El túnel
La fuga del penal de máxima seguridad de Ezeiza, ahora rebautizado como “Complejo Penitenciario Federal Gruyere 1-Ezeiza”, significó no sólo el fin del mito de invulnerabilidad de esta cárcel, sino también de la promisoria carrera como funcionario de Víctor Hortel.
La fuga del penal de máxima seguridad de Ezeiza, ahora rebautizado como "Complejo Penitenciario Federal Gruyere 1-Ezeiza", significó no sólo el fin del mito de invulnerabilidad de esta cárcel, sino también de la promisoria carrera como funcionario de Víctor Hortel, el excéntrico jefe de Servicio Penitenciario que asistía a los actos oficiales ataviado con su impecable traje de Hombre Araña (en su despacho tenía una foto de Néstor Kirchner, otra de Cristina Kirchner y una de Peter Parker). Según la opinión de los expertos en el tema, la fuga de Ezeiza dejó claro que la calificación de "alta y máxima seguridad" del establecimiento respondía, en realidad, a una astuta operación psicológica destinada a disuadir a los presos de intentar cualquier fuga, más que a las reales condiciones de invulnerabilidad del lugar. Esta ingeniosa treta habría funcionado hasta el martes pasado, cuando un grupo de exinternos, tal vez disconformes con la falta de autonomía dentro del lugar, optaron por partir.Otra versión asegura que estos presidiarios consideraban que las políticas de reinserción llevadas adelante por Hortel habían sido muy eficientes en su caso y ya estaban en condiciones de volver a integrarse a la sociedad, por lo que decidieron abandonar la cárcel.Lo cierto es que más allá de las razones que movilizaron a los escapistas, la operación de fuga les habría demandado un notable despliegue, especialmente para excavar el túnel. Por ejemplo, todos se preguntan cómo lograron introducir en la prisión un martillo neumático de los que normalmente se utilizan para destruir calles pavimentadas. "Es tradicional que se introduzcan limas escondidas en alimentos o libros, pero meter un taladro de esas dimensiones en un pan casero, como sospechamos que sucedió, requiere de una elaborada tecnología o de técnicas de ilusionismo", afirmó unos de los investigadores.Pero más ingenioso aún fue el ardid que los fugados idearon para poder trabajar con la ruidosa máquina sin ser perturbados en uno de los calabozos: se habrían camuflado como operarios especializados. "Tenían cascos amarillos, overoles, habían colocado conos, balizas y un cartel que decía 'Sepa disculpar. Estamos trabajando para Ud.'. De esa forma taladraron toda la noche sin levantar sospechas", afirmó un interno de identidad reservada que no pudo pegar un ojo debido a las ruidosas tareas del grupo evasor. La fuente también explicó que cuando algún guardia se interesaba en saber qué estaban haciendo, le respondían que estaban trabajando en las obras de extensión del subterráneo de Buenos Aires. "Tenían pensado hasta qué responder si algún carcelero se ponía curioso. No dejaron nada librado al azar", finalizó. En cuanto al misterio de cómo pudieron atravesar los alambrados perimetrales avanzando a través de terrenos minados de sensores vigilados incluso con perros, sin ser advertidos luego de emerger del túnel, las versiones son contradictorias. La hipótesis más firme sostiene que los guardias, tanto internos como externos, incluidos los perros, se encontraban mirando el cielo estrellado a la espera de ser testigos de un inusual fenómeno astronómico (el paso del cometa Marley), cuya supuesta existencia había sido difundida bajo la forma de un rumor por los propios evadidos.Lo cierto es que, además del cambio del jefe del Servicio Penitenciario, la fuga disparó otra disposición que se considera imprescindible para llevar tranquilidad a la población: mejorar sensiblemente la estética de las fotografías que se toman a los internos cuando ingresan a las cárceles del país. "Después de la evasión, la sociedad entró en pánico no por los antecedentes de los sujetos fugados, sino por el aspecto francamente aterrador que exhiben sus rostros fotografiados. Cuando esas fotos aparecen por televisión los niños comienzan a tomar la sopa frenéticamente sin que nadie les diga nada", explica el fotógrafo retratista Juan Carlos Flash.Por su iniciativa, de ahora en más quienes ingresen a las cárceles argentinas serán sometidos a agotadoras sesiones de fotos de estudio, a cargo de fotógrafos profesionales con un ejército de maquilladores, peinadores y vestuaristas (fotos de exteriores no se van a hacer porque se pueden rajar). "Se terminaron los rostros en blanco y negro con narices torcidas, miradas torvas y caras de pocos amigos. La idea es que en las próximas fugas, los presos rajados aparezcan retratados tipo revista Caras , mostrando cómo redecoraron su calabozo, posando en el lugar predilecto de su celda y cosas así", se entusiasma Flash. Todo sea para evitarle nuevos sobresaltos a la de por sí sobresaltada opinión pública nacional.

