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El misterioso encanto de ser payaso

Son seres especiales que se visten diferente y hacen cosas diferentes, como si vivieran en una dimensión en la que la torpeza y el fracaso están permitidos. Cada día hay más, y ese extraño poder atrae a los cursos y talleres de formación también a gente de otras actividades e intereses en busca de otra manera de ver las cosas.

17 de mayo de 2015 a las 05:58 p. m.
Redacción La Voz
El misterioso encanto de ser payaso
A payasear se aprende. Guillermo Vanadía, director de la Escuela de Comicidad, con algunos de sus alumnos y los diplomas que los acreditan como payasos (gentileza de Guillermo Vanadía).

¡ Sííí! La retumbante aceptación de una mínima propuesta gestual se repite una y otra vez, y de inmediato sobreviene la acción. Las risas se sueltan primero como entre paréntesis, pero van dejando la boca floja, dispuesta. En medio de una de las salas que da a las ventanas soleadas de Casa de Pepino, hay dos personas como cualquiera, vestidas de sábado al mediodía, sólo que llevan puesta sobre la nariz otra nariz bien roja y redonda. Y eso las hace muy diferentes, casi como habitantes de otra dimensión.Una de las personas se tira de panza al piso con los brazos abiertos; la otra también. O hacen un giro, o agitan sus brazos como alas, o imitan el acto sexual… O lo que sea, la cuestión es que quien proponga los gestos lo haga rápido, uno tras otros, sin pensar, lo que le salga. Y que el otro lo acepte seguir, cualquiera sea la cosa que tenga que hacer. Que no importe el ridículo, aunque haya 30 pares de ojos lanzados sobre los cuerpos escudriñando el detalle de cada reacción. Después, grupos de cinco son invitados a hacer como si fueran cocineros de televisión y explicar sus recetas en francés, japonés, alemán, italiano. Sin tiempo de organizar nada, claro. Lo que brota es algo inmediato parecido al impulso, que echa rápido mano a la memoria televisiva, cinematográfica, a los estereotipos, a lo que se tiene en la punta de la imaginación o de la lengua. Entonces, los intentos de palabras se traban, los cocineros alemanes parecen soldados nazis; los japoneses, karatecas.Uno no esperaba reírse al final de la mañana de un sábado de otoño nuevo en barrio Güemes, viendo en plena tarea a los alumnos de un taller de payasos dictado por Julieta Daga. ¿Y reírse de qué? De payasadas, es decir, de algo así como la molécula del humor, de la más esencial de las pócimas hilarantes. En la risa que despiertan esos gestos tan simples, hasta parece quedar al desnudo el significado de la palabra payasada, esa que usamos de modo tan cotidiano con distintas intenciones para identificar gestos que dan risa, pero también actitudes señaladas como fuera de lugar. La desorientación, la confusión, la torpeza, el arrebato, la ineficiencia, el tropiezo, el golpe, la caída, son cosas que si nos suceden, tal vez, con el paso de los minutos o de los días podemos llegar a verlas bajo el prisma de la gracia, pero en el momento son vistas como una turbación y hasta un drama. En cambio, que les sucedan a un payaso nos divierte y, a la vez, nos alivia.La que queda desnuda, en realidad, es esa persona que está detrás de la nariz roja. Sin embargo, es la nariz la que lo ampara, la que lo lleva a una dimensión donde es posible que las cosas se sientan y se vivan de otro modo. Mirar y dejarse ver Desde que lo descubrimos con asombro con los ojos de la niñez, el payaso, su colorida vestimenta, sus zapatones, su pelo pintado, ha sido una figura de poderosa atracción. Está en el imaginario nuestro y de las generaciones que nos precedieron desde hace muchos siglos, de un modo u otro. Alguna vez sólo nos encontrábamos con ellos cuando entrábamos al mundo de fantasía de los circos. Allí, en la arena, hacían payasadas y daban risa, pero también, en muchos casos, malabares y acrobacia. En los días de este tiempo, ya nos hemos acostumbrado a cruzarnos con ellos de un modo más cotidiano, pues aparecen en televisión, en los lugares de vacaciones, en la peatonal, inflando globos con formas diversas, en los hospitales o en los orfanatos con guardapolvo de médico, en los teatros haciendo pasar el arte de uno u otro modo por el prisma del payaso.Hay para niños, para grandes y para los dos. Hay payasos y hay clowns , que vienen a ser lo mismo, aunque hay alguna ligera diferencia que a veces se aplica ( clown se usa sobre todo para dirigirse al público adulto).Las técnicas, la curiosidad por asomarse a las sensaciones que sólo se pueden vivir detrás de una nariz roja, se manifiestan también en la numerosa asistencia a los talleres y cursos de formación que se dictan en la ciudad.Y no sólo se trata