El libro de la buena memoria
La llamada “Conquista del Desierto” es un tema controversial de la historia argentina. Un reciente libro de Andrés Bonatti y Javier Valdez arroja una nueva luz sobre esa cuestión.
Hasta la publicación de Una guerra infame, la verdadera historia de la Conquista del Desierto , a mediados de 2015, los argumentos oficiales habían funcionado a la perfección. La figura de Julio Argentino Roca, el sometimiento indígena y el reparto del botín entre las familias patricias bastaban para explicar un tramo del siglo XIX. Tal vez el más sangriento. Tal vez el menos explorado. "Creímos –junto con el periodista Andrés Bonatti– que era necesario encarar el tema desde otra perspectiva", explica el historiador Javier Valdez. Entonces, y luego de publicar en 2010 Historias desconocidas de la Argentina indígena , decidieron trabajar en otra dirección. "Planteamos la necesidad de que el proceso que se conoce como Campaña del Desierto sea narrado teniendo en cuenta a los protagonistas que siempre aparecen solapados o corridos de la historia. Por otro lado, queríamos poder visualizar las múltiples aristas que revisten no sólo la guerra, los aspectos militares y la política, sino los aspectos que tienen que ver con las ideas, la cultura, lo económico, lo social, y sobre todo poder mostrar claramente la conexión que existe entre la Campaña del Desierto y las problemáticas actuales de los pueblos originarios", dice Valdez. El resultado es un abordaje integral de ese controversial proceso histórico que atravesó a la Argentina en el siglo XIX, pero por sobre todas las cosas es un fresco, claro y preciso, de la inescrupulosa planificación del genocidio de los pueblos originarios. Porque la conformación del Estado nacional no se cimentó sobre un desierto, sino sobre la sangre de quienes lo habitaban. Y esta es su historia.
Roca o el consenso de una época
“Los que firmamos reunidos en los salones de la Sociedad Rural Argentina hemos resuelto dirigirnos a V.E. con la exposición franca y explícita de la situación en que se encuentran las fronteras, y con la indicación de las medidas que a nuestro juicio deben tomarse, a fin de remediar en lo posible los males del presente, y evitar los del porvenir”, se lee en el comienzo del libro.
Hacía ya tres años que Emilio Castro Rocha era gobernador de la provincia de Buenos Aires cuando leyó esta solicitada. Corría 1871. Los firmantes de la misiva no sólo mostraban su descontento con el “avance de los salvajes” dentro del territorio argentino, sino que pretendían que el gobierno arrojara “a las tribus depredadoras más allá de la línea natural del río Negro”.
La pretensión de los Azcuénaga, Leloir, Martínez de Hoz, Bonement y De Elizalde se entendió como una orden. “El proceso por el cual el Estado se fue extendiendo hacia los territorios ocupados por pueblos indígenas libres fue amplio y complejo, del cual Julio Argentino Roca es un eslabón más. Tanto la historia liberal como el revisionismo acentuaron su papel, unos para realzar su acción, otros para criticarla. El personaje representó los ideales positivistas de ‘orden y progreso’. Junto con él jugaron un papel fundamental Martín Rodríguez, Juan Manuel de Rosas y el mismo Adolfo Alsina; todos ellos, a su modo, fueron ejecutores. Sostenemos que la campaña de Roca fue la que tuvo el más amplio consenso en la época porque personalizó las ideas de la clase dominante”, explica Valdez.
Lo cierto es que, años más tarde, con el apoyo –y el interés– de esas familias patricias, Julio Argentino Roca recogería el guante liberal de la historia y juntos montarían la más grande empresa construida en esa época: la Conquista del Desierto.
Aunque la modernización del país, basada en la apropiación de la tierra, la inmigración europea y la expulsión del nativo no fueron propiedad del caudillo tucumano, desde el punto de vista ideológico fueron los postulados de Sarmiento o de Alberdi los que se irán poniendo en marcha en la construcción de la Argentina moderna; son ellos de los primeros que van a pensar el territorio, su población, y proyectar un determinado modelo de país. La Generación de 1880, a la cual Roca perteneció, se hizo eco de aquellas premisas e ideas.
Los pueblos originarios
Señalar 1879 como el comienzo de la ocupación territorial por parte de los militares es cierto pero caprichoso. La verdadera historia, la que narra
Una guerra infame
, no se encorsetó con las campañas de Roca. Ni con Rosas. Ni con Alsina.
