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El lado oscuro del Oscar

La ceremonia de la Academia de Hollywood está envuelta en una polémica racial por la falta de nominaciones a actores y actrices afroamericanos. El tema parece trascender la fiesta de premiación y abarcar a toda la sociedad norteamericana en un año de elecciones presidenciales.

21 de febrero de 2016 a las 05:05 p. m.
Lucas Asmar Moreno / Especial
El lado oscuro del Oscar
(Fotomontaje de Oscar Roldán).

Algo curioso sucedió el 30 de enero en la entrega de los SAG, los premios del sindicato estadounidense de actores: una sucesión de afroamericanos subían a recibir distinciones de manera casi paródica. En cada terna, bastaba que hubiera un solo actor de raza para que se llevara una estatuilla. A Idris Elba le dieron dos premios, y en los reconocimientos se sumaron los trabajos de Queen Latifah, Viola Davis y Uzo Aduba. Cuando anunciaron a la serie Orange Is The New Black como ganadora al mejor reparto en comedia, una de las actrices tomó el micrófono y exclamó: "¡Esto es inclusión y diversidad, oh, yeah!".La ceremonia de los SAG interpelaba sin reparo la polémica racial por las nominaciones a los premios Oscar, que omitieron en sus ternas a actores afroamericanos.La campaña de protesta adoptó el hashtag #OscarsSoWhite (Oscar tan blancos), y multitud de voces empezaron a rebotar en los medios.Un ganador de la estatuilla como el director Spike Lee –que el año pasado recibió su Oscar honorífico– amenazó con no asistir. Will Smith también expresó su disconformidad y desde entonces se instaló la idea del boicot.Sin actores de raza, la ceremonia le daría al mundo un mensaje peligroso. El mismo Smith declaró: "Las nominaciones reflejan a la Academia, la Academia refleja a la industria, y la industria refleja a Estados Unidos". Qué quiso decir Will Smith con esta frase amerita una reflexión exhaustiva.

Arte en las urnas

Todo premio es político. Una obra galardonada nunca vale intrínsecamente, queda en realidad atravesada por varias fuerzas que condicionan al jurado o, en este caso, a los votantes de la Academia. Por eso, cuando se conocen los nominados al Oscar, los estudios empiezan una campaña frenética para sumar adeptos.

Debe considerarse que los votantes revisan parcialmente el material, y sus decisiones dependen de una idea vaporosa de justicia. Una película merecerá ganar por su temática, por ser un canto a la vida o por atreverse a destapar un tabú o denunciar miserias humanas. La historia del Oscar ha excluido de forma sistemática películas frívolas o pasatistas, y siempre se inclinó por el drama como un género que encaja en sus expectativas ideológicas.

Un caso ejemplar se dio en 1993 con dos películas dirigidas por Steven Spielberg:

Jurassic Park

y

La Lista de Schindler

. La primera fue entretenimiento en su máxima expresión, un clásico inmediato de la cultura de masas, y por eso mismo subestimada; la segunda fue una manipulación de un problema histórico delicado y, por ende, aplaudida de modo unánime.

La frase de Will Smith, “la industria refleja a Estados Unidos”, es cierta. El Oscar es político por su valor simbólico y su capacidad para marcar la agenda del pensamiento occidental.

Es el premio más importante entre todos los premios, incluso más que el Nobel, por su resonancia popular. Una película que gane el Oscar estará presente por un tiempo en un alto porcentaje de la población mundial.

Lo que hace jugoso a este

modus operandi

es su inexactitud para definir cuándo y por qué deben resaltarse políticamente obras de arte, o más bien cuándo debe ser el arte servicial de lo político.

Malos actores o malos perdedores

Si uno adhiere al sentido común del virtuosismo, es factible que ningún actor de raza haya merecido una nominación al Oscar en este 2016.

Will Smith regresa al eje del conflicto y propone un caso interesante para el análisis. Su última película,

La verdad oculta

, dirigida por Peter Landesman, fue una apuesta actoral fuerte. Allí interpreta al doctor Bennet Omalu, un neurólogo que descubre un trauma cerebral relacionado con el fútbol americano y batalla contra instituciones poderosas para que se conozca la verdad. Huelga decir que este filme se inspira en hechos reales y busca un tono apesadumbrado, solemne, melodramático, con moraleja de autosuperación incluida. Will Smith calculó un papel oscarizable y no fue nominado.

Tampoco se podría reducir el problema a una lógica del despecho. Veamos otro expediente: Jake Gyllenhaal y su notable papel de boxeador en

Revancha

, de Antoine Fuqua. Gyllenhaal reunía óptimas condiciones para ser nominado: la película muestra la caída en desgracia de un boxeador exitoso y su posterior redención para recuperar la tenencia de su hija.

En el Oscar también pesan el éxito de la crítica y de la taquilla. Una actuación oscarizable tendrá menos chances si la película que la contiene no recibe el beneplácito del público o los especialistas. A la inversa, una película sobrevalorada aumentará las probabilidades de nominaciones inmerecidas.