de actores o de aprendices que aspiran a pararse un día frente al público vestidos de colores, sino que se presenta gente con otras profesiones, actividades o intereses, que quiere beber un poco de esa pócima."La nuestra es una especie única en muchos sentidos, y una de sus capacidades especiales es la de la emoción, que recorre un ancho abanico que va desde la risa al llanto".Habla Julieta Daga, actriz y payasa, las dos cosas juntas y a la vez, profesora del curso del relato. Es una de las integrantes del dúo Las Pérez Correa (junto a Laura Ortiz, también formadora de payasos) y, entre otras actividades, en la actualidad dirige la puesta en escena de la obra La vestido verde , una versión de La casa de Bernarda Alba , de Federico García Lorca."El payaso es un navegante de las emociones, va de una a otra sin memoria emotiva, sin necesidad de que haya una transición –agrega–. Como el niño, reacciona al impulso inmediato último. Si hay algo sobre lo que se basa el trabajo de payaso es sobre el impulso, eso es lo que se entrena especialmente". Julieta Daga es hija de actores (Ana Tenaglia, que integró la Comedia Cordobesa, y David Metral) y comenzó a estudiar a los 15 años con el gran formador de actores Lisandro Selva, en el centro cultural Alta Córdoba, y luego partió a terminar de formarse en Buenos Aires. Fue el descubrimiento de La Comedia del Arte, teatro popular italiano del siglo XVI, lo que la llevó a llamar a las puertas de los clown .En consecuencia: "El payaso primero hace y luego se pone a pensar en lo que hace y lo llena de sentido. Es el ser más auténtico que somos. Es incorrectamente político: no piensa, se expresa con su propio sentido común. Siempre dice la verdad, y si no la dice, se le nota".Y todo lo que pasa, pasa por sus ojos: "Mira al público; la mirada y el impulso son aspectos centrales de la técnica. Y no es que sobrevuela, sino que penetra, mira a los ojos del espectador. En general, elige a tres o cuatro de la platea y les hace notar que es una mirada personal, identificándolos por la ropa o por alguna característica física. Pero la idea es contagiar, llegar a todos".La clave no es sólo mirar, sino también dejarse ver y eso, a veces, puede ser muy turbador. "Al mirar a los ojos y al dejarse ver, aparece la verdad. No estamos acostumbrados a mirarnos a los ojos en serio, porque se ve lo que nos pasa, y no siempre queremos dejarlo ver. Por eso, hay gente que a veces te baja los ojos: se siente que la estás intimidando porque estás entrando en ella"."El humor y el payaso –agrega– son revolución pura, porque no tienen trabas ni para hacer ni para decir ni para dejarse ver. Puede dar miedo porque no tiene filtro, o porque te sentís expuesto frente a su mirada, pero no busca herirte, sino que lo amen, que lo identifiquen en su nobleza y en su fragilidad".– Ahora, bien, ¿qué es lo que puede encontrar gente de diversas actividades y otros intereses en un taller de payasos? –Una libertad tremenda de poder hacer y decir, y equivocarse, sin que eso sea juzgado como error. Si no te permitís fracasar, no podés hacer el curso. Se trata de no enjuiciarte, de dejar ver qué te pasa, qué genera en los demás. Es la lucha por aceptarse a uno mismo, de ser flexible. A veces no te aceptás y eso también genera humor. es cuando aceptás que no te aceptás y que sos tan estúpido en no aceptarte, que empezás a reírte de tu rigurosidad, de tu acartonamiento. La libertad de fracasar Guillermo Vanadía dirige la Escuela de Comicidad, en la que se realizan tres cursos anuales en el Escuela de Teatro Roberto Arlt, en la Ciudad de las Artes, en los que se brindan herramientas que tienen que ver con el humor físico, con referencias que van desde Chaplin, Keaton, Los Tres Chiflados, Tandarica o El Chavo. "El payaso trabaja mucho con el fracaso, puede construir a partir de algo que no le sale, a veces algo tan sencillo como servirse un vaso de agua: se le cae el vaso, se rompe la botella, no puede embocar… Mientras que el fracaso no está bien visto en la sociedad, para un payaso, es una posibilidad", dice, tomando el tema."La mayoría de mis alumnos lo son también de escuelas de teatro, porque la técnica del payaso lamentablemente no se enseña en ellas, y muchos quieren ser, efectivamente, payasos. Pero también han pasado psicólogos, arquitectos, artistas plásticos, docentes, jubilados, músicos que querían indagar", apunta. De hecho, entre los alumnos más inesperados que recuerda hay un gerente de banco que fue protagonista de una historia que le quedó grabada. "Me contó que un día fue a su trabajo vestido como siempre, de traje y corbata, sólo que llevaba puestas las chalupas de payaso, los zapatones largos. Saludó a todos, fue hasta