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En la autopista de la ilusión permanente

Aunque Marcelo Araujo haya puesto pies en polvorosa, cada fin de semana desde esa caja de vanidades llamada televisor se nos muestra y relata, especialmente a la hora del fútbol y sin ningún pudor, un presente épico, expuesto como el más glorioso de la tierra que nos abraza. 

31 de marzo de 2014 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
En la autopista de la ilusión permanente

Aunque Marcelo Araujo haya puesto pies en polvorosa, cada fin de semana desde esa caja de vanidades llamada televisor se nos muestra y relata, especialmente a la hora del fútbol y sin ningún pudor, un presente épico, expuesto como el más glorioso de la tierra que nos abraza. Rescatada del arcón que dejó en los años '40 Raúl Apold –quien le copió al ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels–, se despliega una estrategia de comunicación que insiste en mostrar niños felices, obreros agradecidos, jubilados en pleno disfrute y aeropuertos renovados para que, como dijo Cristina Fernández el miércoles pasado, la clase media se sienta cómoda cuando se apresta a viajar en el cada vez más popular transporte por avión.En La autopista del sur, la obra de Julio Cortázar que refleja un embotellamiento que se extiende por meses entre Fontainebleau y París, se van tejiendo distintos entramados sociales entre los ocupantes de los vehículos. Allí suceden amores, desamores, muertes naturales y suicidios, entre otras circunstancias. Es un viaje que, cuando termina, expone a toda luz las miserias más miserables de nosotros, los humanos.En este viaje argentino, en principio todos embu­tidos en una de las flamantes formaciones chinas que llegaron para encubrir al vetusto sistema fe­rroviario –vendido a través de la propaganda como uno de las grandes renovaciones de la "década ga­nada"–, no se informó claramente sobre el destino. Aunque ya le tememos.La apología de las supuestas batallas ganadas se amontona como los autos en la novela de Cortázar y parece generar un hastío progresivo. La exaltación presidencial hacia la supuesta posibilidad de la clase media de disfrutar de los viajes en avión parece colmar la capacidad de asombro. Sin embargo, en la semana que comienza seguramente del arcón "apoldiano" saldrá otra alusión que la supere. En la Argentina de la inflación creciente, del permanente deterioro del bolsillo o de la paupérrima prestación de servicios –como el de la salud, para dar un ejemplo–, la Presidenta hace un acto para mostrar cómo se agrandó el Aeroparque de la ciudad de Buenos Aires. Lindo, y si no está mejor es por culpa de los periodistas.Ese viaje ilusorio que nos estamos dando, no excluye a los cordobeses. Muchas veces nos vemos inmersos en virtualidades que pueden cambiar la percepción de una realidad que, cuando se asoma, asoma cruda, sin grises: recordar la última crisis policial y sus ­derivaciones. "¿¡Tai bien, nero..!?", decía José Manuel de la Sota en su propaganda de campaña, mientras mostraba a un parapentista que se estampaba contra un puente reluciente. De hacerle una lectura desde el ojo se­miológico, podemos encontrar detrás del spot un ­significado, que seguro no pretendieron sus creadores. Y es sobre un posible final para este presente gordo de irrealidad: que todos terminemos sin freno y contra el puente.