Portarretratos de la historia

Los conflictos raciales desatados en Estados Unidos durante 2015 crearon un estado de alarma en la sociedad norteamericana.

El caso de Dylann Roof, un joven blanco que disparó y mató a nueve personas de raza negra en una iglesia afroamericana en Charleston, provoca la amarga sensación de reincidir en errores pasados. Esta masacre fue ratificada por el mismo agresor, convencido de que las personas de raza negra eran inferiores.

Quentin Tarantino –que en sus últimas dos películas (

Django desencadenado

y

Los ocho más odiados

) aborda el problema racial desde un revisionismo histórico– alzó su voz en defensa de las minorías. Protestó, marchó y tuvo percances con las autoridades de turno. Él mismo denunció haber recibido amenazas que ponían en jaque el estreno de

Los ocho más odiados

, película en la que Samuel Jackson se luce y tampoco está nominado.

Cuántos y cómo

Hay otro factor que atraviesa las nominaciones al Oscar, y es su reducción numérica en comparación con premios como el Golden Globe o el SAG.

Mientras que en estos galardones los actores nominados ascienden a 50, en el Oscar sólo 10 hombres y 10 mujeres son elegidos, lo cual también lo hace más competitivo y excitante. La estadística puede resultar tendenciosa, pero no es un componente menor.

Sin irnos muy lejos en el tiempo, descubrimos que varios actores de raza ganaron el Oscar en los últimos años. En la edición 2014, la actriz Lupita Nyong’o ganó como mejor actriz de reparto por

Doce años de esclavitud

, dirigida por Steve McQueen.

Ese filme realiza una brutal denuncia racial y ganó como mejor película. Estamos hablando nada menos que del 2014. La Academia no puede pegar un volantazo conservador tan repentino. Así que por más que sean 20 actores, suponer que censuraron a los afroamericanos y sus temáticas es dudoso.

Lupita aprovechó para subirse a la polémica: “Estoy decepcionada por la falta de inclusión en las nominaciones a los premios Oscar de este año. Me hace pensar en un prejuicio inconsciente...”.

Que Lupita se olvide de que forma parte del elenco de

El despertar de la fuerza

junto con John Boyega –quien interpreta nada menos que a Finn, uno de los protagonistas– es un misterio. Porque la séptima entrega de

Star Wars

logra un impacto infinitamente superior a la de un premio Oscar.

Helen Mirren, ganadora del premio en el 2006 por

La Reina

, de Stephen Frears, supo dimensionar con lucidez aquello que Lupita apenas balbuceó: “Qué películas se filman, cómo se elige a sus protagonistas, qué guiones se escriben: estas cosas tienen más influencia que la cuestión de quién sostiene al final un Oscar en la mano”.

La droga de la corrección política

El asunto en todos sus ribetes invita a reflexionar sobre el peligro del exceso de corrección política, un lugar común para caerle bien a la prensa, aun a costa de adulterar el oficio y transmitir mensajes que operen como extorsión.

Lo políticamente correcto trastoca la conciencia de los actores, los llena de miedo, los pone en alerta, los hace sentirse observados todo el tiempo.

Matt Damon, nominado por

Misión Rescate

, de Ridley Scott, padeció esta sutil violencia en sus últimas declaraciones. La primera se dio a finales de septiembre.

Damon sugirió que los actores no den a conocer su orientación sexual. Todos los organismos LGTB (sigla de lesbianas, gays, transgénero y bisexuales) se le pusieron en contra.

Entonces, no tardó en llegar otra declaración políticamente correcta, que reparó con habilidad su declaración sobre la sexualidad y la acopló con la polémica del Oscar: “Estamos hablando de injusticias sistémicas alrededor de la raza y del género que son mucho más grandes que los Oscar. Hay enormes cuestiones en nuestra industria y nuestro país”.

Mark Ruffalo, nominado por

En primera plana

, de Thomas McCarthy, también amagó con boicotear la ceremonia, pero luego explicó que irá “en apoyo a las víctimas de abuso sexual por parte de miembros del clero de la Iglesia y el buen periodismo”, temáticas honorables que hacen a su película. He aquí otra sobredosis de corrección política. Ni hablar de Leonardo Di Caprio, quien no para de mencionar a la comunidad sioux cuando se sube al escenario a recibir premios por su actuación en

El Renacido

, de Alejandro Iñárritu.

Latinos, rock y nuevas reglas

Otra figura que suele sumarse con facilidad en debates políticos es George Clooney, quien además de protestar por la ausencia de afroamericanos, opinó que los latinos tienen poca presencia en los galardones.