su despacho y comenzó a recibir gente. Notó que la gente a su alrededor se reía, pero él seguía serio. Su gran conclusión era que a partir de ese simple gesto, pudo modificar su entorno, ponerle un poco de comicidad a la rutina".Pablo Cavazzini asistió a uno de los talleres de Julieta Daga, y es alumno de los cursos de Guillermo Vanadía. Es psicólogo, y sabe muy bien lo que encuentra cuando se pone la nariz sobre su nariz: "Es un espacio para jugar, para hacer tonterías. Vivimos en una sociedad que te pide hacer las cosas bien; que seas imperativo, ejecutivo, eficaz. Por eso ayuda poder hacer las cosas mal. Genera una alegría liberadora".Como psicólogo, es en especial terapeuta de niños, y algo de lo que vive entre aspirantes a payasos lo lleva a su tarea. "Me di cuenta de que podía usar esa técnica en algún momento en mi consultorio para aligerar de alguna manera la situación".¿Y qué tipo de payasadas es posible hacer en un consultorio, frente a un paciente niño? "Se puede recurrir a algunos tics, como quedarte colgado sin saber qué hacer o qué decir en un momento determinado", responde.Liliana Mundani es licenciada en letras, magíster en semiótica y una poeta y escritora destacada y premiada. Es profesora de letras en el seminario de teatro Jolie Libois, reconocida en el ambiente, como que fue miembro del jurado del último Premio Provincial de Teatro. pero entre tanta actividad, tampoco le teme a la nariz roja y fue al taller de Julieta."La formación es una cosa de por vida, de otro modo es imposible progresar, y más si se trata de arte. Una tiene miedo del papelón y del ridículo, y en un taller de clown la sensación es de tirarse al vacío. Siempre está presente el riesgo de no hacer equilibrio en una pata. Uno nunca se atrevería a hacerlo solo; de algún modo, el taller es un lugar protegido. Y si una está entregada, puede pasar ciertos límites"."Una se toca la propia vulnerabilidad, y se la muestra al otro", dice, y cuenta un episodio sencillo, pero claro: "Recuerdo haberme patinado y caído de cola. No me sentí feliz, claro, pero después, cuando miré a los demás, me di cuenta de que había conseguido sacarles una sonrisa. El clown te obliga a mirar al público y a buscar complicidad con él; eso es muy valioso".Aunque por ahora parezca sólo una manera de apuntalarse frente a otras actividades, algo asoma en el horizonte... tal vez, cuando se jubile: "Tengo una cosa en la cabeza, y es la de integrar equipos de payamédicos. Es un trabajo para hacer intensamente. Sé que el payaso pone otra cosa". Y sí, es reconocido el poder terapéutico, o al menos de alivio, de la risa, y fue a partir del médico norteamericano Hunter "Patch" Adams, creador de la risoterapia, que se extendió esta actividad.El que no sólo quiere ser payaso sino que ya está en actividad es Gustavo Cruces, que tiene una empresa, Punto G, de diseño y confección de remeras, pero que a la vez ya forma parte de un elenco y de un espectáculo, Clownville , que se presenta los viernes en El Amparo (Arturo M. Bas 126). Su personaje es "Mantecoso" y, en la propuesta para adultos, actúa junto a "Ultravioleta" (Graciela Tomé) y "Mimo Puré" (Jorge Tonón)."El payaso se permite ser lo más ridículo posible sin ningún tipo de temores", asegura Gustavo, quien ya lo tiene resuelto: "Soy un payaso el 90 por ciento del día y voy a hacer esto el resto de mi vida".Vestido de "Mantecoso", algunas mañanas baja de su departamento de 25 de Mayo y Maipú y sale a caminar por la peatonal para sorpresa de la pequeña multitud que se cruza en su camino. "Salgo a saludar, sólo a decir: ¡Buenos días! Muchos siguen y algunos se acercan porque les llama la atención un payaso saludando. Con los que se frenan, hacemos un juego rápido, se divierten y descubren que pueden dejar de lado las preocupaciones y reír por un momento. Al fin y al cabo, sólo tiene que decir: ¡Buen día!". En los talleres también algunas veces se asoman publicistas, asesores de imagen, funcionarios y hasta políticos con algún cargo electivo. El objetivo parece sencillo de adivinar: aprender alguna técnica que permita un mejor contacto con la gente. Como ha dicho un sindicalista: "Me viene muy bien para descontracturar la postura y poder tener un poco más de sensibilidad". La nariz roja es la máscara más pequeña, suele decirse de la pequeña redondez roja de plástico sostenida a un elástico. Pero no sólo cambia al que la lleva puesta, sino a los que ven. Dice Julieta Daga: "Probá ponerte una nariz de payaso y salí a hacer algo cotidiano, como las compras. No sólo será uno el que se siente diferente, sino que la gente te mirará y se sentirá diferente. Es como entrar en otra dimensión. Todo cambia en uno y alrededor". ¿Será así?

