El Sur
La fuerza de la culturización, representada en la lectura de un libro clásico, y la violencia de los gauchos exaltados caerán con todo su peso sobre el convaleciente Dahlmann, ese hijo de sangres impuras que encuentra, en un gesto simple y ejemplificador, la síntesis de su esencia argentina.
Juan Dahlmann trabaja como secretario de una biblioteca municipal en la Buenos Aires infame de 1939. Con un futuro de solterón afianzado, sumamente sensible a las mínimas alteraciones de la rutina, el joven se muestra refractario a las turbulencias del entorno y lucha por conservar la paz espiritual. Es nieto de un pastor evangélico alemán, por parte de padre, y de un soldado de infantería de apellido criollo, muerto por una lanza de Catriel, por el lado materno. Las dos ascendencias, esos orígenes contrapuestos que han definido la sangre argentina desde fines del siglo XIX, confluyen en Dahlmann de una manera discreta, aunque el ámbito cultural en el que se desarrolla su vida lo ha obligado, inconscientemente o no, a tomar partido por uno de los dos. "Se sentía hondamente argentino... en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de su sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica". Añora una estancia en los campos del sur que perteneció a sus abuelos, pero "las tareas y acaso la indolencia" postergaban año tras año ese sueño de llanura ("Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia... quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme") y lo retenían a su pesar en la ciudad, entre libros descabalados y anaqueles polvorientos. Un día de febrero, sin embargo, una desgracia improbable, jugada maestra del destino que puso a Dahlmann al borde de la muerte, rompió la rígida inercia de sus hábitos. El accidente que lo llevó a los primeros estados de la locura y un ejemplar de Las mil y una noches , de Weil fueron, al mismo tiempo, el empuje y la compañía de su viaje en tren hacia la estancia sureña. Tres acontecimientos salpicados a lo largo del cuento, sin relación aparente pero unidos por un hilo conductor que va creciendo en evidencia y peso hasta el estallido final, son signos que justificarán las decisiones de Dahlmann cuando, muy cerca ya de la estancia, ingrese en un almacén repleto de gauchos alegrados por el alcohol: su encuentro días antes en un café con un gato que todos acariciaban ("pensó que aquel contacto era ilusorio... porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante"); el paisaje de los campos yermos entrevistos a través de la ventanilla del tren ("Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto"); un gaucho viejo que Dahlmann descubre en el almacén sentado en el suelo, "apoyado en el mostrador, inmóvil como una cosa", extático y atemporal como el gato del café, que le arrojará "una daga desnuda que vino a caer a sus pies". Dahlmann, que ha ingresado en el almacén con el libro árabe bajo el brazo, intentará aferrarse a la lectura hasta las últimas consecuencias, "como para tapar la realidad" de ese ambiente hostil.La civilización y la barbarie se integran en esta última escena. La erudición púdica, por un lado, y el cuchillero irracional, por el otro, fusionándose en este cuento de Jorge Luis Borges (1899-1986) que viene a cerrar, como supone el Emilio Renzi de Piglia, las dos grandes líneas de la tradición literaria nacional del siglo XIX. La fuerza de la culturización, representada en la lectura de un libro clásico, y la violencia de los gauchos exaltados caerán con todo su peso sobre el convaleciente Dahlmann, ese hijo de sangres impuras que encuentra, en un gesto simple y ejemplificador, la síntesis de su esencia argentina.

