tremenda. Opto por el riesgo de un fracaso y por la oportunidad de un logro.

La Justicia

–Hay muchas cuentas pendientes sobre la década de 1970 y se van acumulando otras por la corrupción de las últimas dos décadas. En ese marco, ¿cuál es el rol que juega la Justicia para colaborar en el cierre de las heridas?

–La Justicia tiene una deuda fundamental, tanto con los hechos del pasado como del presente. Esa deuda se puede saldar si deja caer el peso de la ley sobre los responsables de cada situación, con ecuanimidad y responsabilidad. Es necesario que el poder político esté sometido a la independencia de la Justicia, paradójicamente porque sólo de esa manera la política gana consistencia, por lo menos en términos constitucionales. Es enorme la responsabilidad moral que tienen los hombres y mujeres del Derecho en la reconstrucción de la vida democrática y la cultura cívica del país.

–¿Podemos decir que la dificultad que tiene Argentina para cerrar las heridas del pasado significa que nuestra sociedad convive con el enigma del sufrimiento?

–Más bien convive con algunos de los efectos profundos que genera esa dificultad. El maniqueísmo, el escepticismo político y la presunción de que lo mejor no es posible, que es una tendencia a quedarnos con los efectos de los fracasos en lugar de trabajar para revertirlos, es tal vez uno de los mayores triunfos del autoritarismo en la historia de nuestro país. Salir del maniqueísmo es muy difícil en virtud de la historia que tenemos, pero es indispensable en virtud de la historia que debemos tener.

–El intelectual francés Pierre Rosanvallon plantea que el aumento del poder de la sociedad civil en su relación con las instituciones democráticas refuerza su capacidad de control, pero también puede conducir a las tentaciones populistas reactivas. ¿Qué piensa usted?

–Es muy interesante. Creo que tenemos que aprender que, ahí donde la unilateralidad prepondera, difícilmente la convivencia y la ley pueden salir beneficiadas. Tenemos que lograr que la conciencia cívica en un país como el nuestro sea cada vez más amplia, pero la sujeción a la ley y al límite, la sujeción al ideal de la interdependencia y al acotamiento del propio poder, tiene que desarrollarse de forma simultánea, porque de lo contrario vamos del extremo de un Estado autoritario que lo concentra todo en sus necesidades, al populismo que pretende someter al Estado a sus propias necesidades.

–Retrotrayéndonos al período 2001-2003 y a la luz de Rosanvallon, ¿la movilización social puede tener como efecto colateral la generación de reacciones populistas?

–Las movilizaciones tienen valor en cuanto no impliquen la exclusión de otros modelos alternativos de organización de la opinión pública y la acción social. El Gobierno actual plantea bien las cosas cuando dice “no vamos a prohibir las manifestaciones, las vamos a inscribir dentro de un escenario donde otra alternativa tenga lugar al mismo tiempo”, porque de lo contrario prepondera la idea tremendamente riesgosa de que donde yo estoy no hay lugar para nadie más.

–Rosanvallon también habla de que no siempre llegan al gobierno los mejores, por elegir la actividad privada antes que un ambiente donde prima la corrupción. El gobierno de Macri tiene muchos funcionarios que provienen de la actividad privada, ¿esa debería ser garantía de que son mejores?

–Nunca la procedencia es garantía de nada. El desempeño es el que pone de manifiesto finalmente la idoneidad en la acción del individuo. Si la procedencia garantizara algo, entonces habría que decir que las carreras universitarias que están vinculadas al conocimiento de la ley hubieran llevado a un país como Argentina a verse plenamente desarrollado, puesto que tuvimos sobre todo gobernantes que son abogados. Quien viene de la actividad privada demostrará idoneidad en la medida que comprenda las nociones fundamentales de pluralismo y de integración social. Un violinista puede tener idoneidad para tocar en una orquesta, pero su sentido del conjunto es fundamental para que él mismo no se conciba como un solista suficiente.

Perfil

Santiago Kovadloff es filósofo graduado en la Universidad de Buenos Aires. Es profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid, doctor Honoris Causa por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (Uces) y miembro del Comité Académico y Científico de la Universidad Ben Gurión del Neguev (Israel). Varias de sus obras fueron traducidas al hebreo, portugués, alemán, italiano y francés.