Asomado a la ventanita

“La ventanita que tengo abierta es un privilegio”. Piñón Fijo, o Fabián Gómez, habla de su posibilidad de llegar a los niños a través de la televisión, y lo hace apelando a la imagen de una de sus canciones más queridas: Por una ventanita.

El que encarna el actor cordobés nacido en Deán Funes es el payaso de mayor popularidad, y su vigencia ya tiene más de 20 años. Es uno especial: no usa nariz roja y se maquilla casi como un mimo, pero sobre todo es un payaso juglar, uno que fundamenta su relación con los chicos, su público, a través de la música.

“Los niños son más mágicos: si tienen onda, un sapo puede ser una princesa. Pero en los grandes siempre veo una mirada especial: es que se acuerdan del niño de su entorno, un nieto, un sobrino, y se les afloja la ternura”, dice.

Su personaje fue una creación espontánea: “Es fruto de mi formación autodidacta, que se fue elaborando en la calle”, cuenta. Empezó a los 17 años, y algunos de los talleres a los que asistió en su momento tenían que ver, sobre todo, con mimos y malabaristas.

“El disfraz me da coraje, claro. Pero también predispone diferente a los que están a mi alrededor. Me sigue pasando, por ejemplo, en algún festival, que pruebo sonido junto a otros músicos sin disfraz y el trato es uno; luego, cuando me cambio, todo se vuelve sonrisa”.

“Han pasado años, sí, y uno se ha profesionalizado, pero aun ahora, cuando me visto de Piñón Fijo, siento como un salto al vacío”, dice Fabián.

“Las dos cosas que más me hacen feliz –sostiene– es hacer reír a un niño y hacer música. Y con Piñón las he reunido. Hacer canciones tiene que ver primero con mi felicidad individual para luego contagiársela a los chicos, si se puede”.

La emoción chiquita

Luciano Desimone es el payaso Lucho y también se asoma por los televisores (participa del programa Vení mañana, de Canal 8), es cordobés y empezó a los 17 años

“Fue de rebote; ni mis compañeros ni yo sabíamos lo que era un clown. Venía haciendo teatro, y un día armamos algo para ir a juntar unos pesos a la gorra a Carlos Paz, y ahí apareció el payaso”, recuerda.

Uno de los integrantes del Circo de Bolsillo cuenta incluso que entre los actores “había como un cierto recelo con la palabra payaso. Además, no teníamos dónde aprender, y había que resolverlo con imaginación, mezclando magia y malabares”.

Pero para él, lo que resultó determinante en su vocación y en su carrera fue la experiencia vivida en España entre 2001-2003. “Terminé dándome cuenta del poder que tenía llevar la nariz puesta en la calle, en el escenario, en los espectáculos que hacíamos en las cárceles, incluso en las colas para buscar trabajo. Estaba solo, y las cosas no eran sencillas en aquellos días para los ‘sudacas’, pero vestido de payaso no tenía miedo”.

“Siempre pensé que para ser payaso había que trabajar el momento, la emoción chiquita. El payaso es uno mismo elevado a las mil potencias; por eso nunca va a haber dos payasos iguales”.