Es una afirmación un tanto aventurada si se considera que Alfonso Cuarón y Alejandro Iñárritu son directores muy bien estimados por la Academia. En 2014, Cuarón ganó con

Gravedad

, mientras que en el 2015 lo hizo Iñárritu con

Birdman

, y en este 2016 tiene grandes chances de hacerlo por segundo año consecutivo, tal como lo hizo nuestro músico Gustavo Santaolalla, ganando por mejor música con

Secreto en la montaña

, en 2005, y con

Babel

, en 2006. Los latinos no parecen estar relegados en la Academia.

El asunto se torna más desconcertante cuando nos percatamos de que el presentador de la ceremonia es un afroamericano: Chris Rock.

Whoopi Goldberg fue una de las pocas personas de raza que se apiadó del presentador y no quiso adherirse al boicot. Con su tono bonachón y calmo, simplemente recomendó mirar las películas con las cuales uno se sienta representado.

El debate incendió tanto a la opinión pública que la Academia modificó su reglamentación, determinando que habrá un cupo de nominaciones destinado a las minorías raciales, como forma de integración. Esto significa que por más que ningún actor perteneciente a una minoría lo merezca, estará nominado. Suerte de estigmatización consensuada. El triunfo de la diversidad a través de la limosna artística.

Salomón no existe

La esencia de toda premiación o concurso es la injusticia. Un ganador se afirma gracias a los restantes perdedores. Así son las reglas de juego y así se construye la legitimación en la historia del arte.

Entre los premios y el canon hay un vínculo estrecho. No sólo como aquello que cristaliza el tiempo. El canon también tiene su costado sincrónico y se apoya en la adecuación de una obra para con lo socialmente permitido, lo normal, lo ejemplar, lo que transmite buenos valores establecidos.

En ese sentido, tanto realizadores como actores ejercen micropolíticas en busca de una aceptación inmediata que los haga ingresar en un circuito de prestigio. Tal es la sensación que se tiene cuando uno está ante películas festivaleras, que flotan cómodas en sus enseñanzas y en su moralina.

Un filme como

Secreto en la montaña

, de Ang Lee, hubiese sido inconcebible en Hollywood en los ‘90. Su propuesta se desvía de las categorías que en ese entonces consideraban aceptable a la homosexualidad.

Si no eran en los márgenes, en zonas

outsiders

como las de John Waters, el gay no tenía representación cinematográfica. En aquella década, la incorporación del gay se efectuó bajo la figura del mártir, con

Filadelfia

como película emblemática.

Secreto en la montaña

hizo confluir dos categorías imposibles y antagónicas: el gay y el vaquero. Pero lo hizo sin refugiarse en la caricatura, creando empatía y otorgando legitimidad.

Hoy, el hombre negro también se sitúa en un casillero legítimo, así como otras minorías raciales antes estigmatizadas. Por ejemplo, para graficar el mundo del narcotráfico, ya no se recurre sistemáticamente al mejicano.

Entonces el interrogante de la polémica racial desconcierta desde varios flancos; resulta, por momentos, distantes; por otros, hasta incomprensible y anacrónica.

Mas allá de la Academia

El foco deberá apuntar sobre cuestiones sociológicas lo más abarcativas posibles. Hasta el mismo presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, se metió en esta polémica y dijo que “es en realidad una expresión de una cuestión más amplia”.

La obsesión racial del Oscar quizás encuentre su explicación en la actualidad norteamericana más obvia y contundente. Pongamos en perspectivas claras este 2016 en Estados Unidos: se elige al presidente de la mayor potencia mundial.

No es descabellado suponer que esta polémica –inútil desde una dimensión artística– encuentre su asidero en el fantasma de Donald Trump, un candidato republicano con chances reales de ser presidente, y que sin ningún tapujo expresa su racismo y xenofobia.

La carrera política de Trump ha crecido de manera incomprensible y descomunal, y se despliega con gigantescos interrogantes dentro del proceso electoral venidero.

Si un debate resulta tan vago, pero agita de este modo a la sociedad, probablemente sea síntoma de una enfermedad sin nombre, de una dolencia que aún no encuentra su diagnóstico.

Considerando que Trump puede ser presidente de EE.UU., la polémica del Oscar sería apenas la picadura de un sarpullido que va expandiéndose sobre el cuerpo.

La ceremonia del 28 de febrero seguro tendrá varios chistes que busquen suavizar la tensión del

hashtag

#OscarsSoWhite. Chris Rock les sacará risas incómodas a los presuntos integrantes del boicot. Al cabo de una hora y media, la extensión de la premiación anestesiará el debate.

Luego de tres horas de velada, cuando todos se despabilen y la expectativa llegue a su auge, el caucásico más adorable y carismático recibirá su primer Oscar como mejor actor.

Lo fascinante es que en ese preciso instante todas las razas del planeta sentirán que se hizo justicia, que el talento se despolitizó y resplandece inmaculado en sus ojos celestes.

Lo fascinante es que quizá Donald Trump sentirá lo mismo.

Para verlo

Los premios Oscar se entregan el próximo domingo 28. La ceremonia será televisada por TNT.

La transmisión empezará a las 20.30, desde la alfombra roja.