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El café de los micros

Los cafés, que Marcos sirve con un termo, cuentan en la historia como vasos comunicantes porque será una anécdota alusiva, referida por uno de los personajes en un momento clave.

30 de abril de 2016 a las 12:05 a. m.
El café de los micros

Un hombre y su hijo viajan desde Buenos Aires hasta Necochea a bordo de un viejo auto, un Valiant "color verde brillante" que el padre adora y ha bautizado como Walter, humanización que sellará la suerte de los viajeros en esa ruta desierta de la llanura. Una sola estación de servicio existente hasta el destino final los obligará a hacer un alto en ese viaje frenético y, aparentemente, laboral que llevan a cabo dos veces al mes, cuya dinámica, en la fría noche de agosto en la que se desarrolla este cuento, desnuda las manías y obsesiones del padre por el cuidado del auto y la educación del niño.Marcos, el hijo, es víctima de las exigencias paternas para "aprovechar el tiempo", durante esas horas muertas entre cafés y sándwiches, mediante una didáctica despótica que desdeña la creatividad y el razonamiento en desmedro de la memoria y la repetición.Las tablas de multiplicar y unas lecciones de inglés que brotan del estéreo del auto ponen a prueba los conocimientos del niño desde una actitud de evaluación impaciente del padre, quien ejemplifica las virtudes de Walter como modelo que el niño debería seguir: "Te tiene que salir automáticamente. Veloz y seguro, como Walter... ¡Hasta Walter sabe que la tabla del cinco termina en cero o cinco!".Los cafés, que Marcos sirve con un termo, cuentan en la historia como vasos comunicantes porque será una anécdota alusiva, referida por uno de los personajes en un momento clave, la que no sólo justificará el título de este cuento de Gustavo Nielsen, "El café de los micros", sino que también abrochará estupendamente la resolución evidenciando hasta qué punto ha influido en las decisiones pasadas del padre su personalidad neurótica y controladora.Viajar por una ruta secundaria y recién asfaltada complace y alimenta esa neurosis porque no hay en el camino elegido lugares de recreación que puedan demorar la llegada (parece que es por eso que la madre dejó de viajar con ellos) y entorpecer ese programa tan bien meditado de casetes de inglés y tablas de multiplicar que hartan y torturan al niño desde hace años ("–Ya no quiero repasar más las tablas. –Mientras sigas cometiendo errores, te las voy a seguir tomando. Hasta que las aprendas").Ese micromundo donde Walter es un dios infalible y modélico para Marcos comenzará a desmoronarse cuando se topen a la vera de la ruta con un Rastrojero averiado que les bloqueará la entrada a la estación de servicio.A partir de aquí la velocidad del cuento se acelera. Los núcleos de tensión dan un salto cualitativo y modifican el tono de la narración dotándola de una dinámica de suspenso "stephenkinguiana" con indudables guiños cinematográficos.Walter (que también podría ser la Christine de King) desprecia al Rastrojero por destartalado, feo y ruinoso, le repugna la sola idea de tocarlo para poder despejar el camino y embiste furiosamente contra él ante la perplejidad y la ira de sus ocupantes. El padre huirá de la estación de servicio antes de que el encargado descubra la gravedad del incidente. La poca nafta que ha podido llenar en el tanque de Walter será el punto de inflexión del relato y precipitará los acontecimientos.La descripción magnífica del episodio siguiente, cuando Walter queda varado en la ruta, apura el desengaño y la tristeza de Marcos, a quien el padre ha dejado solo dentro del auto ("Walter te va a cuidar") para ir en busca de un bidón con nafta. El desamparo del niño devendrá "en un escalofrío parecido a un mal presentimiento" cuando dos faros brillantes aparezcan en la oscuridad del trayecto recorrido.