El gran constructor de personajes
Ha habido novelas –no demasiadas– que principiaron una nueva manera de contar.
Ha habido novelas –no demasiadas– que principiaron una nueva manera de contar. Ese hallazgo formal a veces se muestra de una manera tan evidente a los alborotados ojos del lector que relega a la anécdota, sin quererlo o queriéndolo, a un segundo plano, eclipsando el hecho narrado en beneficio de la técnica con la que ha sido construido. El marco que contiene a la historia termina siendo más importante y decisivo que la historia misma. Sucede, tal vez, con el Ulises de Joyce, La muerte de Virgilio de Broch, Las palmeras salvajes de Faulkner, o, un poco más acá en el tiempo, con esa obra maestra contemporánea que es La Casa Verde de Mario Vargas Llosa. A diferencia de las nombradas, las novelas del argentino Manuel Puig (General Villegas, 1932-Cuernavaca, México, 1990) –al menos las más importantes: La traición de Rita Hayworth , Boquitas pintadas , El beso de la mujer araña – proponen un balance tan bien meditado entre el artificio y la historia que logran entretener con el relato y hacer que nos olvidemos, al mismo tiempo, de la riqueza y originalidad de sus estructuras. Y eso, como se ve, es una rareza, algo muy difícil de alcanzar en letras, aun cuando el mismo Puig afirmaba, no tan sorprendentemente, que una de las causas por las que escribía era porque no tenía "ninguna facilidad de palabra". Literatura ambiciosa, original y, a la vez, entretenida. Literatura que se lee sin obstáculos –a excepción quizá de La traición de... , aunque sólo por momentos– y a la que asistimos, como ingenuos lectores que somos, con la sensación de estar montados a un tobogán en cuyo descenso nos deslizamos cómodos y felices. Y es probable que lo que propicia en buena medida esta comodidad sea la magistral construcción de sus personajes. Más allá de las temáticas y la polémica extraliteraria que con ellas ha acompañado su obra. Más allá de la curiosidad que despierta una novela hecha sólo de diálogos y notas a pie de página, u otra escrita a base de largos monólogos interiores, o una tercera, la más célebre, en la que el intercambio epistolar es el hilo conductor; más allá de estos recursos urdidos con éxito en provecho del relato, están los personajes. Mujeres pueblerinas de la llanura, presidiarios homosexuales, niños enamorados del cine cuentan sus dramas y alegrías como si fueran confidencias destinadas a cada uno de nosotros, y por eso mismo se comprende que quien les cuenta las historias, quien se las hace decir por sus bocas, sabe bien de lo que habla, la honestidad de un escritor que escribe con un profundo conocimiento de causa. Son ellos el pilar sobre el que descansa el común denominador entre la literatura de Puig y el cine, su otra pasión, aquello que posibilitó que algunas de sus novelas resultaran tan atractivas para la pantalla grande: sus personajes, tan confiables como los buenos amigos, gente literaria de carne y hueso que creemos conocer de toda la vida.