Los diversos gobiernos liberales de la segunda mitad del siglo XIX, que dominaron la escena política de entonces, lo diseñaron todo a escuadra. Nada fue al azar. “Entre los especialistas, ya sean antropólogos o historiadores, estamos de acuerdo con que el Estado argentino se erigió sobre una política genocida y etnocida en relación con los pueblos originarios que habitaban nuestro actual territorio de Pampa, Patagonia y el Gran Chaco. Pero aceptar esto, para los sectores de poder económico y político de nuestro país, equivaldría a tener que rever todo un universo de aspectos jurídicos, culturales y territoriales que afectaría directamente sus propios intereses”, argumenta Valdez.
El consenso general de esos sectores transformó una idea en una decisión irrenunciable. “Si bien prefiero no hablar de exterminio, ya que esto nos llevaría a negar la existencia de los pueblos originarios en la actualidad, la eliminación del ‘problema del indio’ fue una ‘política genocida’, pensada y llevada a la práctica de una manera metódica y cruel. Está más que claro que los nacientes estados que se fueron forjando en el extremo sur del continente, Chile y Argentina, no tuvieron dentro de sus planes de organización incluir a los sectores ‘diferentes’; que, además de ser diferentes, fueron catalogados como una obstáculo al progreso y una muestra palpable del atraso”.
A medida que la nación se extendía geográficamente hacia la Patagonia y los indígenas eran desterrados de sus territorios, se fue conformando una clase terrateniente agrícola y ganadera que utilizó su poder económico y político con el objetivo –voraz y obsceno– de expropiar todas las hectáreas que estuvieran al alcance del fusil.
“No es casualidad que uno de los principales reclamos de nuestros pueblos originarios en la actualidad sea la tierra”, concluye Valdez.
El botín de guerra
Antes de que los militares se lanzaran a la caza de los indígenas, durante buena parte del siglo XIX, las clases terratenientes ya se habían repartido las tierras. Y también las personas.
En relación con lo trascendental de la campaña, paradójicamente fue después de 1880 cuando miles de hombres y mujeres pertenecientes a diferentes grupos étnicos comienzan un verdadero calvario. Se los mata, se los persigue, se los encierra, se los separa, escapan, deambulan, son fruto de los atropellos más inhumanos.
El Estado se apropia de esos cuerpos y bajo su “tutela” son cometidos vejámenes aberrantes. Se los “concentra” en verdaderos campos, se los reparte como bienes materiales, se los relocaliza. Sin derechos, sin sus líderes y sin su tierra, les fueron sacando lo más importante: sus creencias, la palabra y su dignidad.
Según cifras oficiales –reproducidas en el libro de Bonatti y Valdez–, el saldo de la Conquista del Desierto fue de más de “10 mil indígenas muertos, decenas de miles reducidos a la servidumbre y la ocupación de unos 500 mil kilómetros cuadrados de territorio para el Estado nacional” que poco tiempo después serían repartidos entre las familias patricias. El negocio había sido redondo.
Desde Rosas hasta la finalización de las campañas del Chaco, los verdaderos artífices del genocidio se quedarían con una superficie equivalente a las provincias de Buenos Aires y de Río Negro. Y además se quedarían con el libreto de los hechos.
“Como historiador te diría que la política genocida para con los pueblos originarios es real, ya no hay intersticios donde ocultarla. Nosotros trabajamos sobre la base de lo que pasó, y no sobre la base de lo que se podría haber hecho o evitado; porque simplemente no pasó. Los pueblos indígenas en Argentina existen, no fueron exterminados; sí fueron invisibilizados”. Valdez piensa que llegó el momento para que se empiece a saber de esa política genocida y de invisibilidad, “no con ánimo revanchista, sino reparatorio”.
Según el historiador, “todos los derechos logrados en nuestro país por los pueblos originarios parten de su propia lucha y de su propia demanda” e insiste en que “ninguna política ni ningún gobierno se pueden arrogar esta lucha”.
Si bien admite que todavía existe un gran desconocimiento sobre los pueblos originarios en nuestro país y sobre el proceso por el cual fueron quedando marginados de la historia, está convencido de que esto se está empezando a revertir y de que “son los mismos pueblos indígenas los protagonistas de este cambio”.
Los autores
Andrés BonattiNació en Buenos Aires en 1970. Como periodista trabajó más de 10 años en diversos medios, como Noticias, Veintitrés y Poder. Hoy es director de Relaciones Institucionales de la Municipalidad de Tigre.
Javier ValdezNació en Esquel, Chubut, en 1972. Como historiador trabajó en el Equipo de Educación Mapuche, en proyectos Ubanex, en el Centro Cultural Rojas y en la Universidad de Buenos Aires. En la actualidad realiza tareas de docencia e investigación.
Una guerra infame, la verdadera historia de la Conquista del Desierto. Andrés Bonatti y Javier Valdez. Editorial Edhasa, Buenos Aires.

