Entre el realismo mágico y la neurosis
En el realismo mágico, tan en el centro de la escena literaria de los años ‘60, todo era posible, todo parecía cierto.
Lluvias que duran años, olor a flores que se siente por kilómetros, alimañas que se asustan de los crujidos de los huesos de una mujer que deja de ser virgen o 100 años de derrotero trágico de una familia que se va desgajando… En el realismo mágico, tan en el centro de la escena literaria de los años '60, todo era posible, todo parecía cierto. La Argentina, con su insistencia a volver a un pasado imaginado como idílico y venturoso, parece haber ingresado a un tiempo de coloridas mariposas gigantes y de árboles que dejan caer maravillosos copos de algodón azucarado. Todo es posible, todo es real.Acaso, si no se tratara de realismo mágico o de neurosis general en el poder (distorsión del pensamiento racional), cómo entender algunos movimientos que llegan desde la Casa Rosada, cómo interpretar que en los últimos años ingresaran a la escena del gobierno personajes tan rocambolescos como Guillermo Moreno, Alberto Samid o el cordobés Ider Peretti, por citar algunos casos.Sólo en medio de un país que vive una realidad mágica o distorsionada puede ocurrir lo que se vivió la última semana: que la transmisión del fútbol –peor aún, los relatores– ocupe el centro de la escena y sea motivo de debate político. Además, que le quiten horas de trabajo a funcionarios, al propio jefe de Gabinete y a la presidenta Cristina Fernández, según se reconoció. Al tiempo que el Estado le pide austeridad a los gobernadores, se asignan sueldos de más de 200 mil pesos para quienes nos contarán el partido que al mismo tiempo veremos por televisión. Todo es posible. Si en la Argentina se trabajara desde lo racional (algo que parece haberse perdido hace mucho), tal vez el Gobierno debiera dedicar su tiempo a encontrar un rumbo económico, a pensar por qué cada vez hay menos inversión extranjera, por qué la inflación vuelve a ser una de las más altas del mundo, o por qué el índice de educación Pisa nos muestra en baja constante y a años luz de los países desarrollados y con bienestar real.Quién puede tomar en serio a la Argentina si el Gobierno destina millones de pesos y su tiempo en armar transmisiones de fútbol, antes que en ver cómo el peso pierde justamente peso, cómo aumenta la pobreza o cómo la violencia y la inseguridad van de Ushuaia a La Quiaca–vaya también el mensaje para León–.Si recordamos que la puesta en escena de una propaganda hitleriana, que ya había llegado a esta tierra en los años '40 bajo la batuta de Raúl Apold (con actores, cantores, relatores y programas bajando línea a favor del gobierno), significó un terrible costo para los contribuyentes argentinos y no le sirvió al Gobierno para evitar una paliza en las últimas elecciones, parece increíble que también se insista en repetir el error. De seguir el camino, es posible que algún temporal se lleve a todas las mariposas de colores.

