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Ellas también estuvieron

La Guerra de Malvinas fue, según los libros de historia, una crónica hecha exclusivamente por hombres. Cuestionando la versión oficial, la historiadora Alicia Panero reúne en su libro “Mujeres invisibles” decenas de testimonios de enfermeras e instrumentadoras quirúrgicas que tienen su propia mirada del conflicto.

20 de octubre de 2015 a las 12:01 a. m.
Maximiliano Monti (Especial)
Ellas también estuvieron
Sólo algunas. Decenas de mujeres participaron de la guerra. Recién las estamos conociendo.

Un grupo de 20 mujeres levanta la mano en el Hospital Militar de Buenos Aires, en señal de acuerdo. Pero una aclaración estipula que la fecha de ­salida es al día siguiente, y 14 manos ­bajan inmediatamente. Quedan seis. La fecha de embarque no es negociable porque la dictadura militar acaba de empezar una guerra, entre los 51º 45' de latitud sur y los 59º 00' de longitud oeste del archipiélago de las Malvinas. Urge la presencia de voluntarias para atender a los heridos. Las enfermeras e instrumentistas quirúrgicas que el 4 de junio de 1982 se embarcaron en el rompehielos Almirante Irizar de la Armada Argentina podrían haber sido, muchas más que una pequeña fracción de decenas de casi niñas y mujeres jóvenes que participaron de la guerra. Ninguna imaginó con exactitud lo que iba a vivir y tener que callar. 33 años más tarde, la historiadora y escritora argentina Alicia Panero convocó sus testimonios para el libro Mujeres invisibles , con el que cuestiona la crónica oficial, construida sobre una historia hecha exclusivamente de varones.Una vez acordado el cese de las hostilidades, cada una de ellas volvió a sus rutinas en distintas coordenadas de la joven democracia. Pero la guerra continuó en sus vidas privadas a puertas cerradas. La publicación de estos relatos sirvió para que algunas confesaran, tiempo después, que su experiencia en el sur sumaba al olvido el agravante de abusos sexuales, físicos y psicológicos de parte de sus superiores. "Hasta que escribí mi libro, para estas mujeres ser invisibles significó no exis­tir. Habían estado escondidas, desa­parecidas de la historia reciente y del proceso de construcción de la memoria de los argentinos", dice Panero. – ¿Cómo era dedicarse, como usted escribe, a la contención espiritual a los soldados? –La contención espiritual fue muy importante por la cuestión del género. Las mujeres tenemos la capacidad de dar vida, lo que nos da herramientas diferentes de consuelo y contención. Ellas cuentan que cuando se abrían las compuertas del Hércules C-130 en el hospital reubicarle de Co­modoro Ri­vadavia, los soldados lla­maban a sus mamás. El soldado herido, mo­jado, ­desnutrido, encontraba que una mujer le ponía ropa seca, le daba la mano, le preparaba un té. El libro tiene alrededor de 30 testimonios de mujeres que representan a muchas otras: las que recibían soldados en Comodoro Rivadavia; las veteranas que estuvieron en el buque Almirante Irizar, que se embarcaron voluntaria­mente y que estuvieron en zona de bombardeos; las de la Base Naval de Puerto Belgrano, al sur de la provincia de Buenos Aires, donde llegaron los heridos del hundimiento del crucero General Belgrano. – ¿Cómo no imaginarse lo que iban a vivir? –No se lo imaginó nadie. Los que estaban embarcados siempre tuvieron la ilusión, hasta que llegó la flota inglesa, de que la guerra no iba a ocurrir. Ni siquiera las enfermeras instrumentadores quirúrgicas tuvieron dimensión de lo que era la guerra hasta que llegaron al buque. Los primeros días de junio, en el Hospital Militar de Buenos Aires, uno de los jefes dice que se necesitaban voluntarias. Levantaron la mano 20 mujeres. Cuando el jefe agregó que tenían que salir al día siguiente, quedaron seis, que fueron las que se embarcaron el 4 de junio en el buque hospital Almirante Irizar en la zona del conflicto.