El guardián entre el centeno
El alumno Holden Caulfield ha sido nuevamente echado de un colegio y con esta son tres las mudanzas escolares provocadas por unas características de su personalidad que serán, de inmediato, el disparador de la historia.
El alumno Holden Caulfield ha sido nuevamente echado de un colegio y con esta son tres las mudanzas escolares provocadas por unas características de su personalidad que serán, de inmediato, el disparador de la historia. A los 16 años acumula otro fracaso culpa de la abulia, la falta de estímulos y la rebeldía contra un sistema hipócrita y clasista que lo hicieron reprobar –excepto Lengua– todas las asignaturas del año, fatalidad que en una institución elitista y superexigente como aquella lo condujo a una expulsión sin contemplaciones. Pero el problema nace, se desarrolla y alcanza su propio peso cuando Holden decide no esperar la finalización del ciclo y abandona el colegio prematuramente, cinco días antes de las vacaciones de Navidad. Sabiendo que no deberá volver a su casa hasta la fecha prefijada, y para dilatar el momento en que sus padres se enteren de la mala nueva, emprende una aventura memorable por hoteles, estaciones de trenes y bares de mala muerte, en la que la clandestinidad será el único ingrediente motivador para ese ser inconformista, melancólico y crítico de la mercantilización de la sociedad en que se ha convertido. Debilitado por un problema psiquiátrico (el libro sugiere que su desequilibrio nace cuando uno de sus hermanos muere de leucemia y Holden se quiebra la mano rompiendo a puñetazos todos los vidrios de un garaje), el muchacho se enfrentará al mundo y sus miserias sólo pertrechado con el amor que siente por su hermanita Phoebe, la admiración algo desmedida por su hermano mayor D. B. ("Ha escrito un libro de cuentos fenomenal. Ahora está en Hollywood prostituyéndose") y el recuerdo embellecido y sufriente del fallecido Allie, sentimientos de adoración y ternura que contrastan con la pobrísima opinión que tiene de sí mismo ("El único torpe de la familia soy yo"). Holden valora la ingenuidad en desmedro de la arrogancia, y de ahí que la atracción que siente por los niños se deba a que los juzga más inteligentes que los mayores. Quizá por eso las mejores escenas de la obra (una obra de grandes escenas) son las que comparte con Phoebe cuando subrepticiamente ingresa una madrugada a su casa para poder hablar con ella. En el diálogo secreto con la niña se justificará para el lector el título de la novela ("The catcher in the rye"), luego de que la idealizada hermanita lastime a Holden diciéndole que su problema es que no sabe lo que quiere ser: "Claro que sí sé. No digas eso. (...). ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? (...). Yo sería el guardián entre el centeno. (...)".Lo inolvidable de la novela es también eso que sucede entre las palabras, ese tono irónico, desesperanzado, de humor alambicado, escandaloso y provocador con el que J. D. Salinger (1919-2010) animó, en una primera persona infinitamente seductora, el relato de aquellos días solitarios del adolescente y que tal vez sea el motivo de su éxito perdurable y de su conversión en un clásico: "Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de esas". Es por eso que El guardián entre el centeno es una de esas pocas novelas por las que darían muchas ganas de telefonear a su autor, tal como el mismo Holden hubiera querido ("Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarlo por teléfono cuando quisieras"). Pero es seguro que, aunque aún viviera, fóbico y misántropo como su gran personaje, Salinger jamás nos hubiese atendido.

