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El desierto y su semilla

Durante un encuentro que resolvería detalles de su divorcio, Eligia sufre una agresión escandalosa a manos de su exesposo cuando, imprevistamente, le arroja a la cara un vaso con ácido. 

17 de mayo de 2015 a las 12:01 a. m.
El desierto y su semilla

Durante un encuentro que resolvería detalles de su divorcio, Eligia sufre una agresión escandalosa a manos de su exesposo cuando, imprevistamente, le arroja a la cara un vaso con ácido. Mario Gageac, su hijo y testigo del ataque, no es sólo quien la auxilia trasladándola en auto al sanatorio, en medio de "un strip-teas e ardoroso de ropas empapadas y quemantes", sino también el que decide contar la historia, y, de esta, empezar por las transformaciones físicas de su madre en aquellos primeros momentos, esa putrefacción de la carne que encenderá la trama con múltiples variaciones argumentales. La mutación de un organismo sano en ruina y monstruosidad se combina en un primer contrapunto con el suicidio del atacante y padre de Mario, Arón, durante la convalecencia de Eligia en el sanatorio, ubicado probablemente en la ciudad de Córdoba, entre agosto y noviembre de 1964. A partir de ahí, con esas dos tragedias a cuestas, Mario decide llevar a Eligia a Milán para internarla en una clínica distinguida por los milagros reconstructivos de los mutilados en la última guerra. Ahí permanecerán casi dos años, tiempo en el que Mario velará por su madre mientras se interna en laberintos oscuros que servirán para acentuar en él cierta abulia vital. En las neblinosas calles milanesas conoce a una prostituta, Dina, con quien comienza una relación disfuncional, dos marginales que medran con la soledad de cada uno y el negocio de ella, quien le pide que la acompañe en sus encuentros sexuales con terceros. Mario abusa del alcohol y de sus escarceos de voyeur sadomasoquista como un embrutecimiento ante la realidad, escenas memorables donde no faltará el humor alambicado y cínico que se aprovecharán para ensayar una nueva variante temática, esta vez encarnada (y hay que leer esta palabra con literalidad) en el rostro terso, joven y lozano de la prostituta, que Mario podrá destruir cuando ella se acerque a él súbitamente enamorada.La trama se alterna con escritos escolares del propio Mario, artículos panfletarios de su padre contra la dictadura del '30 que ayudarán a modelar al personaje (aristócrata contrario a la derecha conservadora, pero también violento, arrogante, mediocre escribidor), transcripciones de una batalla que también le lee a Eligia para entretenerla con imágenes desérticas hirvientes de mutilaciones, charlas sobre el cuerpo embalsamado de Eva Perón que ha sido profanado. De este modo Eligia percibe el contraste con su propia tragedia, otro tributo del gran tema que subsidia la desfiguración de su cara a la belleza imputrescible del cuerpo preservado de Eva ("sólo lo podrían destruir el fuego y algunos ácidos").La prosa castiza de El desierto y su semilla es distinguida, potente, obsesionada por la armonía de las palabras y la precisión de los conceptos, que transparenta la fascinación de un hombre por los destinos de sus padres y la lucha entre la diferenciación y la tentación por mirarse en sus espejos. Mario arrastrará la herencia de Arón en sus pulsiones violentas, en su desprecio por las buenas formas, en su maltrato a las mujeres que lo aman y, quizá, como su madre también, en su hartazgo por la vida propia ("Vuelvo a la biblioteca y salgo a su balcón... Echo un vistazo hacia la cúpula en sombras... Treinta metros por debajo de mis ojos está el jardín... Una cadena parece tironear de mí hacia el vacío"). Semejanzas que por fortuna no se evidencian en lo literario. Arón fue siempre un novelista impublicable. Mario/Jorge Baron Biza (1942-2001) escribió una obra maestra, una de las más fulgurantes creaciones de nuestra época, unos años antes de su suicidio.