– ¿Cómo continuó la vida de estas mujeres después de la guerra? –La mayoría continuó haciendo su trabajo y olvidándose de la guerra. No se daban cuenta que la herida ­abierta que no iba a cerrarse hasta que empezaran a hablar. Algunas cayeron en adicciones. Muchas lo hicieron 10-15 años después. Una, 28 años después porque tuvo un ACV y en terapia dijo: "Ni en la guerra la pasé tan mal". A lo que el terapeuta le preguntó: ¿Qué guerra? Cuando yo escribo el libro y empieza a difundirse, se contactan conmigo las que habían sido estudiantes de enfermería en la Marina y me cuentan que habían sufrido acoso sexual, físico y psicológico. Las denuncias son una consecuencia de la difusión del libro. – ¿Cómo encontró los casos de estas mujeres? –Siendo ayudante en una cátedra de investigación de un instituto de formación militar, con cadetes de cuarto año se decidió trabajar las mujeres y la guerra de Malvinas, que entonces eran las viudas, las hermanas, las hijas. Cuando estábamos trabajando sobre el tema vi una foto de cinco chicas uniformadas, con armamento, casco y ropa de fajina que había sido tomada en Comodoro Rivadavia en 1982. Pensé que se trataba de una producción fotográfica para alguna revista pero se trataba de mujeres que habían sido enfermeras durante la guerra. Eso me ayudó a encontrar la primera y luego fui de un testimonio a otro hasta encontrar que las había habido en ambos bandos.– ¿Qué puede sumar conocer la historia de estas mujeres a la idea colectiva que el público ya tiene de Malvinas? –Para que la historia sea científica debe ser completa. No puede eliminar arbitrariamente gente que participó en ella por un criterio institucional machista o político: si estuvimos, estuvimos todos. Puede aportar a la guerra un lado más humano y a terminar la estafa histórica que para mí es la guerra en la que sólo se habla de hombres. Hay que estar muy atento a la situación actual de las mujeres en las Fuerzas Armadas, si siguen ocurriendo estas ausencias, si la igualdad con los hombres es real. Estas explicaciones las tengo que buscar yo, porque las instituciones militares nunca me respondieron. El área de la política sí lo ha hecho. Una senadora nacional por La Rioja pidió que mi libro sea declarado de interés nacional por el Senado y redactó, además, un proyecto de reparación histórica y resarcimiento para el grupo de mujeres menores.– Cuando mencionaba que las ­mujeres tenían la virtud de empatizar mejor con la sensibilidad ajena, ¿no sería parte de un discurso feminista que rompe la igualdad de género? –Estoy hablando con estas mujeres 32 años después de la guerra y, a lo que ellas vivieron en la guerra, suman el olvido. Para el enfermero hombre es más natural haber atendido a un soldado herido. Ellas tienen otra carga emocional. Si alguien hubiera resca­tado su testimonio inmediatamente después de la guerra, ellas no habrían tenido esa carga. Por eso pareciera que caigo en un discurso feminista, y sin embargo no es así. Trato de po­nerlas a la par. Películas y libros de la guerra hay un montón, pero este es el primero que incluye a las enfermeras de la guerra y probablemente no sea el mejor ni el último. – ¿Qué habría cambiado si los enviados hubieran sido enfermeros hombres? –No dudo de que los enfermeros hubieran tenido compromiso emocional. Pero incluso el soldado atendido por ellas te cuenta cómo estaban en los detalles femeninos. Por lo que ellas mismas relatan, se sintieron madres, novias, confidentes de los soldados. El enfermero puede haberse sentido padre, hermano, amigo, pero la imagen de la madre era la que venía a buscar ese soldado, que podía tener 18 años, y encontrarlas a ellas, las vuelve una figura diferente. Tiene que ver con romper esos estereotipos para llenar esta ausencia de la figura femenina en una guerra de hombres. Respondieron a una necesidad de la guerra. – ¿Qué lectura puede hacerse de estos hechos de violencia que ­estas mujeres relatan considerando que recién ahora la violencia contra la mujer tomó protagonismo pú­blico? –La primera lectura que puede hacerse, es que en todos los ejércitos el mundo hay situaciones de abuso contra mujeres. Es un tema universal dentro de las fuerzas armadas. La segunda es que en aquella época no se denunciaba porque no existía la posibilidad. Para ellas era un castigo o se sentían culpables pensando "qué habré hecho mal para que me pase esto". No había herramientas, como ahora, para protegernos y denunciar. Si hubo más casos, hay que alentar a la gente para que hable, porque hablar sana.

La autora

Alicia Panero es profesora de Historia, escritora e investigadora. También es docente en el Instituto Universitario Aeronáutico y colaboradora de la Organización Internacional Mujeres de Paz en El Mundo.

Mujeres Invisibles se puede comprar en versión digital o bajar gratuitamente en versión PDF o iBook en Bubok.com.ar.